jueves, 18 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (4ta. parte)

Tercera parte aquí.

PEDALEAR ES UN PLACER
Después de un rápido desayuno, a eso de las 10 ya estaba nuevamente en la ruta. Hasta el poblado de Peulla me esperaban poco más de 20 kilómetros que, por lo que fui observando, se presentarían llanos. El plan del día consistía en cruzar el lago Todos los Santos y finalizar la etapa en el paraje de Ensenada.
Camino entre Casa Pangue y Peulla.
Disfruté como loco del paisaje. La densa selva me escoltaba desde ambos lados del camino y los cerros me cautivaban con sus misteriosos perfiles. El cielo se despojó de los nubarrones, y con el calor del sol, los tábanos salieron a reanudar su faena. La batalla contra estas alimañas voladoras comenzó a plantearse más grave que de costumbre. Si difícil ya es espantarlos teniendo las manos libres, se convertía en tarea imposible -y riesgosa- hacerlo con las extremidades aferradas al manubrio. Una buena estrategia consistía en tomar velocidad para que los insectos no pudieran seguirme el tranco. De todas formas era un alivio momentáneo, en cuanto el terreno me frenaba volvían a hacerme compañía. A esta altura de las circunstancias ya empezaba a madurar una decisión que tomaría rotundamente al finalizar el viaje.
Sobre un puente de hormigón atravesé el río Peulla y sus aguas pasaron a mi mano derecha. El camino, por momentos, circulaba aprisionado entre el inmenso playón del río y unos escarpados paredones de roca abiertos a fuerza de dinamita. El excesivo peso de la bici no me impedía desarrollar una marcha relajada y tranquila.
Dejé atrás una extensa pampa y llegué casi sin esfuerzo a Peulla. Antes de acercarme al pueblo debí detenerme en Aduana y Carabineros para oficializar mi ingreso a Chile.
Hotel Peulla, en la villa homónima.
Sin entender los motivos, el encargado de revisarme el equipaje decidió tratarme con modales autoritarios y conductas policíacas de otros tiempos. Tal vez pensó que yo era un contrabandista o un narco. Evité toda reacción que pudiese acrecentar su pésimo carácter; un ser humano con una pizca de poder puede hacerle pasar un mal rato a cualquiera.
Continué pedaleando hasta acercarme al grupo de casas. Peulla es una villa netamente turística, y se nota al ver su enorme y elegante hotel. Está rodeada de empinados e impenetrables bosques, y su única comunicación con el resto de Chile es vía lago Todos los Santos.
Me arrimé al embarcadero pero el catamarán aún no daba señales de partir. "Zarpará a las 16", escuché por ahí. Miré mi reloj, faltaba una hora. A un costado del muelle descansaban tres mochileros -dos chicos y una chica- que, un tanto aburridos, aguardaban lo mismo que yo. Eran mendocinos y venían de atravesar el Paso de las Nubes(1). Habían llegado hasta allí gracias a la amabilidad de un camionero que los levantó en Puerto Frías. Como en todo encuentro fortuito de viajeros, cada cual hizo un breve racconto del camino recorrido y del que quedaba por recorrer. Los mendocinos recalarían unos días en Puerto Varas, y desde allí subirían en busca de las playas de Viña del Mar.

Volcán Osorno desde el lago Todos los Santos.
Tal como anunciaban, el catamarán soltó amarras a las 16. La bici había sido oportunamente asegurada sobre una de las cubiertas, y a bordo nos preparamos para disfrutar de un paisaje que prometía ser estupendo.
Luego de un par de virajes aparecimos en la zona media del lago. La proa quedó definitivamente apuntando al volcán Osorno, que lucía extraordinariamente despejado. Hacia el norte era posible contemplar también la particular silueta del cerro Puntiagudo. Sobre su ladera oriental se encuentran las termas de Callao, a las que se accede por lancha más unas 4 horas de trekking(2). Por estribor dejamos la isla Margarita, propiedad de los Roth, familia de pioneros que maneja este corredor lacustre desde 1913.
En poco más de dos horas arribamos a Puerto Petrohué. El desembarco significó la despedida de mis amigos mendocinos, quienes pasaban a formar parte de esa interminable galería de personajes que comparten un instante fugaz de nuestra ruta. Los mochileros se metieron en un micro y yo retomé mi sana costumbre de pedalear. Aun había buena luz y se me ocurrió ir a hacer algunas fotos a los saltos del río Petrohué, a sólo 6 kilómetros de allí.

Al salir de los saltos me encontré nuevamente con el viejo, querido y anhelado asfalto. Sin embargo, a los pocos metros advertí que no me iba a resultar tan fácil llegar a Ensenada. El terreno volvió a ondularse y a conspirar silenciosamente contra mis planes. Al menos los últimos rayos de sol acariciando las nieves eternas del Osorno conformaban un cuadro que hacía más llevadero el esfuerzo.
Ensenada es un conglomerado de casas desparramadas a ambos lados de la ruta que bordea la costa sur del lago Llanquihue. La principal actividad en la zona es la pesca deportiva de truchas y salmones, razón por la cual abundan los bungalows y los campings privados. También se ve un antiguo hotel de estilo colonial alemán. "Vaya a lo de Don Nene", me recomendó un carabinero sin titubear, tras consultarle sobre algún hospedaje barato para pasar la noche. Hacia allí fui.
La vivienda, un tanto venida abajo, se hallaba sobre la margen sur de la ruta. Toqué la puerta y se asomó un hombre que de “nene” tenía solo el apodo. Le sobraban ya como seis o siete décadas. Afortunadamente, su edad resultó ser directamente proporcional a su buena onda. Por un precio más que razonable me ofreció una habitación para mí solo, me guardó la bici en un galpón, y me dejó utilizar su cocina. Un buen corolario para un gran día, sin duda.

Continuará...

