domingo, 4 de febrero de 2018

La locura tiene dos ruedas (última parte)

Sexta parte aquí.

EL FIN DE LA LOCURA
La cama del hospedaje invitaba a estirar el sueño hasta el mediodía. No obstante, a eso de las 9 ya estaba arriba. La noche anterior me había quedado haciéndole compañía al hijo de la dueña de casa. Miramos juntos un partido de fútbol por televisión, y el resto fue charla, charla y más charla. El tipo tenía ganas de hablar, de contar sus penas. "Una vez vi en el cielo un objeto luminoso que pasó a gran velocidad y dobló a 90 grados sin detenerse", me confesó en algún tramo de la velada, ante mi consulta ufológica de rigor.
Vista parcial de la localidad de Río Puelo.
En cuanto a mi futuro de aquí en más, hay que decir que a esta altura no se barajaban demasiadas opciones. Si falla el plan A, sostienen, hay que recurrir al plan B, que en este caso significaba tomarme un bus hacia Puerto Varas, y desde allí tramitar el regreso a Bariloche vía paso Puyehue. Por tratarse de mi primera experiencia arriba de una mountain bike, consideré que ya había hecho -y conocido- más que suficiente. No debía tentar a los demonios.
 
Iván, el botero, había quedado en recogerme entre las 2 y las 3 de la tarde, ya que uno de los servicios hacia Puerto Varas partía de Puelo a las 4. Para aprovechar las horas de esa hermosa y luminosa mañana pude haber realizado infinidad de caminatas o paseos en bici. Lugares interesantes sobraban. Lástima que a donde fuese, no lo haría solo. Apenas ponía un pié en el jardín era asediado por un ejército de tábanos hambrientos. Me sentía insólitamente preso. Intenté caminar hasta el río y me enloquecieron. Me detenía a tomar una foto y se posaban en mi frente, en los dedos y hasta sobre la cámara. Faltaba que accionaran el disparador.
Nadie sabe mucho acerca del comportamiento de los tábanos, pero hay algo seguro y lo he comprobado yo mismo: entre diciembre y enero se contabilizan por metro cúbico. A quien, dentro de este período, decida internarse en las montañas del Sur, debo avisarle que, si aprieta el sol, estos bichos pueden terminar llevándolo en andas. En lo que a mí respecta, no me agarran más. Salvo causa de fuerza mayor, la Patagonia jamás me verá el pelo durante esta época del calendario(1)(2).

Capilla de Puelo. No recuerdo si esta
foto es mía o la sacó un tábano.
El hombre del bote me dejó exactamente en donde me había embarcado el día anterior. Allí debía esperar al bus para realizar el operativo de cargar la bicicleta en el buche de los equipajes. Pero el bueno de Iván sacó un as de la manga. "Tengo un amigo que sale ahora para Puerto Varas y le sobra lugar en su camioneta", me avisó entusiasmado. Lo que se dice una noticia genial.
La bici fue a parar a la caja y yo a la cabina, a hacerle compañía a este señor que, según me contó, se ganaba la vida llevando gente a pescar al río Puelo y al lago Tagua Tagua. Después de echarle un vistazo a su lujosa lancha, creo que hubiera sido más glamoroso arribar a Puerto Montt vía marítima al estilo Miami Vice. Todo no se puede.

Lo que en bici me demandó 2 días de cuestas, ripio, polvo y tábanos, en camioneta lo liquidamos en 2 horas. A eso de las 7 de la tarde me encontraba pedaleando sobre las prolijas calles de Puerto Varas en busca del hospedaje "Don Raúl", mi refugio de siempre cuando visito la Décima Región de Chile. Esta escala no figuraba en mis planes originales, pero no venía mal darle un abrazo a su dueño y a su simpática esposa Paty. No venía mal conocer nuevos amigos y nutrirme un poco de historias, leyendas y recuerdos.
 
Balsa para cruzar el río Puelo.
En la actualidad existe un puente.
Pasé un par de días pedaleando relajadamente por Puerto Varas y sus alrededores, y finalmente trepé a un micro con destino a San Carlos de Bariloche. Allí efectuaría una breve escala, para luego iniciar el retorno a la ciudad de Buenos Aires. "¡Qué rápido que volviste!", se sorprendieron quienes me habían visto partir del hospedaje barilochense una semana atrás. Razones había y para tirar al techo.
Lo cierto es que la querida Patagonia acababa de ser testigo de una aventura más de mi cosecha. Esa larga cosecha que, año tras año, iba sumando destinos nuevos, inéditos y de enmarañados acercamientos. No estaba arrepentido de haberme animado a las dos ruedas, pero asumí que deberían darse determinadas condiciones para volver a intentarlo. Tal vez eligiendo un recorrido más tranquilo; tal vez haciéndolo acompañado; tal vez sin carga, formando parte de algún grupo organizado... Tal vez sin tábanos, je.
Mientras me preparaba para el largo viaje hasta Retiro, sabía que ese objeto que embalaba prolijamente en una caja pasaría a ser algo más que un manubrio, un sillín y un par de pedales. Fueron muchas jornadas de alegrías, incertidumbres, satisfacciones, descubrimientos, esfuerzos y dificultades. No sé si hemos rodado demasiados kilómetros, pero fueron de los mejores. Y los suficientes para que la bicicleta alcanzara ese status de amigo con quien uno ha compartido momentos verdaderamente importantes.

FIN

(1) Juramento que vengo cumpliendo hasta el día de hoy.

(2) Aquí escribí algo más sobre los tábanos.
 
Detalle del recorrido.


domingo, 28 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (6ta. parte)

Quinta parte aquí.

8 DE ENERO, DÍA DEL TÁBANO
Concluida la breve ceremonia del desayuno, salí a la calle y me puse en marcha. El acarreo de la bici barranca arriba me sacó el frío y me dio la bienvenida a otra dura jornada de trabajo. El cielo había amanecido gris y cerrado, pero no se avizoraba riesgo de lluvia.
Comencé a rodar con lentitud pero sin problemas. La marea estaba baja y dejaba a decenas de barcazas multicolores varadas en seco. El pueblo dejó paso a un sinfín de asentamientos rurales. El cruce de la ruta sobre el río Cochamó reavivó mi viejo sueño de internarme en su valle y entrar a Argentina por el paso El León. Si de cada viaje nacen dos o tres proyectos, creo que la Patagonia se me tornará interminable(1).
Atrás quedaba el pueblo de Cochamó.
Los 30 kilómetros que me separaban de Puelo mostraban el mismo aspecto que el segmento anterior. A esta altura ya casi había aprendido a buscar la mejor huella para la bicicleta, observando las que dejaban los autos. Los descensos, si bien tentadores, escondían cierto peligro a causa de los cascotes sueltos que pululaban por toda la calzada. Más peligrosos se volvían aún si abajo me esperaba algún angosto y precario puente de madera. Literalmente había que embocarla a la bicicleta. Me causaban mucha gracia las piedras que, pellizcadas por las cubiertas, salían despedidas hacia los costados como proyectiles. "Piiinnnnnn…", se escuchaba cada tanto. Rogaba que este fenómeno no ocurriese delante de algún lugareño porque podía llegar a arrancarle un ojo, al pobre infeliz.
Infinidad de salmoneras(2) se repartían a metros de la costa, en lo que intuí como la fuente de ingresos más importante de la zona. La gente del lugar me dispensaba cordiales saludos a mi paso. No así algunos perros, quienes, aburridos de tanta monotonía, me salían al cruce amenazando mordisquear algún pedazo de rueda... o de pierna. Al asomar el sol, los tábanos retomaron su férreo plan de hostigamiento. Nunca supe si la veintena que me perseguía era la misma de Peulla o venían haciendo carrera de postas, los muy malditos. De arriba no se la llevaron.
 
