sábado, 2 de julio de 2016

Nueva presentación

Estimados amigos y seguidores del blog, los invito a una nueva presentación de mi libro de fotos PATAGONIA, UN RECORRIDO POR SUS SITIOS MÁS ÍNTIMOS. Durante la charla contaré detalles de la obra, anécdotas y responderé preguntas relacionadas con esta hermosa región que vengo transitando desde hace más de 25 años.

La cita será el martes 12 de julio a las 19 horas en la Sala Alberto Williams del Centro Cultural Borges, Viamonte 525, 2do. piso, Capital Federal.

La entrada es libre y gratuita, no obstante los interesados en concurrir deberán dejar sus datos por mail a armandodegiacomo@hotmail.com o confirmar asistencia a la página del evento: https://www.facebook.com/events/1809125505984752/

Los espero.

 

domingo, 13 de marzo de 2016

Mi libro II

Estimados seguidores del blog, les comunico que mi libro de fotos de Patagonia ya está a la venta y lo pueden conseguir en las librerías del Consejo Profesional de Ciencias Económicas (los matriculados tienen un importante descuento). También lo pueden adquirir a través de Galerna y Yenny-El Ateneo.
 
Tapa del libro.

Detalles del interior. El libro tiene descripciones de las zonas,
mapas y pequeñas anécdotas de viajes.
 
Suplemento Viajes del diario Clarín.
Domingo 13 de marzo de 2016.

sábado, 27 de febrero de 2016

Mi libro

Estimados amigos, quienes visitaron alguna vez este blog seguramente sabrán que mi deseo ha sido siempre recopilar gran parte de mis imágenes y relatos en un libro.
Les cuento, entonces, que aquel viejo sueño finalmente se materializó y este post es para anunciarles la presentación de mi libro de fotos “PATAGONIA, UN RECORRIDO POR SUS SITIOS MÁS ÍNTIMOS”. Este proyecto resume más de 20 de años de viajes y travesías real
izadas en los Andes australes y ha sido posible gracias a una iniciativa del Consejo Profesional de Ciencias Económicas.
El evento se llevará a cabo el jueves 10 de Marzo a las 19 horas en el auditorio Prof. Juan Arévalo de la mencionada institución, Viamonte 1549, 6° piso, Capital Federal. La entrada es libre pero los interesados deberán inscribirse previamente llamando al 5382-9231 o mandando un mail a relacionespublicas@consejocaba.org.ar  Supongo que tendrán que dejar sus nombres y número de documento. Los espero.
 
 

jueves, 2 de abril de 2015

Clasicas y también modernas

Parafraseando al célebre tango “Balada para un loco”, se podría decir que las montañas de Bariloche tienen ese qué sé yo, ¿viste? Es que se aproxima el verano, llega la hora de dirigir la mirada hacia la Patagonia, y esa decena de cumbres, lagunas y valles se convierte en un imán irresistible. Uno vuelve y vuelve...
Esta vez el desafío era conocido, pero ubicado en el tiempo quedaba bastante lejano. Se trataba de lugares visitados hace ya más de 15 ó 20 años, cuando recién arrancaba con esto de cargar una mochila. Y venía muy bien volver a disfrutarlos. Ya con algo más de experiencia y conocimientos, aunque la montaña siempre sorprenda. Resumiendo, la idea era realizar la popular(1) travesía entre el refugio Emilio Frey y el San Martín -o Jakob(2)-, y posteriormente ascender hasta el refugio Meiling, en el cerro Tronador. Caminatas clásicas y a la vez modernas, ya que hoy los senderos están mejorados y los refugios cuentan con servicios que, entre otras cosas, incluyen cava de vinos y menús gourmet. Aquí van algunas imágenes de aquella experiencia.
 
