jueves, 4 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (1ra. parte)

Durante estos días se cumplen exactamente 20 años de una de las aventuras más recordadas que me han tocado protagonizar en mis casi 3 décadas de viajes a la Patagonia. Una empresa que tuvo tanto de turística y deportiva, como de ambiciosa y quijotesca. Me estoy refiriendo ni más ni menos que a un cruce de Argentina a Chile en bicicleta.
Aquella experiencia fue resumida oportunamente en este mismo blog hace ya varios años, pero debido a la importancia de la fecha decidí homenajear a esas esforzadas pedaleadas sureñas dándoles vida nuevamente a través de este relato. Veinte años no es nada, dicen. Espero que se diviertan.

NACE LA LOCURA
En el invierno de 1997, una idea bastante curiosa se había instalado en mi mente: realizar una travesía patagónica a bordo de mi bicicleta. Apoyado y combatido con idéntica fuerza por familiares y amigos, el singular proyecto comenzó a crecer día a día, y no sólo sustentado por el placer de pedalear en sí, sino por las posibilidades que me brindaba una mountain bike. Y haciendo cálculos, no eran pocas.
Interrogantes no faltaban. A los inherentes a la correcta preparación del equipo y del rodado, se sumaban los de la travesía misma. Porque, para empezar, era consciente de que tendría que encarar esta empresa en solitario. Es que si ya me costaba reclutar gente para salir a caminar por la montaña, ¿quién corno querría hacerlo, además, con el culo apretado contra un sillín de bicicleta? Nadie.
En el cerro Otto, con el Nahuel Huapi de fondo.
También me preocupaba el tema de la seguridad. Sabía que en partes debía moverme sobre rutas asfaltadas. Grave problema; si había chances de que algún automovilista me revolease por los aires era precisamente allí. Y qué manera poco elegante de terminar lo planeado durante medio año, ¿no?
Temores y cuestiones negativas al margen, nada me impedía llegar a la conclusión de que la bicicleta se acerca muchísimo al medio de transporte perfecto: conjuga la independencia del auto, la capacidad de contemplación del trekking y se puede meter -y guardar- casi en cualquier lado. Tiene sus contras, lógicamente: la lentitud en los desplazamientos y la imposibilidad -más bien incomodidad- de moverse bajo la lluvia. Pero mejor no pensar en la lluvia.

La gran protagonista de esta aventura -obviamente, mi bicicleta- era -y por ahora es- una  Diamond Back Racing modelo Wildwood de 21 velocidades, cuadro de cromo-molibdeno y equipamiento Shimano Altus. Los que junen algo del tema advertirán que se trata de una máquina buena pero modestita. Carecía de amortiguación y estaba equipada con lo mínimo: un velocímetro con cuenta-kilómetros, destelladores adelante y atrás, un porta-equipaje fijo en la rueda trasera, y otro que coloqué especialmente para el viaje en la delantera.
A pesar de toda la bibliografía que me devoré sobre raides en la Patagonia y vueltas al mundo en solitario, mi objetivo era realizar un viajecito corto como para ir empezando a tomarle el gustito al cicloturismo. El plan consistía en cruzar a Chile y ya sabía por dónde: el bellísimo paso Pérez Rosales. Sus 1.022 metros sobre el nivel del mar no me asustaban, ya que los casi 800 metros de altitud de Bariloche me indicaban que solo debía trepar 200. Además, los tramos lacustres -el paso no es totalmente terrestre- le otorgaban un sabor especial y un considerable "ahorro" de kilómetros, que en el caso de un novato como yo no eran para despreciar. Una vez entrado al país vecino me dirigiría -cruce del lago Todos los Santos mediante- hacia la villa de Ensenada, y desde allí rumbearía hacia el sur por un camino que, tras bordear la orilla oriental del fiordo de Reloncaví, moría en la localidad de Río Puelo. En aquel sitio comenzaría la etapa más incierta, ya que intentaría meterme a través de una senda que circulaba por el valle del río Puelo y entraba a nuestro país en las cercanías de El Bolsón. De superar esos 70 kilómetros, la tercera etapa pintaba relativamente "fácil" porque volvería a Bariloche por la ruta 258, recientemente asfaltada y con hermosos lugares para acampar.