Llegué a Puelo. La aldea se encontraba al otro lado del río homónimo, pero faltaba un detalle: el puente. Existía una pequeña balsa de chapa que, utilizando como guía un grueso cable de acero tendido de orilla a orilla, cruzaba a los pocos autos y camionetas que osaban aventurarse hacia el pueblo. Los seres humanos de a pie -o en bicicleta- podían hacer lo propio por medio de una decena de boteros que esperaban en ambas riberas cual choferes de taxi. Un rápido cálculo me hizo recordar que esas aguas turquesas provenían de los lagos Epuyén, Puelo, Inferior, Azul y Tagua Tagua, y del Mascardi, Hess, Martin y Steffen, vía río Manso. La velocidad de la corriente asustaba.
Imagen del estuario de Reloncaví.
Elegí un botero al azar. Antes de abordar le pregunté si sabía de algún lugar dónde hospedarme. El hombre, de nombre Iván, se ofreció llevarme hasta la casa de una familia amiga ubicada en Puelo Alto, a unos 3 kilómetros de allí, río arriba. Acepté. La operación de embarcar la bicicleta no resultó una tarea para nada sencilla. Pesaba una tonelada.

El viaje fue breve. "Aquella es la casa", me dijo Iván al bajarnos del bote, señalando una vivienda de dos plantas y paredes amarillas que distaba unos 500 metros del río.
Pedaleé ese medio kilómetro envuelto en una nube de tábanos. Explotaba de rabia, y no sólo hacia los insectos, sino que, cual disparatado razonamiento, también crecía mi rechazo hacia los días de sol. Tomé conciencia de que si me internaba en el valle del Puelo, la cosa se pondría mucho peor. Se encendían luces de alarma con respecto al futuro de mi travesía.
"Buenos días, me manda Iván, uno de los boteros del río", le dije a la señora que salió a recibirme. La mujer, bien entrada en los setenta años, al principio vaciló. "Bueno, pase, vamos a ver qué podemos hacer, pues", me respondió algo distante. Ingresé a la vivienda y acomodé la bicicleta en el fondo de una galería cuyos amplios ventanales dejaban ver el pequeño jardín. Desde adentro, decenas de tábanos rebotaban atontados una y otra vez contra los vidrios, en sus últimos intentos por salir al exterior.
Mi anfitriona era una santiaguina que compartía vacaciones con dos de sus hijos, ambos de mediana edad. Me confesó que no acostumbraba a tomar huéspedes, pese a que estaba remodelando la casa para comenzar a hacerlo. De todas formas, acondicionó una de las habitaciones de la planta alta para transformarla en mi dormitorio.
De entrada el trato resultó ser muy cordial, y mi vida comenzó a transcurrir como si fuese un integrante más de la familia. "¿Gusta una carnecita con papita?"; "¿quiere pancito?"; "¿toma un tecito?", y todo así en diminutivo me preguntaba la hospitalaria señora en medio de ese cálido ambiente de muebles rústicos y cortinas con puntillas. Mi situación aún no era del todo clara, ya que ignoraba si estaba siendo agasajado, o esa especie de pensión completa venía tarifada. Pronto lo sabría(3).

RAZONES PARA NO SEGUIR
A esta altura de las circunstancias, el cansancio, la aspereza del terreno y los tábanos habían dejado en suspenso la continuidad del viaje. Sólo faltaba un cuarto y último factor, y para conocer su influencia en mi decisión final tenía que dirigirme hacia el lago Tagua Tagua.
Descargué por completo la bicicleta y esa misma tarde me largué a pedalear los 12 kilómetros que me separaban del lago. Algún baqueano de la zona me diría si realmente era factible aventurarse más allá de sus aguas.
Llegando a Río Puelo. Al fondo se ve el volcán Yate.
Al rodar sin peso, la bicicleta volaba. El camino me resultaba súper agradable y la ausencia de importantes desniveles me permitió jugar un poco a acelerar la marcha. Elevados cerros tapizados de bosque formaban un corredor natural por donde se deslizaba el viento. Un enorme camión me pasó en varias oportunidades y en ambas direcciones, bañándome sin compasión de polvo. Estaban trabajando en la terminación de la ruta que moriría en el lago.
Al llegar a una pequeña cornisa tuve que suspender la marcha. El camino estaba inundado de bloques de piedra de tamaños que iban desde el de una pelota de fútbol hasta un lavarropas. Rápidamente comprendí que aquel mar de escombros había sido el resultado de una voladura. Observé más adelante a un grupo de gente trabajando, eran militares. Apoyé la bicicleta en el suelo y salí a caminar hacia ellos por arriba de las piedras.
En Chile, las rutas son abiertas por el Ejército a través del Cuerpo Militar de Trabajo. El encargado de la cuadrilla era un suboficial de rango medio y sus operarios eran los mismísimos colimbas. Le pregunté al militar si podía continuar hasta el lago. Me dijo que aguardara unos minutos, primero debían efectuar otra detonación. Tragué.
Mientras esperábamos, le pregunté si era posible pedalear más allá del Tagua Tagua. "¿Con la bici cargada?", repreguntó desconfiado, mirando a mi rodado que había quedado unos 100 metros detrás. "Mmmm... lo veo difícil", agregó con una sonrisa inquietante y mordaz.
En eso se escuchó un grito de alerta que provenía de atrás de una curva, y a continuación se vio venir corriendo a un operario con un protector en sus oídos. La dramática escena era más que clara: se acercaba la explosión. El suboficial me invitó a retroceder unos metros y nos sentamos todos en el piso. Hubo un largo y tenso silencio. "¡¡¡BOOOOOOMMMMMMMM!!!", se escuchó en todo el valle, acompañado por un cimbronazo que sacudió nuestras sentaderas. Fue como si hubieran castigado a la tierra con una maza gigante.
De a poco nos fuimos incorporando. El suboficial me autorizó a seguir caminando hasta el lago y me recomendó consultar a un poblador que vivía en sus orillas. Según él, el hombre solía cruzar el Tagua Tagua en bote y podría arriesgar una descripción sobre el estado de la senda hacia la Argentina.
Caminé unos 500 metros. El botero no estaba, hablé con su mujer. "La senda no es mala, pero va a tener que cargar la bicicleta al hombro hartas veces, pues", me confesó la pobladora en forma lapidaria. "Hay raíces, muchos vadeos de arroyos...", concluyó. Por un instante me imaginé arrastrando la bicicleta cortejado por cientos de tábanos. La escena por sí sola me levantó fiebre. Ya no cabían dudas. Me volvía.
Me acerqué a la orilla del lago y me despedí de esa imagen con un hasta pronto. Conociendo mi obstinación, sabía que, tarde o temprano, el valle del Puelo y yo nos íbamos a ver las caras(4).

