miércoles, 10 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (2da. parte)

Primera parte aquí

CIRCUITO CHICO, SUFRIMIENTO GRANDE
Durante la tarde del sábado había alcanzado, no sin esfuerzo, el refugio Berghof, en el cerro Otto, y el domingo realizaría mi segunda "prueba de campo" antes de encarar el esperado cruce a Chile. Sería una suerte de examen definitivo, ya que el lunes a las 8 de la mañana debía presentarme con la bici en Puerto Pañuelo, listo para embarcar hacia Puerto Blest.
El plan dominguero era interesante. Ya con las alforjas puestas y algo de carga saldría a recorrer el Circuito Chico, esa conocida y hermosa ruta que bordea el lago Nahuel Huapi y se extiende por detrás del Llao-Llao. Por las características del camino y su entorno, se suponía que este paseo haría las delicias de un ciclista. Sin embargo, algunos "detalles" se confabularon para que, al menos en mi caso, no fuera tan así.

Los primeros kilómetros de la Avenida Bustillo(1) son relativamente planos y hacían que me desplazara con cierta comodidad. El gran inconveniente lo constituían la estrechez de la calzada y la excesiva cantidad de vehículos -léase autos, colectivos y micros de excursión- que circulaban a velocidades de TC 2000. Empeoraba las cosas el peligroso escalón que dividía el asfalto de la banquina, lo que me obligaba a pedalear medio metro dentro de la calzada o directamente sobre la tierra. Una maniobra brusca al pellizcar el borde podía desestabilizarme. Si mi ocasional "pasador" no observaba a ningún vehículo de frente, efectuaba el sorpasso gentil y holgadamente invadiendo la mano contraria. Si el tráfico se lo impedía, era yo quien debía resignar mi lugar y bajar a la banquina. Cuando por el rabillo del ojo veía aproximarse la silueta de un micro, el desenlace era incierto y sólo me quedaba rezar.
Con el correr de los kilómetros, a los riesgos ya mencionados comenzaron a sumarse las dificultades del propio terreno. La cinta asfáltica dejó de ser la suave y simpática sucesión de ondulaciones para convertirse en una verdadera montaña rusa. En el kilómetro 18 decidí, por fin, abandonar Bustillo y me desvié hacia la izquierda a través del camino que se dirige hacia Colonia Suiza. Quería escapar de esa vorágine de vehículos zumbándome en la oreja. Al llegar al puente que parte en mitades iguales al lago Moreno bajé con la bici hasta la playa para almorzar.

Al retomar mis pedaleadas, la ruta volvió a empinarse lentamente hasta llegar al conocido Punto Panorámico. Desde allí hay excelentes vistas del lago Moreno, del Llao-Llao, del lago Nahuel Huapi y de la isla Victoria, entre las referencias geográficas más célebres. Me detuve 15 minutos para tomar las fotos de rigor y continué viaje.
Los siguientes kilómetros resultaron ser muy divertidos. A poco de dejar atrás el mirador, sobrevino una serie de bajadas y curvas bastante interesantes como para olvidarme por un rato de los cambios y las palancas de frenos. Por un rato, nomás, no era cuestión de envalentonarse. De frente venían autos y camiones que podían cobrarse mi osadía engrosando la colección de bichos que traían estampados en el radiador.
Y así como después de toda subida hay una bajada, después de toda bajada existe una maldita subida. De esta forma -o sea, maldiciendo-, pasé por el arroyo López, por la bahía homónima, y completé el circuito al arribar más tarde a Puerto Pañuelo. No había tanto de cansancio como de preocupación. Sentía que todo este asunto me quedaba grande, que no estaba a la altura de mis ambiciones. Y todavía tenía por delante el largo regreso a Bariloche y con la noche pisándome los talones.
Pero se me ocurrió una idea razonable. Una solución mitad práctica, mitad piadosa. ¿Qué tal si dejaba la bicicleta en Puerto Pañuelo, en algún depósito o a bordo mismo del catamarán que zarparía al día siguiente hacia Puerto Blest? Prefería volver en colectivo y con las alforjas en la mano, antes que realizar dos veces los 25 kilómetros que separan a la ciudad del embarcadero.
No iba a ser tan fácil la cosa. En el puerto se encargaron de derribar mi ingenioso plan de un plumazo, pero me sugirieron que podía intentarlo en lo del guardaparque, a metros de allí, frente a la capilla de San Eduardo. Mi cascoteada esperanza se mudaba por unos minutos hacia ese lugar.
Tuve suerte; la hija del guardaparque me permitió encadenar la bici debajo de un techo de chapa que había en los fondos de su casa. Creo que de fracasar este segundo intento la hubiese dejado atada a la parada del bondi o al cuidado del cura de la iglesia.
 
Continuará...

(1) Avenida que nace en la ciudad de Bariloche y bordea el lago Nahuel Huapi.

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