"El 2 de Enero me voy con la bicicleta a Bariloche", me repetía constantemente a mí mismo y a mi grupo de íntimos como para darle mayor fuerza y credibilidad a la empresa. Y era, además, una buena táctica para no poder echarme atrás sin una excusa que no fuera un repentino ataque de pánico.
Exceptuando dos o tres personas, el resto opinaba que estaba decididamente loco. "Pero... ¿estás entrenado?", era la frase que lideraba el ranking de las más escuchadas. Gran pregunta. En el fondo sospechaba que mis pedaleadas porteñas alcanzaban poco y nada para lograr un estado óptimo. No obstante, mi condición de deportista lograba conformar a medias al ocasional curioso, quien daba por terminado el cuestionario con un "bueno... espero ver las fotos cuando vuelvas". Ese "cuando vuelvas" me dejaba tranquilo: el tipo confiaba en mi regreso. Lapidario hubiera sido un "si volvés". "¿Y solo te vas a ir?", volvían a cargar otros con gesto de preocupación. "¿Quieren venir?", les repreguntaba. En sus silencios estaba la respuesta.

DESEMBALANDO UNA ILUSIÓN

Mi bicicleta y yo desembarcamos el 3 de enero en la terminal de Bariloche, y desde allí nos fuimos en un taxi hasta mi hostel de cabecera. "Vine con compañía", les dije a los dueños del lugar, quienes, luego de advertir que esa "compañía" no era ningún amigo, amiga, novia o amante, permanecieron un buen rato sin poder salir de su asombro. Cuatro palabras fueron toda su síntesis al conocer mis planes, y que coincidía con el parecer de los que me vieron partir de Buenos Aires: "Este Armando está loco".
Mientras las piezas del rodado -desarmadas y embaladas por el viaje- iban recobrando su debido lugar, yo repasaba mentalmente los trámites a seguir antes de mi cruce a Chile. Unos meses antes me había comprado una alforja de 60 litros que envolvía a todo el portaequipaje trasero, y allí guardaría la ropa, la comida, los elementos de cocina y algunos efectos personales. Todas las herramientas de la bici se repartirían entre el triángulo del cuadro y un bolsito que se enganchaba debajo del sillín. La carpa iría plegada sobre la alforja, y arriba de ésta la bolsa de dormir. Para transportar el equipo de fotografía diseñé un armazón de aluminio que se apoyaba sobre el portaequipaje delantero; le quitaba movilidad a la rueda pero era la única manera de tenerlo a mano.
"No vas a tener problema, están cruzando ciclistas a Chile casi todos los días", me adelantaron en la empresa que realizaba la excursión hacia el país vecino, mientras me expendían los vouchers de los tramos lacustres. Me quedé más tranquilo, no iba a ser el único "loco-captador-de-todas-las-miradas-de-turistas-curiosos".
Bariloche me había visto llegar un sábado por la mañana y mi paso a Chile sería ese lunes siguiente. Contaba con casi dos días de espera para, entre otras cosas, "acostumbrarme" a una ciudad donde lo único plano es la superficie de los lagos, y cuando no sopla viento. Mi optimismo era guarangamente exagerado, ya que hubiese necesitado al menos un año para que mis piernas pudiesen domar esa criminal e inagotable sucesión de desniveles. "En qué baile me metí", pensaba angustiado mientras intentaba -mitad a pie, mitad en bici- llegar hasta el kilómetro 1 de la ascendente Avenida de los Pioneros, donde tenía mis aposentos. Y aún estaba pedaleando sobre asfalto y con la bici vacía.

Continuará...

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