Continuará...
 
(1) Finalmente realicé dicha travesía en febrero de 2007. Pueden leerla aquí.
(2) Jaulas flotantes en donde crían al salmón en sus distintas etapas de crecimiento.
(3) La señora no me cobró precisamente en diminutivo, pero realmente lo valía.

(4) De hecho, lo recorrí 2 años más tarde. El relato aquí.

jueves, 25 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (5ta. parte)

Cuarta parte aquí.

HISTORIAS DE APARECIDOS
Otro magnífico día de sol me recibió en la ruta. Retrocedí 2 kilómetros en dirección a Petrohué, y al llegar a un importante desvío caí a mano derecha para pedalear los 30 que me separaban de Ralún.
Nuevamente sentí placer sobre las dos ruedas. El asfalto se mostraba plano y pasaba un vehículo muy de tanto en tanto. El excesivo peso me impedía mover la bici más allá de los 16/17 kilómetros por hora, pero eran constantes. Desde la derecha me vigilaba el volcán Calbuco y desde la retaguardia, el omnipresente Osorno. La ruta circulaba casi paralela al río Petrohué, que más adelante vuelca sus aguas turquesas al mar.
Volcán Osorno desde la ruta que se dirige hacia Ralún.
Pero la felicidad, dicen, son sólo momentos. La cinta asfáltica comenzó a corcovear, y yo a putear. Las pequeñas colinas me demandaban un gran esfuerzo y los últimos metros de cada trepada exhibían siempre la misma escena: mi humanidad empujando la bici.
Finalmente la ruta salió a buscar el nivel del mar y el descenso se volvió excitante. En una larga sucesión de curvas y contra curvas, el velocímetro llegó a marcar 55 kilómetros por hora. El viento en la cara me transmitía una sensación de extrema libertad.
Presentí mi llegada a Ralún al ver, a lo lejos, la lengua oceánica del estuario de Reloncaví. Bien al fondo descubrí un nuevo volcán, el Yate, que se alza entre las villas de Puelo y Hornopirén. Desechaba la idea de ponerme a desarmar las alforjas para preparar mi almuerzo, de modo que buscaría un almacén o algo parecido a un restaurant. Mi propósito era descansar unas 2 horas para luego completar los 17 kilómetros que me separaban del próximo pueblo del estuario, Cochamó.
 
Me desvié de la ruta y entré a Ralún. Quizás fantaseaba con ver algo más grande, pero me encontré con un paraje semi rural atravesado por una solitaria calle de ripio. No obstante, toda esa zona es muy frecuentada por el turismo gracias a sus aguas termales, a la pesca con mosca y al rafting sobre el río Petrohué.
Un par de rodeos fueron suficientes para decidir entrar al único restaurant de Ralún, llamado "Villa Margarita". El nombre se debía a su dueña, una corpulenta y charlatana mujer de unos 50 años, quien poseía allí mismo unas cabañas para alquiler. El salón estaba vacío y elegí sentarme de cara a los ventanales. Advertí que los precios no atentarían contra mi presupuesto, aunque no hubiese pesado tanto ese detalle después de darme el gusto de almorzar contemplando la cordillera.
Barcaza de pescadores sobre el estuario de Reloncaví.
Comí solo, excepto cuando Margarita se acercaba a darme charla. La mujer se mostró interesada en mi actividad y mi itinerario. En un momento de la conversación se me antojó preguntarle eso que siempre quiero saber cuando estoy frente a gente que pasa largo tiempo en parajes cordilleranos aislados. "¿Alguna vez vio algo raro por acá? Digo... luces extrañas, fenómenos en el cielo...", arremetí jugando al documentalista de TV. Como si lo estuviese esperando, Margarita sacó un par de historias de la manga. Me contó que tiempo atrás, en medio de la noche, ella y su marido vieron un enorme y misterioso resplandor que provenía de un bosque cercano, detrás de la casa. En otra oportunidad -también a la hora de las brujas- escuchó que afuera su perro ladraba mucho y de una manera preocupante. Se dirigió con cautela hacia la puerta, y al abrirla, su rostro empalideció de terror. La silueta oscura y difusa de un hombre se hallaba parada frente a ella. "Era el 'hombre negro', un fantasma que deambula por la región ayudando a la gente, no es un ser maligno", concluyó la mujer con curioso dramatismo.
Los relatos de Margarita me alentaron a contarle alguna de mis experiencias en el asunto. Las propias y las ajenas, como aquella aureola observada en la cabecera sur del lago Puelo, o el rumor de la existencia de una "puerta interdimensional" dentro del Parque Nacional Alerce Andino. Tremenda casualidad, esta última estaba ubicada a escasos kilómetros de Ralún.
Sin darme cuenta se hicieron las 4, y, si pretendía llegar con buena luz a Cochamó, debía partir. Había pasado un grato momento y la comida resultó exquisita. Saludé a la simpática Margarita y me subí nuevamente a la bicicleta. Además de la panza llena, me llevaba un gran recuerdo de Ralún.

El asfalto me concedió unos metros más de gracia, sólo hasta cruzar el largo puente sobre el río Petrohué. Los sedimentos de lava volcánica acarreada desde la zona de los saltos formaban enormes bancos de arena negra frente a su desembocadura.
Luego de atravesar una pampa, el camino se aferró definitivamente al mar y comenzó a copiar la sinuosa orilla. A mis espaldas quedaba el amplio valle por donde se internó el sacerdote jesuita Juan Guillelmo a comienzos del siglo XVIII. De ese modo alcanzaría el paso Vuriloche y descubriría finalmente la antigua ruta a la Misión del Nahuel Huapi(1).
El entorno me pareció estupendo. La selva caía a pique sobre las turquesas aguas del Pacífico y los sectores de cornisa eran pura adrenalina. La cercanía de la ribera opuesta hacía pensar que a mi derecha se extendía un lago y no una delgada lengua marítima. Hacia el sur, las gruesas capuchas nevadas del volcán Yate activaban en mi memoria viejos recuerdos de escenarios aún más australes. El hecho de transitar junto al mar, no convertía a la ruta precisamente en el paraíso. El ripio subía y bajaba como en cualquier camino de montaña que se precie. Sus constructores no tuvieron en cuenta a los futuros ciclistas.

Cerca de las 6 de la tarde arribé a Cochamó. El pequeño pueblo se veía más importante que Ralún. La misma ruta hacía de avenida principal y algunos comercios se repartían sobre ella. Pregunté por un hotel y me recomendaron pedalear unos 150 metros barranca abajo por una calle que luego terminaba en el mar. Los pocos transeúntes me recibían con expresiones de curiosidad. Un forastero siempre es mirado con desconfianza, y lo mejor era saludarlos como si yo fuese un vecino más.
Iglesia de Cochamó. Detrás se ve
el estuario de Reloncaví, y bien al
fondo el volcán Yate.
La dueña del hospedaje era una mujer de unos sesenta y largos años, baja estatura y un carácter extrovertido pero mandón. En menos de 15 minutos organizó mi vida. Me ubicó en una pieza, me dio un curso sobre cómo usar el calefón, me guardó la bici en un galpón, me sugirió primero arrimarme hasta la cantina vecina para encargar mi cena, luego ir a hablar por teléfono antes de que las cabinas cerraran, de allí ir a sacar fotos a la costa y volver a eso de las 20 listo para cenar porque el lugar cerraba a las 21. Si alguno andaba buscando la secretaria perfecta, la podía encontrar en Cochamó.

