viernes, 18 de abril de 2014

Que las hay, las hay...

No es novedad que me gusta relacionar la Patagonia con lo sobrenatural. Más de una vez se me ocurrió viajar exclusivamente para recabar información y testimonios sobre fenómenos extraños. No hay poblador que no cuente algo: puertas hacia otra dimensión, seres misteriosos que habitan el bosque, objetos saliendo del mar o doblando 90 grados en el cielo... Me interesa la leyenda de la Ciudad de los Césares ó Trapalanda, la del barco “Caleuche”, la de la Isla Friendship... Cada vez que veo esas impenetrables laderas boscosas desapareciendo entre las nubes, no dejo de fantasear con la idea de que allí se oculta algo.
Por supuesto que nada de lo que acabo de enumerar se puede dar por cierto sin un mínimo de rigor científico. De todas formas, puedo colaborar con algunas historias -propias y ajenas- que, muy lejos de arrojar luz sobre el tema, alimentan la sospecha de que, por debajo del río Colorado, muchos mitos, creencias y misterios aun tienen final abierto.
 
LA DIMENSIÓN DESCONOCIDA
Este relato data de algunos años y su protagonista central es Don Julio, un veterano poblador de la ciudad chilena de Puerto Varas. Al hombre lo conocí en el hospedaje de su hermano Raúl, cálido reducto en el que las charlas se volvían apasionantes, sobre todo si uno se mostraba interesado en todo lo relacionado con los fenómenos paranormales. Ambos eran muy versados en estas cuestiones.
Ese primer encuentro tuvo lugar una tarde de enero y al calor de la cocina económica. Me acompañaban Casimiro y Hugo, dos amigos con quienes estaba a punto de salir a recorrer en auto la Carretera Austral. Don Julio recordaba con afecto a Casi de una visita suya anterior, razón por la cual se entregó sin oposición a la charla. Mateada de por medio, por supuesto.
Nuestro personaje manejaba un estilo fluido y conceptos espirituales profundos. Supimos que trabajó durante muchos años como maestro de frontera en la zona aledaña a El Bolsón. A lo largo de ese tiempo, nos contó, entabló una fuerte amistad con un colega argentino, quien luego desapareciera víctima de la dictadura militar de nuestro país. Julio exhibía un sólido y llamativo espíritu de confraternización. “Argentinos y chilenos no debemos pelear, somos la misma cosa”, se animó a decir, no sé si impulsado por nuestra presencia o por el recuerdo de su amigo.
-Julio, ¿se acuerda de lo que me contó el año pasado? Digo... sobre esos fenómenos raros que ocurrían cerca del Parque Nacional Alerce Andino. ¿Supo algo más? -pinchó hábilmente Casi, quien ya conocía la historia pero quería hacérmela escuchar de primera mano.
-No, hace rato que no ando por la zona -contestó sonriendo, mientras le aplicaba una eficaz chupada a la bombilla de su mate.
-¿Qué es lo que ocurre en ese lugar? -pregunté yo, fingiendo que no sabía nada de nada.
Casi forzó un silencio para obligarlo a hablar al hombre. Y se largó confiado, nomás.
-En Lenca, un pueblito costero situado a unos 40 kilómetros al sur de aquí -arrancó Julio para ubicarnos-, existe un aserradero en cuyos fondos habría una puerta invisible, un umbral hacia el más allá -dijo sin rodeos ni eufemismos-. Ya ha desaparecido mucha gente, pues, y nunca más la han vuelto a encontrar.
Hugo nos miraba de a uno por vez como buscando complicidad para su asombro, pero encontró a tres seres que parecían estar hablando de temas familiares y cotidianos.
-Y los pobladores de la zona, ¿qué dicen al respecto? -inquirí yo-. ¿Existe alguna teoría?
-No hablan. Tienen miedo, pues.
En estos parajes aislados, religión y superstición suelen mezclarse en un coctel paralizante que genera temor y silencio. Nadie divulga lo ocurrido como si al hacerlo fueran a disgustar a ciertos malos espíritus. El sur de Chile es célebre por su profusa colección de personajes mitológicos, algunos de ellos temibles e inquietantes.
-Se me ocurre que por aquí deben abundar los hechos extraños y sobrenaturales, ¿verdad? -acoté basado en esos mitos y leyendas nacidos de las entrañas de la cordillera.
-Vean, mi hermano Raúl ha visto OVNIs y en dos oportunidades. Una vez vio un objeto saliendo con fuerza del agua, en medio del océano. Él estaba en su bote, trabajando como buzo mariscador. Otra vuelta los pescó por entre las montañas de la cordillera. ¡Si hasta tuvo que salirles de testigo a dos milicos que no podían creer lo que estaban viendo! Él se los puede contar con más detalles que yo. Cuando la NASA anduvo investigando la desaparición de gente en el lago Llanquihue, mi hermano se animó a expresar una teoría en la cual el espejo estaría comunicado con los volcanes vecinos por medio de cavernas ó sifones aspirantes. Podía demostrarlo, además, en base a una supuesta caída y elevación permanente del nivel de las aguas.
-¿Estará todo relacionado con la puerta invisible? -preguntó Hugo, ya decididamente impresionado con la historia.
-Puede ser. Hay mucho territorio inexplorado en la cordillera del cual no se sabe nada -respondió.
-¿Usted conoce toda esa zona? -pregunté yo.
-Bastante. Caminé mucho por allí. Me dijeron que cerca del Paso El León hay una caverna donde estarían depositados los restos de altos jefes indígenas. Tengo planeada una expedición para llegar hasta ellas. Y no es un sector muy accesible, no señor; hay selvas, paredones de roca… en fin… -graficó algo preocupado.
La conversación fue prolongándose en base a las múltiples interpretaciones sobre lo que acababa narrar Julio. Brechas espacio-tiempo. Secuestros de OVNIs. Mundos paralelos, subterráneos... Nuestro interlocutor tenía que partir y no estaba en nuestro ánimo demorarlo.
-¿Y qué andan haciendo por acá, esta vez? -nos preguntó antes de abandonar la casa.
-Vamos a recorrer en auto la Carretera Austral -se adelantó Casi.
-Y de paso investigar qué está pasando en el Parque Alerce Andino -agregué yo, que, a partir de ese relato, ya no podía resistir la tentación de ir a meter las narices a tremendo lugar(1).
 