 
Refugio Emilio Frey, ubicado a orillas de la laguna Toncek, en el sector sur del cerro Catedral. El sendero arranca en la playa de estacionamiento del centro de esquí, y a partir de allí son unas 4 o 5 horas de trepada moderada. Además de alojamiento, éste y todos los refugios de Bariloche ofrecen desayuno, cena y la posibilidad de cocinar comida propia. También es posible acampar en los alrededores. Las agujas de granito que rodean a la laguna son un paraíso para la escalada en roca, lo que congrega a deportistas venidos de todas partes del mundo. Los pocos escaladores que compartían el refugio con nosotros nos abrumaban con su vocabulario técnico: “yo subí un diedro”, “yo una pared 6 b(3), “yo abrí una 7 a”, “yo equipé una 5 b”, “yo una 4 +” Se da en todos los deportes, je.

 
Amanecer en la laguna Toncek. Al fondo se ven algunas de las agujas.

 
Refugio Frey y laguna Toncek. El sendero hacia el refugio San Martín arranca pegado a la orilla derecha de la laguna, y al llegar al extremo opuesto comienza a ganar altura en esa misma dirección en busca del filo del Catedral.

 
Laguna Schmoll, ubicada a una hora del Frey. Desde aquí hasta el filo del Catedral hay otra hora más de trepada por piedra bastante firme.

 
Valle del arroyo Rucaco desde el filo del Catedral. El sendero desciende hasta los bosques que se ven abajo y vuelve a subir en busca del cordón que aparece arriba y a la izquierda. El cerro que ocupa el centro de la imagen es el Tres Reyes. La bajada al valle es complicada pero no tanto como la que nos esperaría en la foto que sigue a continuación. Importante: en este lugar hay señal de celular (obviamente para una emergencia, no para subir selfies a facebook).

 
Laguna Jakob tomada desde el cordón mencionado en la foto de arriba. El valle que atraviesa la imagen pertenece al arroyo Casa de Piedra y el cerro que aparece en el centro es el Inocentes. El refugio está ubicado en la piedra oscura que se aprecia sobre la orilla derecha de la laguna. La bajada es MORTAL, así con mayúsculas. Todo está suelto y la gradiente es alta. Consejo: para llegar abajo sin magullones ni el "orgullo" destruido es casi obligatorio conservar la paciencia y alcanzar niveles de concentración oriental.

 
Laguna de los Témpanos, ubicada a unos 45 minutos de marcha tranquila desde el refugio San Martín.

 
Valle del arroyo Casalata fotografiado desde el paso Schweitzer. Este paso está ubicado más allá de la laguna de los Témpanos y es divisoria continental de aguas. Es decir, el Casalata desagua en el lago Mascardi, que pertenece a la cuenca del Océano Pacífico, y  la laguna Jakob en el Nahuel Huapi, tributario del Atlántico.

 
Playa natural de piedras en la laguna Jakob.

 
Laguna Jakob y refugio San Martín. Al fondo se ven el paso Schweitzer y el cerro Cuernos del Diablo. A partir de aquí teníamos dos opciones. Una de ellas era extremadamente aventurera y consistía en marchar hacia la laguna Negra desfilando por paredones, filos y pedreros. La otra, más tranquila, significaba regresar a Bariloche a través del largo sendero hacia la ruta. Optamos por la segunda, ya que nos esperaba el Otto Meiling, en el Tronador.

 
Glaciares Manso y Castaño Overo, en el cerro Tronador. La subida al refugio Otto Meiling se realiza desde Pampa Linda y demanda entre 4 y 6 horas según el ritmo de marcha. Durante una primera etapa se sube por un camino para coches de pendiente casi nula, luego se gana rápidamente altura por un caracol empinado, y finalmente se trepa moderadamente por la roca.

 
Parte del glaciar Alerce. En el centro se ve el cerro Constitución, y a su derecha y bien lejos los cerros López y Negro.

 
Panorámica del glaciar Castaño Overo y de la cumbre del Tronador.