(1) Travesía entre Pampa Linda y Puerto Frías.
(2) Caminata realizada unos años más tarde y descripta aquí.

domingo, 14 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (3ra. parte)

Segunda parte aquí

EN LA CANCHA SE VEN LOS PINGOS
El catamarán zarpaba a las 8. En Puerto Pañuelo había muchos turistas, entre ellos unos 5 ó 6 ciclistas, todos extranjeros. Advertí con sorpresa que sus equipajes eran demasiado reducidos comparados con el mío. Seguramente la experiencia de pedalear por todo el mundo los hizo llegar a una síntesis en cuanto a lo que se debe llevar y a lo que no. Síntesis que yo no hice, claro. Como ocurre siempre entre colegas, algunos de ellos me observaban a mí y a mi máquina con esa típica mezcla de solapada curiosidad e intriga. Envidia, seguro, no era. "Los argentinos somos muy especiales cuando viajamos", pensaba como posible excusa, mientras contemplaba resignado la parva de cosas que yacían apiladas sobre las alforjas traseras. Faltaba una reposerita y la jaula con el canario.
Había un atenuante con respecto a esta cuestión. Es que una de las desventajas de pedalear en solitario radicaba en que yo solo debía cargar con elementos que bien podían distribuirse entre 2, 3 ó más, como ser botiquín, carpa, elementos de cocina y herramientas. Y todos pesan. "Eppur si muove" (y sin embargo, se mueve), decía Galileo al referirse a la discutida traslación de la Tierra. Cuatro siglos más tarde hubiera dicho lo mismo de mi bicicleta.

Desembarcamos en Puerto Blest envueltos en su clima característico que se define con una cifra: 4.000 mm de precipitaciones anuales. Traducido al criollo: llueve todos los días y las noches también. Por los altavoces del barco, una voz metálica sugería a los turistas en tránsito hacia Chile abordar los colectivos de la empresa para trasladarse hasta el cercano lago Frías, y a los ciclistas hacer lo propio a bordo de sus máquinas. Allí nos esperaba el segundo tramo lacustre.
Los 3 kilómetros que separan a Blest de Puerto Alegre son una delicia. El camino es 100% plano y está enmarcado por coihues, cipreses de las Guaitecas y tupidos bosques que trepan hasta lo alto de los escarpados cerros. Es un trayecto para recorrerlo una y otra vez. Durante esta breve introducción terrestre fui descubriendo que la bici pesaba como una manada de elefantes. De hecho, debí apelar a una relación de cambios bastante inferior a la usual para este tipo de caminos sin pendientes.
En 15 minutos aparecí frente al lago Frías y volví a embarcar junto a un grupo de turistas, esta vez más reducido. El cielo seguía cubierto y el Tronador -bien visible durante la navegación en días despejados- era un monstruo escondido dentro de un espeso telón de nubes oscuras y lluviosas.
Por los altoparlantes del "Caleuche" -como aquella nave fantasma de leyendas- volvían a indicarnos cómo proceder una vez llegados al puesto de Aduana, ubicado en el extremo sur del lago. En el control migratorio nos darían prioridad a los ciclistas, ya que debíamos presentarnos antes de las 15 horas en Peulla para abordar el catamarán que atravesaba el lago Todos los Santos. No le di importancia a ese detalle, no estaba en mis planes llegar hasta allí ese mismo día; mi propósito era pasar la noche bastante antes, en un paraje denominado Casa Pangue.
Una vez en tierra y cumplidos los trámites, los bikers, a intervalos de 2 ó 3 minutos, fueron partiendo raudos a cubrir esos 30 kilómetros que, por lo que escuché, pintaban duros. Cambiando alguna que otra palabra con ellos supe que todos tenían como objetivo final la isla de Chiloé, previa escala en Puerto Montt. No me interesaba sumarme a la caravana con las demás bicis; sabía que cada uno tendría su ritmo, y aún el peor de ellos me sacaría 100 metros en un abrir y cerrar de ojos. Se los veía bien entrenados; de hecho, todos encararon la primera cuesta con firme entusiasmo.
Aún con mi trámite aduanero realizado preferí quedarme a esperar a que toda esa turba abordara sus micros y partiera hacia Chile. Un poco por no querer compartir el camino con nadie y otro poco por vergüenza. Quería evitar que me vieran empujando la bicicleta en cada cuesta.

La ruta hacia el límite se iniciaba al costado de la Aduana y la Gendarmería. En solo 3,5 kilómetros había que subir 200 metros, o sea que de movidita nomás comencé a trepar. Arranqué con la cadena en el plato chico y en el piñón 3; luego la pasé al 2; enseguida al 1 y ¡puf! a bajarse. Ya no daba más. Y no era una cuestión de pobre estado físico sino de fatiga muscular por repetición de movimiento. Podía estar preparado para un match de tenis de tres horas pero no para esto. Mientras mis cuádriceps se relajaban para un nuevo intento, aprovechaba para ganar metros caminando. De todas formas, este impasse recomponía a medias las cosas; empujar la bicicleta cargada cuesta arriba tampoco era la gloria. A pesar del esfuerzo, el paisaje no dejaba de conmoverme. De a poco me estaba internando en la exuberante selva valdiviana y su silencio me producía un efecto extraño, una sensación de soledad protectora.
En una hora por reloj llegué a la frontera. Un pintoresco arco hecho con troncos me despedía de Argentina y un cartel frente a él me daba la bienvenida a Chile, para ser más preciso, al Parque Nacional Vicente Pérez Rosales. La llovizna persistía. Para proteger la carga trasera había fabricado una capucha plástica que encajaba justo sobre el ancho de las alforjas. Decidí sacarme una foto en la frontera junto a la bici. Lo cierto es que, pedaleando o no, estaba empezando a lograr mi objetivo, y mi medida emoción se tradujo en un movilizador optimismo.
A partir del límite internacional todo fue en bajada. Y de las bravas. El peso de todo ese "pack" -bicicleta/hombre/equipaje- hacía que, de no tocar los frenos con cierta frecuencia, me convirtiera en un bólido incontrolable. El grueso ripio hacía saltar todo lo que llevaba a bordo. Aseguré bien el equipaje, cuestión de no ir sembrando el camino con mis preciadas pertenencias. Trataba de evitar, además, los golpes bruscos de manubrio que hacían derrapar a la rueda trasera y podían eyectarme de cabeza al medio del bosque. Desde algunos claros se observaba bien abajo al inmenso playón del río Peulla, que nace en uno de los ventisqueros del cerro Tronador. A cada curva le sucedía otra, y todo en un enloquecedor y vertiginoso descenso que le frunciría el culo hasta al biker más experto.
Aterricé en el llano -nunca mejor utilizado este verbo- y mi alma recuperó la paz. Había destrepado la friolera de 800 metros, lo que dejaba en claro en qué sentido conviene efectuar esta travesía. Ya estaba en Casa Pangue. Recordé que por esta zona funcionó alguna vez el retén de Carabineros y decidí pedalear hacia él.
Pasé junto a un salto de agua y encontré algo perplejo el lugar que buscaba. Del retén sólo quedaban los restos de lo que pudo haber sido un incendio. El ancho río Peulla corría a unos 50 metros a la izquierda del camino, y al asomarme a su pequeña barranca pude ver entre las nubes al glaciar que le daba origen.
El único sitio para instalar una carpa se hallaba apretado entre el camino y el río. Almorcé liviano y me puse a armarla. En realidad era temprano, pero quería ponerme a resguardo de dos molestos actores que funcionaban de manera complementaria: la llovizna y los tábanos. Si no jodía uno, jodía el otro(1).