ALGUIEN TE ESTÁ MIRANDO
En el hostel de Bariloche donde yo solía recalar casi todos los veranos, una noche, bien tarde, se armó entre todos los huéspedes una charla apasionante. El lugar de reunión era la enorme cocina y el tema central, cuando no, los fenómenos sobrenaturales. Un recién llegado y viejo conocido de la dueña del lugar -un tal “Juanillo”, o algo así- se largó a relatar con asombroso patetismo los pormenores de su encuentro nocturno… ¡¡con un gnomo!! Según él, el extraño suceso había ocurrido un par de años atrás en el bosque que rodeaba al largo y solitario camino de acceso al hostel. Contó que el diminuto ser lo siguió desde adentro de la espesura dando saltitos y profiriendo carcajadas burlonas. Entre las teorías que del hecho circulaban estaba la del propio protagonista, quien dijo ver en el gnomo una especie de reflejo de sí mismo.
Durante una hora Juanillo mantuvo en vilo a toda la concurrencia y su testimonio hasta fue grabado por otro huésped, quien casualmente tenía un programa de radio en una FM local. En honor a la verdad, el relato bien pudo haber omitido la graduación alcohólica del mismísimo testigo que, según contó, venía de una noche de juerga. De todas maneras, nadie se animó a mirar por los ventanales hacia la negrura de la noche y menos que menos salir al exterior. Es que nunca se sabe.
 
EL HOMBRE INVISIBLE
En febrero de 2003, Gaby y Casi y yo habíamos realizado el Camino de los Vuriloches, una hermosa y extensa travesía que comenzó en Pampa Linda y culminó en Ralún, en el Pacífico. Y tanto le gustó a Casi esta experiencia, que en Semana Santa de ese mismo año decidió volver por su cuenta para repetirla.
En la base del Tronador el clima, esta vez, no era el mejor. Nuestro amigo arrancó a caminar bajo la lluvia y al traspasar la frontera, el famoso Mallín Chileno(2) lo sometió a una verdadera tortura. El agua le llegaba casi hasta la cintura y el frío le calaba los huesos. Ante ese panorama desalentador, el precario refugio de los Carabineros fue para él algo bastante cercano al paraíso. Y allí decidió quedarse a pasar la noche. En solitario, ya que para esa época del año los militares chilenos se mudaban a lugares menos aislados. Repito, no había absolutamente nadie, ni siquiera acampando en los alrededores.
Seguramente habrá tomado algo caliente para recuperar calor y, sin otra cosa más interesante que hacer, se metió en la bolsa para intentar dormir un poco. No pudo: el ruido de unos pasos lo puso en alerta. ¿Quién andará por aquí a esta hora y con esta lluvia?, se preguntó intrigado. Las pisadas se escuchaban firmes e inquietantemente cerca de la casa. Para ser más preciso, lo que merodeaba ahí afuera parecía estar caminando alrededor de ella.
Casi tomó valor, salió de la bolsa y se asomó al exterior del refugio para conocer la identidad del nuevo visitante. Nada. Ni un mísero zorrito, ni una miserable laucha. Más intrigado que antes, se animó a rodear la cabaña para ver si aquel ruido provenía de los laterales o de la retaguardia. Nada. Ni un alma en decenas de metros a la redonda.
Resignado, volvió a entrar al refugio y se metió nuevamente en la bolsa. Intentó retomar el sueño pero no pudo. Otra vez lo sobresaltaron los mismos inexplicables pasos que percibió minutos antes. Ya no quiso salir más y dejó que la noche transcurriera lo más pronto posible para poder alejarse de allí apenas despuntara la mañana