La sesión de fotos me acercó a parte de la intimidad del pueblo. Construido sobre la ladera de la montaña, Cochamó guardaba cierta similitud con el pintoresquismo de Chiloé. Se veía en su iglesia de 1909, en sus casas revestidas con tejuelas de alerce, y en sus hombres saliendo a ganarse la vida al mar. La atmósfera de paz que se respiraba en el pueblo lograba una mágica comunión con el fiordo y las montañas. La calle en bajada, la vieja iglesia al fondo y el volcán vestido ya con los brumosos tonos del atardecer le dieron forma a una de las mejores fotografías del viaje.
El día expiraba. En la cantina me aguardaba un salmón a la parrilla y una botella de vino blanco. Hermoso y merecido premio por haber sobrevivido a otra etapa más de mi gran cruzada voluntarista.
 
Continuara...
 
(1) Ruta realizada unos pocos años más tarde y descripta aquí.
 

jueves, 18 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (4ta. parte)

Tercera parte aquí.

PEDALEAR ES UN PLACER
Después de un rápido desayuno, a eso de las 10 ya estaba nuevamente en la ruta. Hasta el poblado de Peulla me esperaban poco más de 20 kilómetros que, por lo que fui observando, se presentarían llanos. El plan del día consistía en cruzar el lago Todos los Santos y finalizar la etapa en el paraje de Ensenada.
Camino entre Casa Pangue y Peulla.
Disfruté como loco del paisaje. La densa selva me escoltaba desde ambos lados del camino y los cerros me cautivaban con sus misteriosos perfiles. El cielo se despojó de los nubarrones, y con el calor del sol, los tábanos salieron a reanudar su faena. La batalla contra estas alimañas voladoras comenzó a plantearse más grave que de costumbre. Si difícil ya es espantarlos teniendo las manos libres, se convertía en tarea imposible -y riesgosa- hacerlo con las extremidades aferradas al manubrio. Una buena estrategia consistía en tomar velocidad para que los insectos no pudieran seguirme el tranco. De todas formas era un alivio momentáneo, en cuanto el terreno me frenaba volvían a hacerme compañía. A esta altura de las circunstancias ya empezaba a madurar una decisión que tomaría rotundamente al finalizar el viaje.
Sobre un puente de hormigón atravesé el río Peulla y sus aguas pasaron a mi mano derecha. El camino, por momentos, circulaba aprisionado entre el inmenso playón del río y unos escarpados paredones de roca abiertos a fuerza de dinamita. El excesivo peso de la bici no me impedía desarrollar una marcha relajada y tranquila.
Dejé atrás una extensa pampa y llegué casi sin esfuerzo a Peulla. Antes de acercarme al pueblo debí detenerme en Aduana y Carabineros para oficializar mi ingreso a Chile.
Hotel Peulla, en la villa homónima.
Sin entender los motivos, el encargado de revisarme el equipaje decidió tratarme con modales autoritarios y conductas policíacas de otros tiempos. Tal vez pensó que yo era un contrabandista o un narco. Evité toda reacción que pudiese acrecentar su pésimo carácter; un ser humano con una pizca de poder puede hacerle pasar un mal rato a cualquiera.
Continué pedaleando hasta acercarme al grupo de casas. Peulla es una villa netamente turística, y se nota al ver su enorme y elegante hotel. Está rodeada de empinados e impenetrables bosques, y su única comunicación con el resto de Chile es vía lago Todos los Santos.
Me arrimé al embarcadero pero el catamarán aún no daba señales de partir. "Zarpará a las 16", escuché por ahí. Miré mi reloj, faltaba una hora. A un costado del muelle descansaban tres mochileros -dos chicos y una chica- que, un tanto aburridos, aguardaban lo mismo que yo. Eran mendocinos y venían de atravesar el Paso de las Nubes(1). Habían llegado hasta allí gracias a la amabilidad de un camionero que los levantó en Puerto Frías. Como en todo encuentro fortuito de viajeros, cada cual hizo un breve racconto del camino recorrido y del que quedaba por recorrer. Los mendocinos recalarían unos días en Puerto Varas, y desde allí subirían en busca de las playas de Viña del Mar.

Volcán Osorno desde el lago Todos los Santos.
Tal como anunciaban, el catamarán soltó amarras a las 16. La bici había sido oportunamente asegurada sobre una de las cubiertas, y a bordo nos preparamos para disfrutar de un paisaje que prometía ser estupendo.
Luego de un par de virajes aparecimos en la zona media del lago. La proa quedó definitivamente apuntando al volcán Osorno, que lucía extraordinariamente despejado. Hacia el norte era posible contemplar también la particular silueta del cerro Puntiagudo. Sobre su ladera oriental se encuentran las termas de Callao, a las que se accede por lancha más unas 4 horas de trekking(2). Por estribor dejamos la isla Margarita, propiedad de los Roth, familia de pioneros que maneja este corredor lacustre desde 1913.
En poco más de dos horas arribamos a Puerto Petrohué. El desembarco significó la despedida de mis amigos mendocinos, quienes pasaban a formar parte de esa interminable galería de personajes que comparten un instante fugaz de nuestra ruta. Los mochileros se metieron en un micro y yo retomé mi sana costumbre de pedalear. Aun había buena luz y se me ocurrió ir a hacer algunas fotos a los saltos del río Petrohué, a sólo 6 kilómetros de allí.

Al salir de los saltos me encontré nuevamente con el viejo, querido y anhelado asfalto. Sin embargo, a los pocos metros advertí que no me iba a resultar tan fácil llegar a Ensenada. El terreno volvió a ondularse y a conspirar silenciosamente contra mis planes. Al menos, los últimos rayos de sol acariciando las nieves eternas del Osorno entregaban un cuadro que hacía más llevadero el trabajo.
Ensenada es un conglomerado de casas desparramadas a ambos lados de la ruta que bordea la costa sur del lago Llanquihue. La principal actividad en la zona es la pesca deportiva de truchas y salmones, razón por la cual abundan los bungalows y los campings privados. También se ve un antiguo hotel de estilo colonial alemán. "Vaya a lo de Don Nene", me recomendó un carabinero sin titubear, tras consultarle sobre algún hospedaje barato para pasar la noche. Hacia allí fui.
La vivienda, un tanto venida abajo, se hallaba sobre la margen sur de la ruta. Toqué la puerta y se asomó un hombre que de “nene” tenía sólo el apodo. Le sobraban ya como seis o siete décadas. Afortunadamente, su edad resultó ser directamente proporcional a su buena onda. Por un precio más que razonable me ofreció una habitación para mí solo, me guardó la bici en un galpón, y me dejó utilizar su cocina. Un buen corolario para un gran día, sin duda.

