jueves, 25 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (5ta. parte)

Cuarta parte aquí.

HISTORIAS DE APARECIDOS
Otro magnífico día de sol me recibió en la ruta. Retrocedí 2 kilómetros en dirección a Petrohué, y al llegar a un importante desvío caí a mano derecha para pedalear los 30 que me separaban de Ralún.
Nuevamente sentí placer sobre las dos ruedas. El asfalto se mostraba plano y pasaba un vehículo muy de tanto en tanto. El excesivo peso me impedía mover la bici más allá de los 16/17 kilómetros por hora, pero eran constantes. Desde la derecha me vigilaba el volcán Calbuco y desde la retaguardia, el omnipresente Osorno. La ruta circulaba casi paralela al río Petrohué, que más adelante vuelca sus aguas turquesas al mar.
Volcán Osorno desde la ruta que se dirige hacia Ralún.
Pero la felicidad, dicen, son sólo momentos. La cinta asfáltica comenzó a corcovear, y yo a putear. Las pequeñas colinas me demandaban un gran esfuerzo y los últimos metros de cada trepada exhibían siempre la misma escena: mi humanidad empujando la bici.
Finalmente la ruta salió a buscar el nivel del mar y el descenso se volvió excitante. En una larga sucesión de curvas y contra curvas, el velocímetro llegó a marcar 55 kilómetros por hora. El viento en la cara me transmitía una sensación de extrema libertad.
Presentí mi llegada a Ralún al ver, a lo lejos, la lengua oceánica del estuario de Reloncaví. Bien al fondo descubrí un nuevo volcán, el Yate, que se alza entre las villas de Puelo y Hornopirén. Desechaba la idea de ponerme a desarmar las alforjas para preparar mi almuerzo, de modo que buscaría un almacén o algo parecido a un restaurant. Mi propósito era descansar unas 2 horas para luego completar los 17 kilómetros que me separaban del próximo pueblo del estuario, Cochamó.
 
Me desvié de la ruta y entré a Ralún. Quizás fantaseaba con ver algo más grande, pero me encontré con un paraje semi rural atravesado por una solitaria calle de ripio. No obstante, toda esa zona es muy frecuentada por el turismo gracias a sus aguas termales, a la pesca con mosca y al rafting sobre el río Petrohué.
Un par de rodeos fueron suficientes para decidir entrar al único restaurant de Ralún, llamado "Villa Margarita". El nombre se debía a su dueña, una corpulenta y charlatana mujer de unos 50 años, quien poseía allí mismo unas cabañas para alquiler. El salón estaba vacío y elegí sentarme de cara a los ventanales. Advertí que los precios no atentarían contra mi presupuesto, aunque no hubiese pesado tanto ese detalle después de darme el gusto de almorzar contemplando la cordillera.
Barcaza de pescadores sobre el estuario de Reloncaví.
Comí solo, excepto cuando Margarita se acercaba a darme charla. La mujer se mostró interesada en mi actividad y mi itinerario. En un momento de la conversación se me antojó preguntarle eso que siempre quiero saber cuando estoy frente a gente que pasa largo tiempo en parajes cordilleranos aislados. "¿Alguna vez vio algo raro por acá? Digo... luces extrañas, fenómenos en el cielo...", arremetí jugando al documentalista de TV. Como si lo estuviese esperando, Margarita sacó un par de historias de la manga. Me contó que tiempo atrás, en medio de la noche, ella y su marido vieron un enorme y misterioso resplandor que provenía de un bosque cercano, detrás de la casa. En otra oportunidad -también a la hora de las brujas- escuchó que afuera su perro ladraba mucho y de una manera preocupante. Se dirigió con cautela hacia la puerta, y al abrirla, su rostro empalideció de terror. La silueta oscura y difusa de un hombre se hallaba parada frente a ella. "Era el 'hombre negro', un fantasma que deambula por la región ayudando a la gente, no es un ser maligno", concluyó la mujer con curioso dramatismo.
Los relatos de Margarita me alentaron a contarle alguna de mis experiencias en el asunto. Las propias y las ajenas, como aquella aureola observada en la cabecera sur del lago Puelo, o el rumor de la existencia de una "puerta interdimensional" dentro del Parque Nacional Alerce Andino. Tremenda casualidad, esta última estaba ubicada a escasos kilómetros de Ralún.
Sin darme cuenta se hicieron las 4, y, si pretendía llegar con buena luz a Cochamó, debía partir. Había pasado un grato momento y la comida resultó exquisita. Saludé a la simpática Margarita y me subí nuevamente a la bicicleta. Además de la panza llena, me llevaba un gran recuerdo de Ralún.