ALGO FLOTA EN LA LAGUNA
El lago chileno Vidal Gormaz no es un lugar accesible. Quien quiera conocerlo deberá caminar de 2 a 3 días si encara la expedición desde Argentina, o de 3 a 4 si la emprende desde Chile. Lo cierto es que estando allí, más precisamente en su extremo norte, nos desayunamos con una inquietante noticia. Así como el Nahuel Huapi tiene a “Nahuelito” y otros tantos lagos del Sur al famoso “Cuero”, el Vidal Gormaz también tendría como inquilino a un supuesto “monstruo”. Al menos eso es lo que afirmaron con seriedad algunos integrantes de la familia Bahamonde, legendarios habitantes del lugar.
Y hay más al respecto. Unos meses después de esta expedición y a raíz de haber dado a conocer este rumor en otro post, me han escrito para comentarme que en el lago Las Rocas (ubicado al sur del Vidal y perteneciente a la misma cuenca) también han habido reportes sobre este tema. Y por qué no creerles.
 
SORPRESAS EN LA NOCHE
Ralún es un paraje chileno ubicado en la cabecera del estuario de Reloncaví, conocido, además, por sus aguas termales y la práctica de la pesca deportiva. Allí había aterrizado para almorzar, luego de pedalear unos 30 kilómetros desde el sur del lago Llanquihue.
El restaurant al que entré estaba atendido por su propia dueña -Margarita-, una agradable mujer que, con el correr de los minutos, comenzó a mostrarse interesada en mi actividad y mi itinerario. En un momento de la conversación se me antojó preguntarle lo que siempre quiero saber cuando estoy frente a gente que pasa largo tiempo en parajes cordilleranos aislados: “¿Alguna vez vio algo raro por acá? Digo... luces extrañas, fenómenos en el cielo...”, arremetí jugando al documentalista de TV. Como si lo estuviese esperando, Margarita sacó un par de historias de la manga.
Me contó que una noche, ella y su marido vieron un misterioso resplandor que provenía de un bosque ubicado en una ladera cercana. La fuente de luz no tendría nada de extraño si no fuera porque ese sitio era inaccesible y por consiguiente se hallaba completamente deshabitado. Pero allí no terminaba su testimonio. En otra oportunidad -también a la hora de las brujas, para variar- se sobresaltó al escuchar que su perro ladraba mucho y de una manera particular y preocupante. Se dirigió con cautela hacia la puerta y al abrirla su rostro empalideció de terror. La silueta oscura y difusa de un hombre se hallaba parada frente a ella. "Era el 'hombre negro', un fantasma que deambula por la región ayudando a la gente. No es un ser maligno", concluyó la mujer con cierto dramatismo.
Curiosamente, si uno observa un mapa de la zona descubrirá que Ralún está a pocos kilómetros de distancia de otro lugar enigmático mencionado más arriba: el Parque Nacional Alerce Andino. ¿Casualidad?
 
REGALO DEL CIELO
Gaby, Claudia, Adrián y yo acampábamos en el extremo sur del lago Puelo y la noche se presentaba inmejorable. Una calma absoluta nos permitía hacer la sobremesa en la playa junto a un fogón. Acabábamos de comer una trucha pescada ese mismo día por Adrián. Trucha a las brasas, para más detalles.
Todos íbamos siendo invadidos por un agradable sueño hasta que el cielo decidió acaparar nuestra atención con una inquietante sorpresa. Hacia el sudoeste, apenas por encima de la cordillera, descubrimos un gran halo de luz que se desplazaba lentamente hacia el norte manteniendo su altura. Era como esa aureola que envuelve a la luna antes de una lluvia pero sin la luna. Con mezcla de asombro y excitación acompañamos su extraño derrotero hasta que se esfumó a la altura del cerro Aguja Sur, o sea, hacia el noroeste. ¿Qué sería? Hubo tantas respuestas como testigos presentes: tal vez una nave extraterrestre, tal vez resplandores emitidos por algún cementerio indígena, tal vez  la Ciudad de los Césares...
Alguien avisó que era hora de ir a dormir y con pena fuimos apagando las brasas. Nos retiramos a las carpas dejando a nuestras espaldas la negrura, la inmensidad y el silencio del Puelo. Y un gran interrogante que, hasta el día de hoy, permanece sin responder.

 
(1) De hecho, días más tarde fuimos a conocerlo. En rigor a la verdad, lejos estuvimos de ver cosas extrañas, pero el lugar está envuelto en una atmósfera que impresiona. Y más lúgubre se torna aun cuando las nubes se apoyan a mitad de la montaña. Para agregar otra curiosidad al asunto de las desapariciones, puedo decir que dentro de esta reserva hay un pequeño lago llamado Sargazo. No es que busque fantasmas por todos lados, pero con este nombre se lo conoce también al mar ubicado en el tristemente célebre Triángulo de las Bermudas.
(2) Enorme planicie que en los días de lluvia -y en los posteriores también- queda totalmente anegada o llena de fango.

NOTA: Las imágenes que ilustran el post están absolutamente trucadas.