 
Refugio Otto Meiling y detrás los picos Internacional y Argentino del Tronador. Aquí también existen dos opciones a la hora de continuar viaje. Una de ellas es retornar a Pampa Linda por el mismo camino, y la otra es cruzar el glaciar Alerce y aterrizar en el refugio Rocca, ubicado en el Paso de las Nubes(4). En este último lugar también se abren otras dos variantes: volver a Pampa Linda o continuar hacia Puerto Blest.
 
 
(1) Popular en el ambiente de caminantes y montañistas, se entiende.
(2) "Jakob" es el nombre de la laguna a orillas de la cual está el refugio y con el que también se lo conoce vulgarmente.
(3) Clasificación de la dificultad de las paredes.
(4) Esta travesía se realiza con la compañía de un guía, ya que implica caminar encordados y calzados con grampones.

domingo, 15 de febrero de 2015

El Bolsón también existe

Los alrededores de la localidad rionegrina de El Bolsón están repletos de senderos para recorrer y refugios para visitar. En este nuevo post podrán ver algunas imágenes de una travesía realizada en febrero de 2008, durante la cual unimos el refugio Hielo Azul con el Cajón del Azul, pasando por la laguna Natación.

 
Mirador del río Raquel, a mitad de camino entre el inicio de la travesía y el refugio Hielo Azul. La picada comienza en el mítico camping de Doña Rosa, a orillas del río Azul, y a partir de allí nos esperan unas 5 ó 6 horas de trepada moderada por un sendero bien marcado. Hay posibilidad de cargar agua sólo al comienzo y ya casi sobre el final, en el arroyo del Teno, por lo que se recomienda llevar líquido en cantidad.

 
Arroyo del Teno, a minutos de arribar al refugio. En los cartelitos del sendero se podían leer los tiempos restantes de marcha y algunas frases de aliento para los caminantes más cansados.

 
Trepando por el pedrero hacia la laguna y glaciar Hielo Azul. Detrás se ve todo el valle del arroyo del Teno. El refugio está ubicado entre el arroyo y la ladera boscosa que aparece sobre la derecha.

 
Laguna y glaciar Hielo Azul. Desde el refugio se tarda entre una hora y media y dos horas, según el ritmo de marcha y el grado de dificultad que nos ofrezca el pedrero.

 
Refugio Hielo Azul. Al momento de nuestra visita estaba equipado con cocina, salón comedor, dormitorio con colchones, baño y duchas. Un hotel en la montaña.

 
Arroyo del Teno y paredones ubicados al noreste de la laguna.

 
Paredones ubicados detrás del refugio Natación. Desde el Hielo Azul hasta aquí se demoran un par de horas por un sendero sin grandes desniveles.

 
Laguna Natación. A partir de aquí comienza el largo descenso hacia el Cajón del Azul. Se recomienda bajar con cuidado porque el sendero es extremadamente empinado.

 
Río Azul, apenas aterrizados en el sector del cajón. Aquí existen dos posibilidades. Una de ellas es caer a mano derecha y regresar a El Bolsón (hay que caminar hasta un lugar llamado Wharton y esperar el colectivo), y la otra es doblar en la dirección contraria y seguir internándonos en el cajón. Quienes opten por esta segunda variante, a poco de arrancar encontrarán los Refugios Cajón y El Retamal, y ya a unas 8 horas, el Refugio Los Laguitos. Aquellos que deseen regresar desde estos dos últimos sitios utilizando otra ruta, pueden hacerlo vía Refugio Encanto Blanco o vía Refugio Dedo Gordo.

 
Pozones de agua cristalina en el río Azul.
 
Mapa de la travesía y ubicación de los refugios.
 

domingo, 1 de febrero de 2015

Lagos, volcanes, araucarias... y ratones

Pequeña galería de fotos de una travesía que comenzó en el lago Lolog y culminó a los pies del volcán Lanín, en el parque nacional del mismo nombre. En el trayecto debimos atravesar el Portezuelo Auquinco, un inmenso paisaje de cenizas volcánicas que podría ser catalogado como de otro planeta. Sobre el final, también tuvimos el honor de conocer a Don Domingo Aila, legendario poblador de la margen sur del lago Paimún, hoy ya fallecido.
 