Continuará...

(1) Travesía entre Pampa Linda y Puerto Frías.
(2) Caminata realizada unos años más tarde y descripta aquí.

domingo, 14 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (3ra. parte)

Segunda parte aquí

EN LA CANCHA SE VEN LOS PINGOS
El catamarán zarpaba a las 8. En Puerto Pañuelo había muchos turistas, entre ellos unos 5 ó 6 ciclistas, todos extranjeros. Advertí con sorpresa que sus equipajes eran demasiado reducidos comparados con el mío. Seguramente la experiencia de pedalear por todo el mundo los hizo llegar a una síntesis en cuanto a lo que se debe llevar y a lo que no. Síntesis que yo no hice, claro. Como ocurre siempre entre colegas, algunos de ellos me observaban a mí y a mi máquina con esa típica mezcla de solapada curiosidad e intriga. Envidia, seguro, no era. "Los argentinos somos muy especiales cuando viajamos", pensaba como posible excusa, mientras contemplaba resignado la parva de cosas que yacían apiladas sobre las alforjas traseras. Faltaba una reposerita y la jaula con el canario.
Había un atenuante con respecto a esta cuestión. Es que una de las desventajas de pedalear en solitario radicaba en que yo solo debía cargar con elementos que bien podían distribuirse entre 2, 3 ó más, como ser botiquín, carpa, elementos de cocina y herramientas. Y todos pesan. "Eppur si muove" (y sin embargo, se mueve), decía Galileo al referirse a la discutida traslación de la Tierra. Cuatro siglos más tarde hubiera dicho lo mismo de mi bicicleta.

Desembarcamos en Puerto Blest envueltos en su clima característico que se define con una cifra: 4.000 mm de precipitaciones anuales. Traducido al criollo: llueve todos los días y las noches también. Por los altavoces del barco, una voz metálica sugería a los turistas en tránsito hacia Chile abordar los colectivos de la empresa para trasladarse hasta el cercano lago Frías, y a los ciclistas hacer lo propio a bordo de sus máquinas. Allí nos esperaba el segundo tramo lacustre.
Los 3 kilómetros que separan a Blest de Puerto Alegre son una delicia. El camino es 100% plano y está enmarcado por coihues, cipreses de las Guaitecas y tupidos bosques que trepan hasta lo alto de los escarpados cerros. Es un trayecto para recorrerlo una y otra vez. Durante esta breve introducción terrestre fui descubriendo que la bici pesaba como una manada de elefantes. De hecho, debí apelar a una relación de cambios bastante inferior a la usual para este tipo de caminos sin pendientes.
En 15 minutos aparecí frente al lago Frías y volví a embarcar junto a un grupo de turistas, esta vez más reducido. El cielo seguía cubierto y el Tronador -bien visible durante la navegación en días despejados- era un monstruo escondido dentro de un espeso telón de nubes oscuras y lluviosas.
Por los altoparlantes del "Caleuche" -como aquella nave fantasma de leyendas- volvían a indicarnos cómo proceder una vez llegados al puesto de Aduana, ubicado en el extremo sur del lago. En el control migratorio nos darían prioridad a los ciclistas, ya que debíamos presentarnos antes de las 15 horas en Peulla para abordar el catamarán que atravesaba el lago Todos los Santos. No le di importancia a ese detalle, no estaba en mis planes llegar hasta allí ese mismo día; mi propósito era pasar la noche bastante antes, en un paraje denominado Casa Pangue.
Una vez en tierra y cumplidos los trámites, los bikers, a intervalos de 2 ó 3 minutos, fueron partiendo raudos a cubrir esos 30 kilómetros que, por lo que escuché, pintaban duros. Cambiando alguna que otra palabra con ellos supe que todos tenían como objetivo final la isla de Chiloé, previa escala en Puerto Montt. No me interesaba sumarme a la caravana con las demás bicis; sabía que cada uno tendría su ritmo, y aún el peor de ellos me sacaría 100 metros en un abrir y cerrar de ojos. Se los veía bien entrenados; de hecho, todos encararon la primera cuesta con firme entusiasmo.
Aún con mi trámite aduanero realizado preferí quedarme a esperar a que toda esa turba abordara sus micros y partiera hacia Chile. Un poco por no querer compartir el camino con nadie y otro poco por vergüenza. Quería evitar que me vieran empujando la bicicleta en cada cuesta.

La ruta hacia el límite se iniciaba al costado de la Aduana y la Gendarmería. En solo 3,5 kilómetros había que subir 200 metros, o sea que de movidita nomás comencé a trepar. Arranqué con la cadena en el plato chico y en el piñón 3; luego la pasé al 2; enseguida al 1 y ¡puf! a bajarse. Ya no daba más. Y no era una cuestión de pobre estado físico sino de fatiga muscular por repetición de movimiento. Podía estar preparado para un match de tenis de tres horas pero no para esto. Mientras mis cuádriceps se relajaban para un nuevo intento, aprovechaba para ganar metros caminando. De todas formas, este impasse recomponía a medias las cosas; empujar la bicicleta cargada cuesta arriba tampoco era la gloria. A pesar del esfuerzo, el paisaje no dejaba de conmoverme. De a poco me estaba internando en la exuberante selva valdiviana y su silencio me producía un efecto extraño, una sensación de soledad protectora.
En una hora por reloj llegué a la frontera. Un pintoresco arco hecho con troncos me despedía de Argentina y un cartel frente a él me daba la bienvenida a Chile, para ser más preciso, al Parque Nacional Vicente Pérez Rosales. La llovizna persistía. Para proteger la carga trasera había fabricado una capucha plástica que encajaba justo sobre el ancho de las alforjas. Decidí sacarme una foto en la frontera junto a la bici. Lo cierto es que, pedaleando o no, estaba empezando a lograr mi objetivo, y mi medida emoción se tradujo en un movilizador optimismo.
A partir del límite internacional todo fue en bajada. Y de las bravas. El peso de todo ese "pack" -bicicleta/hombre/equipaje- hacía que, de no tocar los frenos con cierta frecuencia, me convirtiera en un bólido incontrolable. El grueso ripio hacía saltar todo lo que llevaba a bordo. Aseguré bien el equipaje, cuestión de no ir sembrando el camino con mis preciadas pertenencias. Trataba de evitar, además, los golpes bruscos de manubrio que hacían derrapar a la rueda trasera y podían eyectarme de cabeza al medio del bosque. Desde algunos claros se observaba bien abajo al inmenso playón del río Peulla, que nace en uno de los ventisqueros del cerro Tronador. A cada curva le sucedía otra, y todo en un enloquecedor y vertiginoso descenso que le frunciría el culo hasta al biker más experto.
Aterricé en el llano -nunca mejor utilizado este verbo- y mi alma recuperó la paz. Había destrepado la friolera de 800 metros, lo que dejaba en claro en qué sentido conviene efectuar esta travesía. Ya estaba en Casa Pangue. Recordé que por esta zona funcionó alguna vez el retén de Carabineros y decidí pedalear hacia él.
Pasé junto a un salto de agua y encontré algo perplejo el lugar que buscaba. Del retén sólo quedaban los restos de lo que pudo haber sido un incendio. El ancho río Peulla corría a unos 50 metros a la izquierda del camino, y al asomarme a su pequeña barranca pude ver entre las nubes al glaciar que le daba origen.
El único sitio para instalar una carpa se hallaba apretado entre el camino y el río. Almorcé liviano y me puse a armarla. En realidad era temprano, pero quería ponerme a resguardo de dos molestos actores que funcionaban de manera complementaria: la llovizna y los tábanos. Si no jodía uno, jodía el otro(1).