Sin otra novedad que la aparición de una ciclista alemana que siguió de largo hacia Peulla, pasé lo que quedaba de la tarde dentro de la carpa leyendo un libro y tratando de dormir un poco. Intenté más tarde escuchar la radio; quería saber si alguna emisora era capaz de penetrar su onda en este paraje aislado. Mi curiosidad se topó con la inconfundible voz de Lalo Mir y su programa "Animal de Radio". Los raros fenómenos del éter entraban en complicidad con la indescifrable y compleja cordillera.
Seguí jugando con el sintonizador y me detuve a escuchar algo gracioso pero a la vez muy útil. Era una emisora -como las hay en toda la Patagonia- que se dedicaba a transmitir mensajes de poblador a poblador. "Se le avisa a Don Hilario Sepúlveda, de la estancia 'El Tepú', que su hermano lo espera el martes en la terminal de Puerto Varas". "Pedro Contreras, de la comuna de Contao, comunica el fallecimiento de su señora madre Doña Marieta Ignacia Oyarzún, cuyos restos serán velados en la intendencia". Y todos de ese estilo y tenor.
Los negros nubarrones que envolvían al Tronador hicieron que las sombras se instalaran antes de lo pensado. El maravilloso glaciar Casa Pangue lucía ahora un siniestro magnetismo. Pude esa tarde haber remontado el río para acercarme hasta él, pero no me animé a abandonar las cosas. Y menos sabiendo que dependía de una de ellas para salir de ese lugar.

Continuará...

(1) Lo único que mantiene a raya a los tábanos es la lluvia, que, por supuesto, también molesta.


miércoles, 10 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (2da. parte)

Primera parte aquí

CIRCUITO CHICO, SUFRIMIENTO GRANDE
Durante la tarde del sábado había alcanzado, no sin esfuerzo, el refugio Berghof, en el cerro Otto, y el domingo realizaría mi segunda "prueba de campo" antes de encarar el esperado cruce a Chile. Sería una suerte de examen definitivo, ya que el lunes a las 8 de la mañana debía presentarme con la bici en Puerto Pañuelo, listo para embarcar hacia Puerto Blest.
El plan dominguero era interesante. Ya con las alforjas puestas y algo de carga saldría a recorrer el Circuito Chico, esa conocida y hermosa ruta que bordea el lago Nahuel Huapi y se extiende por detrás del Llao-Llao. Por las características del camino y su entorno, se suponía que este paseo haría las delicias de un ciclista. Sin embargo, algunos "detalles" se confabularon para que, al menos en mi caso, no fuera tan así.

Los primeros kilómetros de la Avenida Bustillo(1) son relativamente planos y hacían que me desplazara con cierta comodidad. El gran inconveniente lo constituían la estrechez de la calzada y la excesiva cantidad de vehículos -léase autos, colectivos y micros de excursión- que circulaban a velocidades de TC 2000. Empeoraba las cosas el peligroso escalón que dividía el asfalto de la banquina, lo que me obligaba a pedalear medio metro dentro de la calzada o directamente sobre la tierra. Una maniobra brusca al pellizcar el borde podía desestabilizarme. Si mi ocasional "pasador" no observaba a ningún vehículo de frente, efectuaba el sorpasso gentil y holgadamente invadiendo la mano contraria. Si el tráfico se lo impedía, era yo quien debía resignar mi lugar y bajar a la banquina. Cuando por el rabillo del ojo veía aproximarse la silueta de un micro, el desenlace era incierto y sólo me quedaba rezar.
Con el correr de los kilómetros, a los riesgos ya mencionados comenzaron a sumarse las dificultades del propio terreno. La cinta asfáltica dejó de ser la suave y simpática sucesión de ondulaciones para convertirse en una verdadera montaña rusa. En el kilómetro 18 decidí, por fin, abandonar Bustillo y me desvié hacia la izquierda a través del camino que se dirige hacia Colonia Suiza. Quería escapar de esa vorágine de vehículos zumbándome en la oreja. Al llegar al puente que parte en mitades iguales al lago Moreno bajé con la bici hasta la playa para almorzar.