 
Vista del lago Lolog desde uno de los puntos más altos del sendero que lo bordea. La travesía comenzó a la vera de la ruta provincial 62, que sale de San Martín de los Andes y se dirige hacia el paso internacional Carirriñe (ver mapita abajo). Luego de caminar 4 kilómetros llegamos al destacamento de Guardaparques de Puerto Arturo y establecimos campamento. Durante esta travesía, además, íbamos a convivir con la amenaza del hantavirus: ese verano había florecido la caña colihue y su fruto atrajo a miles de ratones. Nos recomendaron no ingresar a lugares cerrados y regar el perímetro de la carpa con lavandina. Por las noches, era inquietante dirigir el haz de luz de las linternas hacia el bosque y ver brillar los ojitos de los roedores, que, agazapados, esperaban algún descuido nuestro para avanzar sobre los alimentos.
 
 
Playa Bonita, a mitad de camino entre Puerto Arturo y Puerto Auquinco. Es un buen sitio para almorzar, refrescarse y para acampar también, si uno viene apremiado con el tiempo. Nosotros seguimos viaje con la idea de dormir en Puerto Auquinco.
 
 
Ancho valle del río Auquinco, que nace en el portezuelo del mismo nombre y desagua en el Lolog. Durante toda esa jornada tendríamos que remontarlo hasta alcanzar un paraje llamado Rincón de los Pinos.
 
 
Río Auquinco en Rincón de los Pinos. En este sitio había un refugio para cazadores pero, a causa del hantavirus, los guardaparques nos prohibieron usarlo. Este virus se transmite a través de las heces del ratón colilargo y los lugares húmedos y cerrados favorecen su sobrevida. Al aire libre y expuesto al sol, en cambio, se muere en pocos segundos. Armamos carpa cerca del río.
 
 
Bosque de araucarias a poco de salir de Rincón de los Pinos. Acá ya estábamos ganando altura para treparnos al portezuelo Auquinco.
 
 
Cruzando el portezuelo. Al dejar atrás las nacientes del Auquinco, la vegetación desapareció por completo y nos montamos sobre una meseta formada por escoria volcánica. Todo ese material fue producto de la erupción del volcán Achén Ñiyeu.
 
 
Llegada a la cabecera oeste del lago Curruhué Grande, nuevamente sobre la ruta 62. Cuarto campamento, esta vez en un predio organizado.
 
 
Vista del volcán Lanín desde la margen sur del lago Paimún. Esta segunda etapa de la travesía arrancó también sobre la ruta 62, pero casi en el límite con Chile. Desde el Curruhué llegamos hasta el desvío mitad en auto y mitad caminando.
 
 
Don Domingo Aila, antiguo propietario de las tierras ubicadas al sur del Paimún. Al momento de nuestra visita vivía con su hermana, hoy también fallecida. Don Aila nos regaló una entretenida y emotiva charla durante la cual nos habló de su esfuerzo y patriotismo. Tampoco faltaron historias de aparecidos. Aquí establecimos nuestro quinto campamento.
 
 
Lago Paimún y cerro Los Angeles. Nuestro sendero culminaba frente a Puerto Canoa y el cruce del lago (en ese lugar es muy estrecho) se efectuaba en bote o en balsa.
 
 
Puerto Canoa y detrás la cara sur del Lanín. La idea inicial era bordear al volcán por el este y salir a paso Tromen, pero el intenso calor y las ampollas nos obligaron a desistir. Quedó como gran deuda pendiente para un futuro. Aquí decidimos finalizar la travesía y minutos más tarde abordamos el colectivo que nos llevaría a nuestro punto de partida: San Martín de los Andes.
 