Sin otra novedad que la aparición de una ciclista alemana que siguió de largo hacia Peulla, pasé lo que quedaba de la tarde dentro de la carpa leyendo un libro y tratando de dormir un poco. Intenté más tarde escuchar la radio; quería saber si alguna emisora era capaz de penetrar su onda en este paraje aislado. Mi curiosidad se topó con la inconfundible voz de Lalo Mir y su programa "Animal de Radio". Los raros fenómenos del éter entraban en complicidad con la indescifrable y compleja cordillera.
Seguí jugando con el sintonizador y me detuve a escuchar algo gracioso pero a la vez muy útil. Era una emisora -como las hay en toda la Patagonia- que se dedicaba a transmitir mensajes de poblador a poblador. "Se le avisa a Don Hilario Sepúlveda, de la estancia 'El Tepú', que su hermano lo espera el martes en la terminal de Puerto Varas". "Pedro Contreras, de la comuna de Contao, comunica el fallecimiento de su señora madre Doña Marieta Ignacia Oyarzún, cuyos restos serán velados en la intendencia". Y todos de ese estilo y tenor.
Los negros nubarrones que envolvían al Tronador hicieron que las sombras se instalaran antes de lo pensado. El maravilloso glaciar Casa Pangue lucía ahora un siniestro magnetismo. Pude esa tarde haber remontado el río para acercarme hasta él, pero no me animé a abandonar las cosas. Y menos sabiendo que dependía de una de ellas para salir de ese lugar.

Continuará...

(1) Lo único que mantiene a raya a los tábanos es la lluvia, que, por supuesto, también molesta.


miércoles, 10 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (2da. parte)

Primera parte aquí

CIRCUITO CHICO, SUFRIMIENTO GRANDE
Durante la tarde del sábado había alcanzado, no sin esfuerzo, el refugio Berghof, en el cerro Otto, y el domingo realizaría mi segunda "prueba de campo" antes de encarar el esperado cruce a Chile. Sería una suerte de examen definitivo, ya que el lunes a las 8 de la mañana debía presentarme con la bici en Puerto Pañuelo, listo para embarcar hacia Puerto Blest.
El plan dominguero era interesante. Ya con las alforjas puestas y algo de carga saldría a recorrer el Circuito Chico, esa conocida y hermosa ruta que bordea el lago Nahuel Huapi y se extiende por detrás del Llao-Llao. Por las características del camino y su entorno, se suponía que este paseo haría las delicias de un ciclista. Sin embargo, algunos "detalles" se confabularon para que, al menos en mi caso, no fuera tan así.

Los primeros kilómetros de la Avenida Bustillo(1) son relativamente planos y hacían que me desplazara con cierta comodidad. El gran inconveniente lo constituían la estrechez de la calzada y la excesiva cantidad de vehículos -léase autos, colectivos y micros de excursión- que circulaban a velocidades de TC 2000. Empeoraba las cosas el peligroso escalón que dividía el asfalto de la banquina, lo que me obligaba a pedalear medio metro dentro de la calzada o directamente sobre la tierra. Una maniobra brusca al pellizcar el borde podía desestabilizarme. Si mi ocasional "pasador" no observaba a ningún vehículo de frente, efectuaba el sorpasso gentil y holgadamente invadiendo la mano contraria. Si el tráfico se lo impedía, era yo quien debía resignar mi lugar y bajar a la banquina. Cuando por el rabillo del ojo veía aproximarse la silueta de un micro, el desenlace era incierto y sólo me quedaba rezar.
Con el correr de los kilómetros, a los riesgos ya mencionados comenzaron a sumarse las dificultades del propio terreno. La cinta asfáltica dejó de ser la suave y simpática sucesión de ondulaciones para convertirse en una verdadera montaña rusa. En el kilómetro 18 decidí, por fin, abandonar Bustillo y me desvié hacia la izquierda a través del camino que se dirige hacia Colonia Suiza. Quería escapar de esa vorágine de vehículos zumbándome en la oreja. Al llegar al puente que parte en mitades iguales al lago Moreno bajé con la bici hasta la playa para almorzar.

Al retomar mis pedaleadas, la ruta volvió a empinarse lentamente hasta llegar al conocido Punto Panorámico. Desde allí hay excelentes vistas del lago Moreno, del Llao-Llao, del lago Nahuel Huapi y de la isla Victoria, entre las referencias geográficas más célebres. Me detuve 15 minutos para tomar las fotos de rigor y continué viaje.
Los siguientes kilómetros resultaron ser muy divertidos. A poco de dejar atrás el mirador, sobrevino una serie de bajadas y curvas bastante interesantes como para olvidarme por un rato de los cambios y las palancas de frenos. Por un rato, nomás, no era cuestión de envalentonarse. De frente venían autos y camiones que podían cobrarse mi osadía engrosando la colección de bichos que traían estampados en el radiador.
Y así como después de toda subida hay una bajada, después de toda bajada existe una maldita subida. De esta forma -o sea, maldiciendo-, pasé por el arroyo López, por la bahía homónima, y completé el circuito al arribar más tarde a Puerto Pañuelo. No había tanto de cansancio como de preocupación. Sentía que todo este asunto me quedaba grande, que no estaba a la altura de mis ambiciones. Y todavía tenía por delante el largo regreso a Bariloche y con la noche pisándome los talones.
Pero se me ocurrió una idea razonable. Una solución mitad práctica, mitad piadosa. ¿Qué tal si dejaba la bicicleta en Puerto Pañuelo, en algún depósito o a bordo mismo del catamarán que zarparía al día siguiente hacia Puerto Blest? Prefería volver en colectivo y con las alforjas en la mano, antes que realizar dos veces los 25 kilómetros que separan a la ciudad del embarcadero.
No iba a ser tan fácil la cosa. En el puerto se encargaron de derribar mi ingenioso plan de un plumazo, pero me sugirieron que podía intentarlo en lo del guardaparque, a metros de allí, frente a la capilla de San Eduardo. Mi cascoteada esperanza se mudaba por unos minutos hacia ese lugar.
Tuve suerte; la hija del guardaparque me permitió encadenar la bici debajo de un techo de chapa que había en los fondos de su casa. Creo que de fracasar este segundo intento la hubiese dejado atada a la parada del bondi o al cuidado del cura de la iglesia.
 
Continuará...

(1) Avenida que nace en la ciudad de Bariloche y bordea el lago Nahuel Huapi.

jueves, 4 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (1ra. parte)

Durante estos días se cumplen exactamente 20 años de una de las aventuras más recordadas que me han tocado protagonizar en mis casi 3 décadas de viajes a la Patagonia. Una empresa que tuvo tanto de turística y deportiva, como de ambiciosa y quijotesca. Me estoy refiriendo ni más ni menos que a un cruce de Argentina a Chile en bicicleta.
Aquella experiencia fue resumida oportunamente en este mismo blog hace ya varios años, pero debido a la importancia de la fecha decidí homenajear a esas esforzadas pedaleadas sureñas dándoles vida nuevamente a través de este relato. Veinte años no es nada, dicen. Espero que se diviertan.