Al retomar mis pedaleadas, la ruta volvió a empinarse lentamente hasta llegar al conocido Punto Panorámico. Desde allí hay excelentes vistas del lago Moreno, del Llao-Llao, del lago Nahuel Huapi y de la isla Victoria, entre las referencias geográficas más célebres. Me detuve 15 minutos para tomar las fotos de rigor y continué viaje.
Los siguientes kilómetros resultaron ser muy divertidos. A poco de dejar atrás el mirador, sobrevino una serie de bajadas y curvas bastante interesantes como para olvidarme por un rato de los cambios y las palancas de frenos. Por un rato, nomás, no era cuestión de envalentonarse. De frente venían autos y camiones que podían cobrarse mi osadía engrosando la colección de bichos que traían estampados en el radiador.
Y así como después de toda subida hay una bajada, después de toda bajada existe una maldita subida. De esta forma -o sea, maldiciendo-, pasé por el arroyo López, por la bahía homónima, y completé el circuito al arribar más tarde a Puerto Pañuelo. No había tanto de cansancio como de preocupación. Sentía que todo este asunto me quedaba grande, que no estaba a la altura de mis ambiciones. Y todavía tenía por delante el largo regreso a Bariloche y con la noche pisándome los talones.
Pero se me ocurrió una idea razonable. Una solución mitad práctica, mitad piadosa. ¿Qué tal si dejaba la bicicleta en Puerto Pañuelo, en algún depósito o a bordo mismo del catamarán que zarparía al día siguiente hacia Puerto Blest? Prefería volver en colectivo y con las alforjas en la mano antes que realizar dos veces los 25 kilómetros que separan a la ciudad del embarcadero.
No iba a ser tan fácil la cosa. En el puerto se encargaron de derribar mi ingenioso plan de un plumazo, pero me sugirieron que podía intentarlo en lo del guardaparque, a metros de allí, frente a la capilla de San Eduardo. Mi cascoteada esperanza se mudaba por unos minutos hacia ese lugar.
Tuve suerte; la hija del guardaparque me permitió encadenar la bici debajo de un techo de chapa que había en los fondos de su casa. Creo que de fracasar este segundo intento la hubiese dejado atada a la parada del bondi o al cuidado del cura de la iglesia.
 
Continuará...

(1) Avenida que nace en la ciudad de Bariloche y bordea el lago Nahuel Huapi.

jueves, 4 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (1ra. parte)

Durante estos días se cumplen exactamente 20 años de una de las aventuras más recordadas que me han tocado protagonizar en mis casi 3 décadas de viajes a la Patagonia. Una empresa que tuvo tanto de turística y deportiva, como de ambiciosa y quijotesca. Me estoy refiriendo ni más ni menos que a un cruce de Argentina a Chile en bicicleta.
Aquella experiencia fue resumida oportunamente en este mismo blog hace ya varios años, pero debido a la importancia de la fecha decidí homenajear a esas esforzadas pedaleadas sureñas dándoles vida nuevamente a través de este relato. Veinte años no es nada, dicen. Espero que se diviertan.

NACE LA LOCURA
En el invierno de 1997, una idea bastante curiosa se había instalado en mi mente: realizar una travesía patagónica a bordo de mi bicicleta. Apoyado y combatido con idéntica fuerza por familiares y amigos, el singular proyecto comenzó a crecer día a día, y no sólo sustentado por el placer de pedalear en sí, sino por las posibilidades que me brindaba una mountain bike. Y haciendo cálculos, no eran pocas.
Interrogantes no faltaban. A los inherentes a la correcta preparación del equipo y del rodado, se sumaban los de la travesía misma. Porque, para empezar, era consciente de que tendría que encarar esta empresa en solitario. Es que si ya me costaba reclutar gente para salir a caminar por la montaña, ¿quién corno querría hacerlo, además, con el culo apretado contra un sillín de bicicleta? Nadie.
En el cerro Otto, con el Nahuel Huapi de fondo.
También me preocupaba el tema de la seguridad. Sabía que en partes debía moverme sobre rutas asfaltadas. Grave problema; si había chances de que algún automovilista me revolease por los aires era precisamente allí. Y qué manera poco elegante de terminar lo planeado durante medio año, ¿no?
Temores y cuestiones negativas al margen, nada me impedía llegar a la conclusión de que la bicicleta se acerca muchísimo al medio de transporte perfecto: conjuga la independencia del auto, la capacidad de contemplación del trekking y se puede meter -y guardar- casi en cualquier lado. Tiene sus contras, lógicamente: la lentitud en los desplazamientos y la imposibilidad -más bien incomodidad- de moverse bajo la lluvia. Pero mejor no pensar en la lluvia.

La gran protagonista de esta aventura -obviamente, mi bicicleta- era -y por ahora es- una  Diamond Back Racing modelo Wildwood de 21 velocidades, cuadro de cromo-molibdeno y equipamiento Shimano Altus. Los que junen algo del tema advertirán que se trata de una máquina buena pero modestita. Carecía de amortiguación y estaba equipada con lo mínimo: un velocímetro con cuenta-kilómetros, destelladores adelante y atrás, un porta-equipaje fijo en la rueda trasera, y otro que coloqué especialmente para el viaje en la delantera.
A pesar de toda la bibliografía que me devoré sobre raides en la Patagonia y vueltas al mundo en solitario, mi objetivo era realizar un viajecito corto como para ir empezando a tomarle el gustito al cicloturismo. El plan consistía en cruzar a Chile y ya sabía por dónde: el bellísimo paso Pérez Rosales. Sus 1.022 metros sobre el nivel del mar no me asustaban, ya que los casi 800 metros de altitud de Bariloche me indicaban que solo debía trepar 200. Además, los tramos lacustres -el paso no es totalmente terrestre- le otorgaban un sabor especial y un considerable "ahorro" de kilómetros, que en el caso de un novato como yo no eran para despreciar. Una vez entrado al país vecino me dirigiría -cruce del lago Todos los Santos mediante- hacia la villa de Ensenada, y desde allí rumbearía hacia el sur por un camino que, tras bordear la orilla oriental del fiordo de Reloncaví, moría en la localidad de Río Puelo. En aquel sitio comenzaría la etapa más incierta, ya que intentaría meterme a través de una senda que circulaba por el valle del río Puelo y entraba a nuestro país en las cercanías de El Bolsón. De superar esos 70 kilómetros, la tercera etapa pintaba relativamente "fácil" porque volvería a Bariloche por la ruta 258, recientemente asfaltada y con hermosos lugares para acampar.