Mapa de la travesía (AD©).
 

domingo, 18 de enero de 2015

Allá lejos y hace tiempo (2da. parte)

En la entrada anterior comencé a relatar de qué modo se gestó mi pasión por las montañas de la Patagonia. Pasión que, con el tiempo, se fue extendiendo a sus rincones más lejanos, ocultos y desconocidos. Para cerrar esta historia, entonces, voy a hablar de otro nacimiento: el de mi primer viaje de aventuras.
 
Lago Mascardi desde la ruta al cerro Tronador.
ACOMPAÑANTES SE BUSCAN
Después de la frustración del ‘89 me aterraba la idea de dejar escapar otro año más. Aunque la cosa no venía fácil. Algunos de mis amigos de aquel entonces no compartían ni borrachos mi “particular” gusto por la montaña y otros andaban enfrascados en cuestiones menos aventureras. Terrible dilema.
Pero la solución rondaba por otro lado. En la sede capitalina de Albergues Juveniles funcionaba un sistema muy útil para dar con gente que aspiraba a realizar viajes raros o, por lo menos, distintos. Cada cual pegaba su mensaje en una cartelera explicando el proyecto, y dejaba su número telefónico(1) a la espera del loco/a que lo quisiera acompañar. Era interesante subir al segundo piso de Talcahuano 214 y asombrarse con propuestas como “Mujer sola busca acompañante para ir al Amazonas”, “Busco grupo para realizar travesía en bicicleta al Machu Picchu”, y aventuras por el estilo. Comprendí que era esa posibilidad o nada. Y tanto la consideré que a fines de noviembre me fui derechito a la oficina de Albergues. Confiaba encontrar a mi alma gemela, o al menos la “punta” para comenzar a armar mi gran viaje.
 
Laguna Tonchek y agujas del cerro Catedral.
Parado frente a la nutrida cartelera de corcho, solamente dos avisos atraparon mi atención. El primero estaba firmado por Norma, una joven interesada en recorrer “los lagos del Sur” durante el mes de Enero. El segundo aviso respondía a un pequeño grupo con deseos de agrandarse para incursionar también por la lejana Patagonia. Tomé nota de ambos y gané la calle con un indisimulable gesto de optimismo.

Analizándolo bien, el mensaje de Norma me pareció simple pero al mismo tiempo demasiado abarcativo: los lagos son muchos y los hay en toda la Patagonia. Con la esperanza de que me ampliara sus no del todo claras pretensiones, al llegar a casa la llamé.
En una prolongada y divertida charla me explicó sus planes, yo los míos, y sólo quedó flotando la posibilidad de hacer algo juntos en San Martín de los Andes. De trekking ni que hablar. A pesar de la débil coincidencia de objetivos, Norma me reinyectó una dosis de fe. Es que llegó a confiarme que días atrás la había llamado un tal Casimiro, quien según ella tenía entre manos un proyecto sino igual, muy similar al mío. La autoricé a pasarle mi número de teléfono. Esperé.

Y esperé poco, Casimiro no se hizo rogar. Dos o tres contactos telefónicos con este nuevo personaje fueron la antesala de una cita a ciegas pactada en un viejo bar de Corrientes y Callao. Nada en particular me llamó la atención de Casimiro; parecía un tipo absolutamente normal. Sólo recuerdo que instantes después de vernos las caras cerrábamos trato y comenzábamos a delinear los primeros bocetos del viaje. ¿Por qué tan rápido? ¿Por qué tan fácil? Los dos andábamos atrás de lo mismo: subir al refugio Otto Meiling, en el Tronador, y realizar posteriormente el Paso de las Nubes(2).

Glaciar Castaño Overo, en el cerro Tronador.
En realidad, nadie puede negar que viajar con desconocidos es riesgoso. Por tal motivo, el posible proyecto requiere de reuniones previas en donde uno va estudiando al otro y trata de determinar si, por caso, viajará con un demente, con un tacaño, con un pesado, o en el caso de las chicas, con un futuro violador. En tal sentido Casimiro daba el perfil de tipo serio, organizado, limpito y demostraba tener buena onda. En fin, también convengamos que el riesgo de lo desconocido es relativo; a veces viajan amigos de toda la vida y terminan acuchillándose.