NACE LA LOCURA
En el invierno de 1997, una idea bastante curiosa se había instalado en mi mente: realizar una travesía patagónica a bordo de mi bicicleta. Apoyado y combatido con idéntica fuerza por familiares y amigos, el singular proyecto comenzó a crecer día a día, y no sólo sustentado por el placer de pedalear en sí, sino por las posibilidades que me brindaba una mountain bike. Y haciendo cálculos, no eran pocas.
Interrogantes no faltaban. A los inherentes a la correcta preparación del equipo y del rodado, se sumaban los de la travesía misma. Porque, para empezar, era consciente de que tendría que encarar esta empresa en solitario. Es que si ya me costaba reclutar gente para salir a caminar por la montaña, ¿quién corno querría hacerlo, además, con el culo apretado contra un sillín de bicicleta? Nadie.
En el cerro Otto, con el Nahuel Huapi de fondo.
También me preocupaba el tema de la seguridad. Sabía que en partes debía moverme sobre rutas asfaltadas. Grave problema; si había chances de que algún automovilista me revolease por los aires era precisamente allí. Y qué manera poco elegante de terminar lo planeado durante medio año, ¿no?
Temores y cuestiones negativas al margen, nada me impedía llegar a la conclusión de que la bicicleta se acerca muchísimo al medio de transporte perfecto: conjuga la independencia del auto, la capacidad de contemplación del trekking y se puede meter -y guardar- casi en cualquier lado. Tiene sus contras, lógicamente: la lentitud en los desplazamientos y la imposibilidad -más bien incomodidad- de moverse bajo la lluvia. Pero mejor no pensar en la lluvia.

La gran protagonista de esta aventura -obviamente, mi bicicleta- era -y por ahora es- una  Diamond Back Racing modelo Wildwood de 21 velocidades, cuadro de cromo-molibdeno y equipamiento Shimano Altus. Los que junen algo del tema advertirán que se trata de una máquina buena pero modestita. Carecía de amortiguación y estaba equipada con lo mínimo: un velocímetro con cuenta-kilómetros, destelladores adelante y atrás, un porta-equipaje fijo en la rueda trasera, y otro que coloqué especialmente para el viaje en la delantera.
A pesar de toda la bibliografía que me devoré sobre raides en la Patagonia y vueltas al mundo en solitario, mi objetivo era realizar un viajecito corto como para ir empezando a tomarle el gustito al cicloturismo. El plan consistía en cruzar a Chile y ya sabía por dónde: el bellísimo paso Pérez Rosales. Sus 1.022 metros sobre el nivel del mar no me asustaban, ya que los casi 800 metros de altitud de Bariloche me indicaban que solo debía trepar 200. Además, los tramos lacustres -el paso no es totalmente terrestre- le otorgaban un sabor especial y un considerable "ahorro" de kilómetros, que en el caso de un novato como yo no eran para despreciar. Una vez entrado al país vecino me dirigiría -cruce del lago Todos los Santos mediante- hacia la villa de Ensenada, y desde allí rumbearía hacia el sur por un camino que, tras bordear la orilla oriental del fiordo de Reloncaví, moría en la localidad de Río Puelo. En aquel sitio comenzaría la etapa más incierta, ya que intentaría meterme a través de una senda que circulaba por el valle del río Puelo y entraba a nuestro país en las cercanías de El Bolsón. De superar esos 70 kilómetros, la tercera etapa pintaba relativamente "fácil" porque volvería a Bariloche por la ruta 258, recientemente asfaltada y con hermosos lugares para acampar.

"El 2 de Enero me voy con la bicicleta a Bariloche", me repetía constantemente a mí mismo y a mi grupo de íntimos como para darle mayor fuerza y credibilidad a la empresa. Y era, además, una buena táctica para no poder echarme atrás sin una excusa que no fuera un repentino ataque de pánico.
Exceptuando dos o tres personas, el resto opinaba que estaba decididamente loco. "Pero... ¿estás entrenado?", era la frase que lideraba el ranking de las más escuchadas. Gran pregunta. En el fondo sospechaba que mis pedaleadas porteñas alcanzaban poco y nada para lograr un estado óptimo. No obstante, mi condición de deportista lograba conformar a medias al ocasional curioso, quien daba por terminado el cuestionario con un "bueno... espero ver las fotos cuando vuelvas". Ese "cuando vuelvas" me dejaba tranquilo: el tipo confiaba en mi regreso. Lapidario hubiera sido un "si volvés". "¿Y solo te vas a ir?", volvían a cargar otros con gesto de preocupación. "¿Quieren venir?", les repreguntaba. En sus silencios estaba la respuesta.

DESEMBALANDO UNA ILUSIÓN

Mi bicicleta y yo desembarcamos el 3 de enero en la terminal de Bariloche, y desde allí nos fuimos en un taxi hasta mi hostel de cabecera. "Vine con compañía", les dije a los dueños del lugar, quienes, luego de advertir que esa "compañía" no era ningún amigo, amiga, novia o amante, permanecieron un buen rato sin poder salir de su asombro. Cuatro palabras fueron toda su síntesis al conocer mis planes, y que coincidía con el parecer de los que me vieron partir de Buenos Aires: "Este Armando está loco".
Mientras las piezas del rodado -desarmadas y embaladas por el viaje- iban recobrando su debido lugar, yo repasaba mentalmente los trámites a seguir antes de mi cruce a Chile. Unos meses antes me había comprado una alforja de 60 litros que envolvía a todo el portaequipaje trasero, y allí guardaría la ropa, la comida, los elementos de cocina y algunos efectos personales. Todas las herramientas de la bici se repartirían entre el triángulo del cuadro y un bolsito que se enganchaba debajo del sillín. La carpa iría plegada sobre la alforja, y arriba de ésta la bolsa de dormir. Para transportar el equipo de fotografía diseñé un armazón de aluminio que se apoyaba sobre el portaequipaje delantero; le quitaba movilidad a la rueda pero era la única manera de tenerlo a mano.
"No vas a tener problema, están cruzando ciclistas a Chile casi todos los días", me adelantaron en la empresa que realizaba la excursión hacia el país vecino, mientras me expendían los vouchers de los tramos lacustres. Me quedé más tranquilo, no iba a ser el único "loco-captador-de-todas-las-miradas-de-turistas-curiosos".
Bariloche me había visto llegar un sábado por la mañana y mi paso a Chile sería ese lunes siguiente. Contaba con casi dos días de espera para, entre otras cosas, "acostumbrarme" a una ciudad donde lo único plano es la superficie de los lagos, y cuando no sopla viento. Mi optimismo era guarangamente exagerado, ya que hubiese necesitado al menos un año para que mis piernas pudiesen domar esa criminal e inagotable sucesión de desniveles. "En qué baile me metí", pensaba angustiado mientras intentaba -mitad a pie, mitad en bici- llegar hasta el kilómetro 1 de la ascendente Avenida de los Pioneros, donde tenía mis aposentos. Y aún estaba pedaleando sobre asfalto y con la bici vacía.