"El 2 de Enero me voy con la bicicleta a Bariloche", me repetía constantemente a mí mismo y a mi grupo de íntimos como para darle mayor fuerza y credibilidad a la empresa. Y era, además, una buena táctica para no poder echarme atrás sin una excusa que no fuera un repentino ataque de pánico.
Exceptuando dos o tres personas, el resto opinaba que estaba decididamente loco. "Pero... ¿estás entrenado?", era la frase que lideraba el ranking de las más escuchadas. Gran pregunta. En el fondo sospechaba que mis pedaleadas porteñas alcanzaban poco y nada para lograr un estado óptimo. No obstante, mi condición de deportista lograba conformar a medias al ocasional curioso, quien daba por terminado el cuestionario con un "bueno... espero ver las fotos cuando vuelvas". Ese "cuando vuelvas" me dejaba tranquilo: el tipo confiaba en mi regreso. Lapidario hubiera sido un "si volvés". "¿Y solo te vas a ir?", volvían a cargar otros con gesto de preocupación. "¿Quieren venir?", les repreguntaba. En sus silencios estaba la respuesta.

DESEMBALANDO UNA ILUSIÓN

Mi bicicleta y yo desembarcamos el 3 de enero en la terminal de Bariloche, y desde allí nos fuimos en un taxi hasta mi hostel de cabecera. "Vine con compañía", les dije a los dueños del lugar, quienes, luego de advertir que esa "compañía" no era ningún amigo, amiga, novia o amante, permanecieron un buen rato sin poder salir de su asombro. Cuatro palabras fueron toda su síntesis al conocer mis planes, y que coincidía con el parecer de los que me vieron partir de Buenos Aires: "Este Armando está loco".
Mientras las piezas del rodado -desarmadas y embaladas por el viaje- iban recobrando su debido lugar, yo repasaba mentalmente los trámites a seguir antes de mi cruce a Chile. Unos meses antes me había comprado una alforja de 60 litros que envolvía a todo el portaequipaje trasero, y allí guardaría la ropa, la comida, los elementos de cocina y algunos efectos personales. Todas las herramientas de la bici se repartirían entre el triángulo del cuadro y un bolsito que se enganchaba debajo del sillín. La carpa iría plegada sobre la alforja, y arriba de ésta la bolsa de dormir. Para transportar el equipo de fotografía diseñé un armazón de aluminio que se apoyaba sobre el portaequipaje delantero; le quitaba movilidad a la rueda pero era la única manera de tenerlo a mano.
"No vas a tener problema, están cruzando ciclistas a Chile casi todos los días", me adelantaron en la empresa que realizaba la excursión hacia el país vecino, mientras me expendían los vouchers de los tramos lacustres. Me quedé más tranquilo, no iba a ser el único "loco-captador-de-todas-las-miradas-de-turistas-curiosos".
Bariloche me había visto llegar un sábado por la mañana y mi paso a Chile sería ese lunes siguiente. Contaba con casi dos días de espera para, entre otras cosas, "acostumbrarme" a una ciudad donde lo único plano es la superficie de los lagos, y cuando no sopla viento. Mi optimismo era guarangamente exagerado, ya que hubiese necesitado al menos un año para que mis piernas pudiesen domar esa criminal e inagotable sucesión de desniveles. "En qué baile me metí", pensaba angustiado mientras intentaba -mitad a pie, mitad en bici- llegar hasta el kilómetro 1 de la ascendente Avenida de los Pioneros, donde tenía mis aposentos. Y aún estaba pedaleando sobre asfalto y con la bici vacía.

Continuará...

lunes, 23 de octubre de 2017

Mi libro III

Pequeño resumen de lo que fue la primera presentación de mi libro PATAGONIA, UN RECORRIDO POR SUS SITIOS MÁS ÍNTIMOS. La misma fue llevada a cabo en el Consejo Profesional de Ciencias Económicas, y la apertura estuvo a cargo de su presidente, el Dr. Humberto Bertazza.



lunes, 25 de septiembre de 2017

Imágenes retro II

En esta nueva entrega de videos realizados allá lejos y hace tiempo, voy a mostrar dos lugares poco conocidos y por los cuales siento una especial atracción. Ambos están ubicados en el centro oeste de la provincia de Santa Cruz, allí donde la soledad, el frío y el viento son los amos y señores de la región.
El primero de ellos corresponde a un acercamiento al Paso Internacional Río Mayer, que conecta la ruta 40 con la Carretera Austral de Chile, a la altura de Villa O'Higgins. Se trata de un corredor apto para vehículos, excepto los últimos 20 kilómetros sobre territorio argentino en los cuales las huellas se desdibujan y hay vadeos de ríos peligrosos (fotos).
El segundo video pertenece al Parque Nacional Perito Moreno, ubicado apenas al norte del sector anterior y a un centenar de kilómetros de la 40. Sus 115.000 hectáreas están ocupadas por los lagos Belgrano, Azara, Nansen, Volcán, Mogote, Escondido, Península y Burmeister. Muy cerca de allí se levanta el imponente cerro o monte San Lorenzo, que con sus 3.706 metros es la montaña más alta de nuestra Patagonia austral (fotos).







miércoles, 23 de agosto de 2017

Imágenes retro

Revisando videos viejos, encontré un cassette de VHS(1) perteneciente a un viaje en barco que realicé en 1999 entre las ciudades chilenas de Puerto Montt y Puerto Natales, y al que fui enviado por la revista Aire y Sol(2). A partir de aquella cinta, digitalicé, edité y musicalicé los dos videos que siguen a continuación. El primero corresponde a la navegación propiamente dicha, y el segundo, al regreso vía aérea a Santiago, durante el cual sobrevolamos gran parte de la Patagonia Occidental.
Seguiré revolviendo en el arcón de los recuerdos para ver qué encuentro...