Establecidas las primeras pautas del viaje, decidimos de común acuerdo que no estaría mal agrandar el grupo. En consecuencia nos comunicamos con la gente de aquel segundo aviso patagónico. El intento surtió efecto y a los pocos días se nos unieron en la empresa Mabel y Alejandro, dos típicos adictos al psicoanálisis -y a la jerga psicoanalítica-, que a pesar de querer enfocar el viaje desde lo “social”(?), no pensaban esquivarle el bulto a la montaña y sus “peligros”. Era cuestión de tenerles fe.

Valle del río Frías y lago homónimo desde Paso de las Nubes.
Para conseguir mi equipo personal no tuve que desembolsar una fortuna. Exceptuando la compra de una pésima mochila, la bolsa de dormir me la prestó un primo y de las carpas y los calentadores se ocuparían Alejandro y Casimiro. Digamos que esto es bastante beneficioso para los recién iniciados: si la cosa funciona, al volver a casa nos compramos los mejores elementos; si el trekking no es lo nuestro, no habremos gastado un peso.
Razones laborales hicieron que viajáramos por separado y en distintas fechas. Yo había salido casi una semana antes que el resto, aceptando  finalmente compartir con Norma y otros agradables personajes unos días maravillosos, tranquilos y soleados en San Martín de los Andes y Villa La Angostura. Venían muy bien como aperitivo antes de empezar a jugar a los niños exploradores y cumplir mi primer gran sueño(3).
 
 
(1) No existía los mails y menos que menos las redes sociales.
(2) Travesía que une Pampa Linda con Puerto Blest.
(3) Relato de esa primera experiencia aquí.
 

lunes, 12 de enero de 2015

Allá lejos y hace tiempo (1ra. parte)

Quienes siguen habitualmente este blog, han leído ya decenas de relatos de aventuras y otra tanta cantidad de anécdotas. Es decir, el resultado de 25 años de transitar incansablemente por el Sur argentino y chileno. Pero como bien dije recién, se trata del resultado, de la consecuencia de algo que se gestó hace mucho. Por eso, tal vez sea el momento de retroceder en el tiempo y contar cómo y dónde empezó este berretín por las montañas de la Patagonia.
 
Hotel Llao Llao, postal típica de Bariloche.
COMIENZO DE LA OBSESIÓN
Mi primer viaje a la Patagonia, más precisamente Bariloche, fue en otoño de 1984 y no por iniciativa propia sino por decisión familiar. Recuerdo que realicé los paseos típicos de todo aquel que aterriza en esta bella región por primera vez: el cerro Campanario, la Isla Victoria, el Bosque de Arrayanes... También alcancé a visitar otros lugares un tanto más originales en los que sentí la montaña y la naturaleza en la piel. De esa manera me emocioné profundamente al recorrer el Valle de los Vuriloches y me divertí como un chico practicando rafting en las cristalinas aguas del río Limay. Nada mal para empezar.
Regresé del Sur entusiasmado. Algo se había puesto en marcha en mi inconsciente más profundo; fue como si hubiese estado toda mi vida esperando conocer un lugar así. El virus de la Patagonia se había instalado silenciosamente en mi organismo, y con el tiempo se encargaría de transformarlo en “enfermedad”.
 