Continuará...

lunes, 23 de octubre de 2017

Mi libro III

Pequeño resumen de lo que fue la primera presentación de mi libro PATAGONIA, UN RECORRIDO POR SUS SITIOS MÁS ÍNTIMOS. La misma fue llevada a cabo en el Consejo Profesional de Ciencias Económicas, y la apertura estuvo a cargo de su presidente, el Dr. Humberto Bertazza.



lunes, 25 de septiembre de 2017

Imágenes retro II

En esta nueva entrega de videos realizados allá lejos y hace tiempo, voy a mostrar dos lugares poco conocidos y por los cuales siento una especial atracción. Ambos están ubicados en el centro oeste de la provincia de Santa Cruz, allí donde la soledad, el frío y el viento son los amos y señores de la región.
El primero de ellos corresponde a un acercamiento al Paso Internacional Río Mayer, que conecta la ruta 40 con la Carretera Austral de Chile, a la altura de Villa O'Higgins. Se trata de un corredor apto para vehículos, excepto los últimos 20 kilómetros sobre territorio argentino en los cuales las huellas se desdibujan y hay vadeos de ríos peligrosos (fotos).
El segundo video pertenece al Parque Nacional Perito Moreno, ubicado apenas al norte del sector anterior y a un centenar de kilómetros de la 40. Sus 115.000 hectáreas están ocupadas por los lagos Belgrano, Azara, Nansen, Volcán, Mogote, Escondido, Península y Burmeister. Muy cerca de allí se levanta el imponente cerro o monte San Lorenzo, que con sus 3.706 metros es la montaña más alta de nuestra Patagonia austral (fotos).







miércoles, 23 de agosto de 2017

Imágenes retro

Revisando videos viejos, encontré un cassette de VHS(1) perteneciente a un viaje en barco que realicé en 1999 entre las ciudades chilenas de Puerto Montt y Puerto Natales, y al que fui enviado por la revista Aire y Sol(2). A partir de aquella cinta, digitalicé, edité y musicalicé los dos videos que siguen a continuación. El primero corresponde a la navegación propiamente dicha, y el segundo, al regreso vía aérea a Santiago, durante el cual sobrevolamos gran parte de la Patagonia Occidental.
Seguiré revolviendo en el arcón de los recuerdos para ver qué encuentro...

 





(1) Para información de los más purretes, el sistema VHS es un formato de video que hoy ya quedó en la prehistoria.
(2) Fotos y relato aquí.

domingo, 22 de enero de 2017

Los vivillos de la web

Todos los que nos dedicamos a capturar imágenes sabemos perfectamente que una vez subidas a la web, esas fotografías dejan de ser nuestras. Es decir, nadie nos va a quitar la propiedad intelectual de las mismas, pero es imposible evitar que las descarguen y utilicen luego para todo tipo de menesteres.
También sabemos que es muy difícil enterarse si una foto nuestra fue utilizada por alguien o fue a parar a algún sitio web. El mundo virtual es infinito. La puede bajar desde un yuppie que vive en New York, hasta un pastor que habita en las praderas de la lejana Mongolia. Dentro de este amplio espectro de gente que “toma prestadas” nuestras obras, se puede decir que hay dos categorías: la de aquellos que les dan un destino más o menos doméstico (info para sus viajes, muros de fb, fondos de pantalla, etc), y la de los pícaros que, sin avisar, las utilizan con fines comerciales. Los primeros no incurrirían en ningún delito grave; los segundos estarían cagándose en una palabrita de cinco letras llamada “ética”.

¿A qué voy con todo ésto? Días atrás estaba buscando información sobre el Sur de Chile y, entre ese mosaico de imágenes que ofrece Google, me encontré con una foto que me resultaba demasiado familiar: una ruta tomada a bordo de un auto (la Carretera Austral) y un espejo retrovisor en primer plano que reflejaba una cabellera conocida (no la mía, jeje). Efectivamente se trataba de una foto de mi autoría, a la cual le habían recortado mi firma.

Me fui directo hacia el link en cuestión y allí estaba mi foto rutera, encabezando una sección del sitio web de un operador turístico chileno llamado Geoturismo Patagonia (http://www.geoturismopatagonia.cl/WPGP/recorriendo-carretera-austral/). Como esta empresa también tiene presencia en facebook, me di una vueltita por allí y, oh casualidad, mi imagen aparecía un par de veces más y con mi firma también circuncidada (https://www.facebook.com/geoturismopatagonia/). Intuyendo que la cosa no terminaba ahí, continué con la pesquisa y tuve suerte (o desgracia, qué sé yo): encontré otras dos copias en la fan page de un operador denominado Carretera Austral, y una más en su perfil de Google+. Ignoro si ambas empresas pertenecen a los mismos dueños, pero al menos funcionan en el mismo lugar físico (https://www.facebook.com/tourscarreteraaustral/). Se ve que entre ellos no son egoístas y se las comparten.

Voy a ser sincero, no me molesta que utilicen una foto mía. Es más, he colaborado con varias páginas relacionadas con la Patagonia o el montañismo, sin esperar nada que no fuese el simple reconocimiento. Lo que sí enoja -y bastante- es que no pidan autorización para publicarla, que no mencionen al autor, que la usen para fines comerciales, y lo más grave de todo: que eliminen intencionalmente la firma. Para que no queden huellas, ¿vio? Ah, y para rematarla brindan información errónea, ya que una “fan” de facebook quiso saber a qué lugar pertenecía la imagen y no le pegaron ni cerca. Todo mal.

Muchachos de Geoturismo Patagonia y Carretera Austral, ojalá consigan muchos clientes gracias a mi foto y a todas las que publiquen. Si necesitan más, avisen, ya que, por lo visto, a pesar de dedicarse a ésto deben "recurrir" a terceros para ilustrar su emprendimiento. Mis datos ya los tienen; están en todos los mensajes que les dejé y no me respondieron. Si algún día llego a caer por ahí, aunque sea invítenme una cervecita. Con una pichanga, si les da el presupuesto.


Foto original, aparecida en este blog (Las pasarelas del Fin del Mundo).
Obsérvese que están mis iniciales.


Página oficial de la empresa. No figura el autor y han rebanado mis iniciales.


Foto de facebook. No sólo faltan mis iniciales sino que arriba le estamparon el link de la empresa. Si lo hacemos, lo hacemos bien, habrán pensado.

Foto de facebook. A una "fan" le responden que la imagen pertenece al valle del río Murta, cuando en realidad se trata del camino que une Cochrane con Puerto Yungay. Cero en geografía.

Foto de facebook festejando el millón no sé cuánto de visitas. Soy un desagradecido; me tendría que poner contento que tanta gente haya podido admirar mi foto. Bueno... excepto por un pequeño detalle: nadie sabía que era mía (algunos ahora lo saben).
Mi imagen ilustrando su perfil de Google+. En resumen, estos muchachos nos dan un acabado ejemplo de cómo sacarle el jugo a una foto.