El asfalto me concedió unos metros más de gracia, sólo hasta cruzar el largo puente sobre el río Petrohué. Los sedimentos de lava volcánica acarreada desde la zona de los saltos formaban enormes bancos de arena negra frente a su desembocadura.
Luego de atravesar una pampa, el camino se aferró definitivamente al mar y comenzó a copiar la sinuosa orilla. A mis espaldas quedaba el amplio valle por donde se internó el sacerdote jesuita Juan Guillelmo a comienzos del siglo XVIII. De ese modo alcanzaría el paso Vuriloche y descubriría finalmente la antigua ruta a la Misión del Nahuel Huapi(1).
El entorno me pareció estupendo. La selva caía a pique sobre las turquesas aguas del Pacífico y los sectores de cornisa eran pura adrenalina. La cercanía de la ribera opuesta hacía pensar que a mi derecha se extendía un lago y no una delgada lengua marítima. Hacia el sur, las gruesas capuchas nevadas del volcán Yate activaban en mi memoria viejos recuerdos de escenarios aún más australes. El hecho de transitar junto al mar, no convertía a la ruta precisamente en el paraíso. El ripio subía y bajaba como en cualquier camino de montaña que se precie. Sus constructores no tuvieron en cuenta a los futuros ciclistas.

Cerca de las 6 de la tarde arribé a Cochamó. El pequeño pueblo se veía más importante que Ralún. La misma ruta hacía de avenida principal y algunos comercios se repartían sobre ella. Pregunté por un hotel y me recomendaron pedalear unos 150 metros barranca abajo por una calle que luego terminaba en el mar. Los pocos transeúntes me recibían con expresiones de curiosidad. Un forastero siempre es mirado con desconfianza, y lo mejor era saludarlos como si yo fuese un vecino más.
Iglesia de Cochamó. Detrás se ve
el estuario de Reloncaví, y bien al
fondo el volcán Yate.
La dueña del hospedaje era una mujer de unos sesenta y largos años, baja estatura y un carácter extrovertido pero mandón. En menos de 15 minutos organizó mi vida. Me ubicó en una pieza, me dio un curso sobre cómo usar el calefón, me guardó la bici en un galpón, me sugirió primero arrimarme hasta la cantina vecina para encargar mi cena, luego ir a hablar por teléfono antes de que las cabinas cerraran, de allí ir a sacar fotos a la costa y volver a eso de las 20 listo para cenar porque el lugar cerraba a las 21. Si alguno andaba buscando la secretaria perfecta, la podía encontrar en Cochamó.

La sesión de fotos me acercó a parte de la intimidad del pueblo. Construido sobre la ladera de la montaña, Cochamó guardaba cierta similitud con el pintoresquismo de Chiloé. Se veía en su iglesia de 1909, en sus casas revestidas con tejuelas de alerce, y en sus hombres saliendo a ganarse la vida al mar. La atmósfera de paz que se respiraba en el pueblo lograba una mágica comunión con el fiordo y las montañas. La calle en bajada, la vieja iglesia al fondo y el volcán vestido ya con los brumosos tonos del atardecer le dieron forma a una de las mejores fotografías del viaje.
El día expiraba. En la cantina me aguardaba un salmón a la parrilla y una botella de vino blanco. Hermoso y merecido premio por haber sobrevivido a otra etapa más de mi gran cruzada voluntarista.
 
Continuara...
 
(1) Ruta realizada unos pocos años más tarde y descripta aquí.
 

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