 





(1) Para información de los más purretes, el sistema VHS es un formato de video que hoy ya quedó en la prehistoria.
(2) Fotos y relato aquí.

domingo, 22 de enero de 2017

Los vivillos de la web

Todos los que nos dedicamos a capturar imágenes sabemos perfectamente que una vez subidas a la web, esas fotografías dejan de ser nuestras. Es decir, nadie nos va a quitar la propiedad intelectual de las mismas, pero es imposible evitar que las descarguen y utilicen luego para todo tipo de menesteres.
También sabemos que es muy difícil enterarse si una foto nuestra fue utilizada por alguien o fue a parar a algún sitio web. El mundo virtual es infinito. La puede bajar desde un yuppie que vive en New York, hasta un pastor que habita en las praderas de la lejana Mongolia. Dentro de este amplio espectro de gente que “toma prestadas” nuestras obras, se puede decir que hay dos categorías: la de aquellos que les dan un destino más o menos doméstico (info para sus viajes, muros de fb, fondos de pantalla, etc), y la de los pícaros que, sin avisar, las utilizan con fines comerciales. Los primeros no incurrirían en ningún delito grave; los segundos estarían cagándose en una palabrita de cinco letras llamada “ética”.

¿A qué voy con todo ésto? Días atrás estaba buscando información sobre el Sur de Chile y, entre ese mosaico de imágenes que ofrece Google, me encontré con una foto que me resultaba demasiado familiar: una ruta tomada a bordo de un auto (la Carretera Austral) y un espejo retrovisor en primer plano que reflejaba una cabellera conocida (no la mía, jeje). Efectivamente se trataba de una foto de mi autoría, a la cual le habían recortado mi firma.

Me fui directo hacia el link en cuestión y allí estaba mi foto rutera, encabezando una sección del sitio web de un operador turístico chileno llamado Geoturismo Patagonia (http://www.geoturismopatagonia.cl/WPGP/recorriendo-carretera-austral/). Como esta empresa también tiene presencia en facebook, me di una vueltita por allí y, oh casualidad, mi imagen aparecía un par de veces más y con mi firma también circuncidada (https://www.facebook.com/geoturismopatagonia/). Intuyendo que la cosa no terminaba ahí, continué con la pesquisa y tuve suerte (o desgracia, qué sé yo): encontré otras dos copias en la fan page de un operador denominado Carretera Austral, y una más en su perfil de Google+. Ignoro si ambas empresas pertenecen a los mismos dueños, pero al menos funcionan en el mismo lugar físico (https://www.facebook.com/tourscarreteraaustral/). Se ve que entre ellos no son egoístas y se las comparten.

Voy a ser sincero, no me molesta que utilicen una foto mía. Es más, he colaborado con varias páginas relacionadas con la Patagonia o el montañismo, sin esperar nada que no fuese el simple reconocimiento. Lo que sí enoja -y bastante- es que no pidan autorización para publicarla, que no mencionen al autor, que la usen para fines comerciales, y lo más grave de todo: que eliminen intencionalmente la firma. Para que no queden huellas, ¿vio? Ah, y para rematarla brindan información errónea, ya que una “fan” de facebook quiso saber a qué lugar pertenecía la imagen y no le pegaron ni cerca. Todo mal.

Muchachos de Geoturismo Patagonia y Carretera Austral, ojalá consigan muchos clientes gracias a mi foto y a todas las que publiquen. Si necesitan más, avisen, ya que, por lo visto, a pesar de dedicarse a ésto deben "recurrir" a terceros para ilustrar su emprendimiento. Mis datos ya los tienen; están en todos los mensajes que les dejé y no me respondieron. Si algún día llego a caer por ahí, aunque sea invítenme una cervecita. Con una pichanga, si les da el presupuesto.


Foto original, aparecida en este blog (Las pasarelas del Fin del Mundo).
Obsérvese que están mis iniciales.


Página oficial de la empresa. No figura el autor y han rebanado mis iniciales.


Foto de facebook. No sólo faltan mis iniciales sino que arriba le estamparon el link de la empresa. Si lo hacemos, lo hacemos bien, habrán pensado.

Foto de facebook. A una "fan" le responden que la imagen pertenece al valle del río Murta, cuando en realidad se trata del camino que une Cochrane con Puerto Yungay. Cero en geografía.

Foto de facebook festejando el millón no sé cuánto de visitas. Soy un desagradecido; me tendría que poner contento que tanta gente haya podido admirar mi foto. Bueno... excepto por un pequeño detalle: nadie sabía que era mía (algunos ahora lo saben).
Mi imagen ilustrando su perfil de Google+. En resumen, estos muchachos nos dan un acabado ejemplo de cómo sacarle el jugo a una foto.

jueves, 1 de diciembre de 2016

La experiencia de Valentina

Hace cosa de dos años me escribió Valentina, una joven chilena que, junto a unos amigos, había protagonizado una experiencia paranormal dentro del Parque Nacional Alerce Andino, en la Décima Región de Chile. Valentina llegó a mí a través de un post que publiqué en este mismo blog, ya que a partir de aquel episodio se dedicó a buscar testimonios y a ampliar su información sobre el enigmático lugar. Precisamente mi relato hablaba de algunos fenómenos extraños que ocurrirían allí.
Como le manifesté en aquella oportunidad, personalmente no fui testigo de ningún suceso paranormal durante mis dos visitas a ese hermoso santuario natural. Aunque no hizo falta, aquel entorno de selva brumosa e impenetrable me despertó las más extrañas fantasías. Fantasías alimentadas, también, por un dato inquietante: dentro del parque hay un diminuto lago llamado Sargazo, al igual que el inmóvil y misterioso mar ubicado dentro del tristemente célebre Triángulo de las Bermudas.
La historia de Valentina llegó finalmente a oídos de la gente del canal de YouTube Relatos de Horror, quienes la subieron a la web en forma de video. Sobre el final del mismo también hacen mención a mi informe y en la descripción general figura el enlace. Dicho sea de paso, es un honor que lo hayan calificado de "interesante".
 