Refugio en el cerro López.
Aun así, cuatro años pasaron para que pudiera reencontrarme cara a cara con la región del Nahuel Huapi. Y fue durante esta segunda estadía cuando comencé a tener noticias de un Bariloche distinto; el Bariloche de los refugios, los senderos y las cabalgatas por valles remotos. Me llamaba la atención el frente de cerros que, de este a oeste, se levantaba como un mudo y misterioso decorado. El cerro Ventana, el Catedral, el Goye, el López, el Capilla... todos fascinantes, pero ¿qué había detrás de ellos? era la pregunta que me obsesionaba. No me alcanzaba con haber visitado Pampa Linda y más tarde Puerto Blest; yo quería saber qué había en el medio, allí donde los mapas no mostraban camino alguno sino valles perdidos y lagunas ignotas. Extraños panfletos pegados en la ciudad promocionaban algo llamado “trekking”, una nueva actividad que parecía ser la llave para entrar a ese mundo oculto. Lo cierto es que apenas nos alcanzó el tiempo para trepar hasta el refugio del cerro López y bajar en el día. Debíamos partir rumbo a Esquel, y mis dudas, junto al resto del equipaje, volverían intactas a Buenos Aires.
 
Refugio Emilio Frey, bajo las agujas
del cerro Catedral.
Transcurridos algunos meses de aquel segundo viaje, y mientras yo seguía devorando mapas hasta aprendérmelos de memoria, ocurrió un hecho insólito. Un buen día, en el suplemento de un diario capitalino, leí un aviso que sacudió a mi brioso pero a la vez frustrado espíritu aventurero: “CICLO DE AUDIOVISUALES ORGANIZADO POR LA MUNICIPALIDAD - 1º SÁBADO DE MAYO: ‘TRAVESÍAS EN EL PARQUE NACIONAL NAHUEL HUAPI’ A CARGO DE…” y a continuación venía el nombre del tipo y la hora del encuentro. ¿Quién puede ser capaz de exponer semejante tema aquí, en la fría y otoñal Buenos Aires? me pregunté descolocado. Sin sospecharlo, estaba frente a una pequeña señal del destino.
Fui. La cita de honor era en la Casa del Lago, frente al viejo KDT, en los bosques de Palermo. La charla estaba comandada por un tal Jorge González, hombre dedicado a las actividades de montaña y, como luego quedo demostrado, veterano trajinador de la Patagonia.
Las diapositivas comenzaron a desfilar en un clima de respetuoso silencio, mientras su autor, con gran elocuencia, nos paseaba por un reino mágico, oculto y lejano. Se escuchaban nombres apenas conocidos y nombres nuevos: refugio Frey; valle del Rucaco; laguna Jakob; valle del Casalata; refugio Otto Meiling; Paso de las Nubes; etc. etc. etc…
Finalizada la función, no abandoné el auditorio sin antes acribillar a medio mundo con preguntas: ¿Cómo llegar? ¿Cuántas horas de marcha? ¿Qué dificultad tienen? ¿Existen libros ó guías? Los cansé.
Esa noche, de vuelta en casa, agarré los mapas, las pocas fotos que tenía y repasé una y mil veces todo lo visto y oído. Me sentía preso de mi propia ansiedad. Quería volver al Sur ya.
 
Valle del arroyo Casalata, entre la laguna Jakob
y el lago Mascardi.
Durante ese mes las charlas continuaron, y yo concurría religiosamente a una por una. Los temas eran variados pero todos relacionados con el Sur y la aventura o la exploración. La fascinación seguía latente.
Entrado el invierno, el ciclo vio su fin y no tuve otra alternativa que seguir averiguando por las mías hasta que llegara el ansiado verano. No fue poco lo que pude investigar, sin embargo, todo pasaba por el aspecto logístico; entraba en contacto con una actividad, al menos para mí, completamente nueva, y se requería de gente y equipo especial. Sobre todo gente.
 
El calorcito se hizo presente pero me encontró con las manos vacías, producto de la previsible falta de acompañantes, de la ausencia en ese momento de grupos organizados que coincidieran con mi objetivo y de mi incapacidad para encontrarle la vuelta al problema. El esperado verano pasó así con más pena que gloria, pero fue sólo un período “sabático”; para el año siguiente el destino me prepararía grandes cosas.

Continuará...