Aquí está el relato. Espero que los atrape como lo hizo conmigo desde el primer momento.
 


sábado, 2 de julio de 2016

Nueva presentación

Estimados amigos y seguidores del blog, los invito a una nueva presentación de mi libro de fotos PATAGONIA, UN RECORRIDO POR SUS SITIOS MÁS ÍNTIMOS. Durante la charla contaré detalles de la obra, anécdotas y responderé preguntas relacionadas con esta hermosa región que vengo transitando desde hace más de 25 años.

La cita será el martes 12 de julio a las 19 horas en la Sala Alberto Williams del Centro Cultural Borges, Viamonte 525, 2do. piso, Capital Federal.

La entrada es libre y gratuita, no obstante los interesados en concurrir deberán dejar sus datos por mail a armandodegiacomo@hotmail.com o confirmar asistencia a la página del evento: https://www.facebook.com/events/1809125505984752/

Los espero.

 

domingo, 13 de marzo de 2016

Mi libro II

Estimados seguidores del blog, les comunico que mi libro de fotos de Patagonia ya está a la venta y lo pueden conseguir en las librerías del Consejo Profesional de Ciencias Económicas (los matriculados tienen un importante descuento). También lo pueden adquirir a través de Galerna y Yenny-El Ateneo.
 
Tapa del libro.

Detalles del interior. El libro tiene descripciones de las zonas,
mapas y pequeñas anécdotas de viajes.
 
Suplemento Viajes del diario Clarín.
Domingo 13 de marzo de 2016.

sábado, 27 de febrero de 2016

Mi libro

Estimados amigos, quienes visitaron alguna vez este blog seguramente sabrán que mi deseo ha sido siempre recopilar gran parte de mis imágenes y relatos en un libro.
Les cuento, entonces, que aquel viejo sueño finalmente se materializó y este post es para anunciarles la presentación de mi libro de fotos “PATAGONIA, UN RECORRIDO POR SUS SITIOS MÁS ÍNTIMOS”. Este proyecto resume más de 20 de años de viajes y travesías real
izadas en los Andes australes y ha sido posible gracias a una iniciativa del Consejo Profesional de Ciencias Económicas.
El evento se llevará a cabo el jueves 10 de Marzo a las 19 horas en el auditorio Prof. Juan Arévalo de la mencionada institución, Viamonte 1549, 6° piso, Capital Federal. La entrada es libre pero los interesados deberán inscribirse previamente llamando al 5382-9231 o mandando un mail a relacionespublicas@consejocaba.org.ar  Supongo que tendrán que dejar sus nombres y número de documento. Los espero.
 
 

jueves, 2 de abril de 2015

Clasicas y también modernas

Parafraseando al célebre tango “Balada para un loco”, se podría decir que las montañas de Bariloche tienen ese qué sé yo, ¿viste? Es que se aproxima el verano, llega la hora de dirigir la mirada hacia la Patagonia, y esa decena de cumbres, lagunas y valles se convierte en un imán irresistible. Uno vuelve y vuelve...
Esta vez el desafío era conocido, pero ubicado en el tiempo quedaba bastante lejano. Se trataba de lugares visitados hace ya más de 15 ó 20 años, cuando recién arrancaba con esto de cargar una mochila. Y venía muy bien volver a disfrutarlos. Ya con algo más de experiencia y conocimientos, aunque la montaña siempre sorprenda. Resumiendo, la idea era realizar la popular(1) travesía entre el refugio Emilio Frey y el San Martín -o Jakob(2)-, y posteriormente ascender hasta el refugio Meiling, en el cerro Tronador. Caminatas clásicas y a la vez modernas, ya que hoy los senderos están mejorados y los refugios cuentan con servicios que, entre otras cosas, incluyen cava de vinos y menús gourmet. Aquí van algunas imágenes de aquella experiencia.
 
 
Refugio Emilio Frey, ubicado a orillas de la laguna Toncek, en el sector sur del cerro Catedral. El sendero arranca en la playa de estacionamiento del centro de esquí, y a partir de allí son unas 4 o 5 horas de trepada moderada. Además de alojamiento, éste y todos los refugios de Bariloche ofrecen desayuno, cena y la posibilidad de cocinar comida propia. También es posible acampar en los alrededores. Las agujas de granito que rodean a la laguna son un paraíso para la escalada en roca, lo que congrega a deportistas venidos de todas partes del mundo. Los pocos escaladores que compartían el refugio con nosotros nos abrumaban con su vocabulario técnico: “yo subí un diedro”, “yo una pared 6 b(3), “yo abrí una 7 a”, “yo equipé una 5 b”, “yo una 4 +” Se da en todos los deportes, je.

 
Amanecer en la laguna Toncek. Al fondo se ven algunas de las agujas.

 
Refugio Frey y laguna Toncek. El sendero hacia el refugio San Martín arranca pegado a la orilla derecha de la laguna, y al llegar al extremo opuesto comienza a ganar altura en esa misma dirección en busca del filo del Catedral.

 
Laguna Schmoll, ubicada a una hora del Frey. Desde aquí hasta el filo del Catedral hay otra hora más de trepada por piedra bastante firme.

 
Valle del arroyo Rucaco desde el filo del Catedral. El sendero desciende hasta los bosques que se ven abajo y vuelve a subir en busca del cordón que aparece arriba y a la izquierda. El cerro que ocupa el centro de la imagen es el Tres Reyes. La bajada al valle es complicada pero no tanto como la que nos esperaría en la foto que sigue a continuación. Importante: en este lugar hay señal de celular (obviamente para una emergencia, no para subir selfies a facebook).

 
Laguna Jakob tomada desde el cordón mencionado en la foto de arriba. El valle que atraviesa la imagen pertenece al arroyo Casa de Piedra y el cerro que aparece en el centro es el Inocentes. El refugio está ubicado en la piedra oscura que se aprecia sobre la orilla derecha de la laguna. La bajada es MORTAL, así con mayúsculas. Todo está suelto y la gradiente es alta. Consejo: para llegar abajo sin magullones ni el "orgullo" destruido es casi obligatorio conservar la paciencia y alcanzar niveles de concentración oriental.

 
Laguna de los Témpanos, ubicada a unos 45 minutos de marcha tranquila desde el refugio San Martín.

 
Valle del arroyo Casalata fotografiado desde el paso Schweitzer. Este paso está ubicado más allá de la laguna de los Témpanos y es divisoria continental de aguas. Es decir, el Casalata desagua en el lago Mascardi, que pertenece a la cuenca del Océano Pacífico, y  la laguna Jakob en el Nahuel Huapi, tributario del Atlántico.

 
Playa natural de piedras en la laguna Jakob.

 
Laguna Jakob y refugio San Martín. Al fondo se ven el paso Schweitzer y el cerro Cuernos del Diablo. A partir de aquí teníamos dos opciones. Una de ellas era extremadamente aventurera y consistía en marchar hacia la laguna Negra desfilando por paredones, filos y pedreros. La otra, más tranquila, significaba regresar a Bariloche a través del largo sendero hacia la ruta. Optamos por la segunda, ya que nos esperaba el Otto Meiling, en el Tronador.

 
Glaciares Manso y Castaño Overo, en el cerro Tronador. La subida al refugio Otto Meiling se realiza desde Pampa Linda y demanda entre 4 y 6 horas según el ritmo de marcha. Durante una primera etapa se sube por un camino para coches de pendiente casi nula, luego se gana rápidamente altura por un caracol empinado, y finalmente se trepa moderadamente por la roca.

 
Parte del glaciar Alerce. En el centro se ve el cerro Constitución, y a su derecha y bien lejos los cerros López y Negro.

 
Panorámica del glaciar Castaño Overo y de la cumbre del Tronador.

 
Refugio Otto Meiling y detrás los picos Internacional y Argentino del Tronador. Aquí también existen dos opciones a la hora de continuar viaje. Una de ellas es retornar a Pampa Linda por el mismo camino, y la otra es cruzar el glaciar Alerce y aterrizar en el refugio Rocca, ubicado en el Paso de las Nubes(4). En este último lugar también se abren otras dos variantes: volver a Pampa Linda o continuar hacia Puerto Blest.
 
 
(1) Popular en el ambiente de caminantes y montañistas, se entiende.
(2) "Jakob" es el nombre de la laguna a orillas de la cual está el refugio y con el que también se lo conoce vulgarmente.
(3) Clasificación de la dificultad de las paredes.
(4) Esta travesía se realiza con la compañía de un guía, ya que implica caminar encordados y calzados con grampones.

domingo, 15 de febrero de 2015

El Bolsón también existe

Los alrededores de la localidad rionegrina de El Bolsón están repletos de senderos para recorrer y refugios para visitar. En este nuevo post podrán ver algunas imágenes de una travesía realizada en febrero de 2008, durante la cual unimos el refugio Hielo Azul con el Cajón del Azul, pasando por la laguna Natación.

 
Mirador del río Raquel, a mitad de camino entre el inicio de la travesía y el refugio Hielo Azul. La picada comienza en el mítico camping de Doña Rosa, a orillas del río Azul, y a partir de allí nos esperan unas 5 ó 6 horas de trepada moderada por un sendero bien marcado. Hay posibilidad de cargar agua sólo al comienzo y ya casi sobre el final, en el arroyo del Teno, por lo que se recomienda llevar líquido en cantidad.

 
Arroyo del Teno, a minutos de arribar al refugio. En los cartelitos del sendero se podían leer los tiempos restantes de marcha y algunas frases de aliento para los caminantes más cansados.

 
Trepando por el pedrero hacia la laguna y glaciar Hielo Azul. Detrás se ve todo el valle del arroyo del Teno. El refugio está ubicado entre el arroyo y la ladera boscosa que aparece sobre la derecha.

 
Laguna y glaciar Hielo Azul. Desde el refugio se tarda entre una hora y media y dos horas, según el ritmo de marcha y el grado de dificultad que nos ofrezca el pedrero.

 
Refugio Hielo Azul. Al momento de nuestra visita estaba equipado con cocina, salón comedor, dormitorio con colchones, baño y duchas. Un hotel en la montaña.

 
Arroyo del Teno y paredones ubicados al noreste de la laguna.

 
Paredones ubicados detrás del refugio Natación. Desde el Hielo Azul hasta aquí se demoran un par de horas por un sendero sin grandes desniveles.

 
Laguna Natación. A partir de aquí comienza el largo descenso hacia el Cajón del Azul. Se recomienda bajar con cuidado porque el sendero es extremadamente empinado.

 
Río Azul, apenas aterrizados en el sector del cajón. Aquí existen dos posibilidades. Una de ellas es caer a mano derecha y regresar a El Bolsón (hay que caminar hasta un lugar llamado Wharton y esperar el colectivo), y la otra es doblar en la dirección contraria y seguir internándonos en el cajón. Quienes opten por esta segunda variante, a poco de arrancar encontrarán los Refugios Cajón y El Retamal, y ya a unas 8 horas, el Refugio Los Laguitos. Aquellos que deseen regresar desde estos dos últimos sitios utilizando otra ruta, pueden hacerlo vía Refugio Encanto Blanco o vía Refugio Dedo Gordo.

 
Pozones de agua cristalina en el río Azul.
 
Mapa de la travesía y ubicación de los refugios.