lunes, 29 de marzo de 2010

Cerro Castillo, la leyenda continúa

De aquella recordada travesía a lo largo de la Reserva Nacional Cerro Castillo, en la Undécima Región de Chile (ver relato aquí), a Leandro y a mí nos quedaba pendiente la visita al Campamento Neocelandés y a sus lagunas de altura. Pero sólo fue cuestión de tener paciencia. Después de 4 años, el destino nos puso nuevamente cara a cara con esa hermosa comarca y como no nos gusta andar con deudas, junto a nuestro amigo Casimiro decidimos dejar los últimos días de vacaciones para intentarlo.

UN SOL PARA LOS CHICOS
El taxista que nos llevó desde Coyhaique hasta Villa Cerro Castillo(1) resultó ser tan argentino como chileno. Veinte años viviendo en nuestro país le habían dejado una tonada mixta y una cultura farandulera que lo podría sentar tranquilamente en el living de Rial. Con semejante personaje, los casi 100 kilómetros de asfalto que nos separaban de la villa se fueron volando. Amén de que el paisaje es de una notable belleza.
Villa Cerro Castillo es un pequeño pueblo ubicado a la vera de la Carretera Austral y a los pies del cerro homónimo. Tiene un puñado de restaurantes y almacenes, no obstante nuestros víveres ya venían embalados desde Coyhaique. La gran noticia del día era que el cielo lucía totalmente radiante y despejado. No se trataba de un dato menor teniendo en cuenta que la lluvia había dicho presente cada uno de los 11 días anteriores. Y sus noches. “Todavía no hemos tenido verano”, repetían los aiseninos.

Sabíamos que los primeros kilómetros del sendero al campamento Neocelandés transcurrían a través de una pampa interminable y queríamos evitarlos. Para eso debíamos recurrir a algún ser humano motorizado que aceptara llevarnos. En eso estábamos.
La encargada de una empresa de cabalgatas nos dejó con su camioneta a mitad de la pampa y desde allí comenzamos a caminar. Nuestra hoja de ruta era sencilla: el primer día pensábamos llegar al Neocelandés, el segundo hasta sus lagunas, el tercero treparíamos hasta asomarnos a la laguna Castillo, y el día número 4 bajaríamos nuevamente a la villa para iniciar el largo regreso a Buenos Aires. Los relojes ya señalaban más de las 2 de la tarde pero descontábamos alcanzar nuestro objetivo alrededor de las 7.
La huella comenzó a ganar altura y nosotros a recordar con placer cada detalle de nuestro paso por estos mismos arroyos y bosques. La trepada resultaba muy poco exigente, lo que permitía disfrutar del entorno. Abajo y a nuestra izquierda corría encajonado el arroyo Parada (o estero, a decir de los chilenos). El calor se hacía sentir y por primera vez en 11 días quedábamos en manga corta (juro que no es chiste). A eso de las 6 pasamos por un campamento intermedio desde donde salía la senda a la laguna Castillo, y un rato antes de las 8 aterrizamos sin problemas en la que por dos noches sería nuestra casa.
El Neocelandés está enclavado al fondo del valle del Parada y lo rodean empinadas montañas. Tenía agua, sombra, protección del viento, mesas, fogones y baño (entiéndase por baño una simple letrina). En el lugar encontramos sólo a dos italianos y nos sorprendió mucho. Es que en el pueblo habíamos visto decenas de israelíes ir y venir cargados como mulas. No me pregunten porqué pero el circuito del Cerro Castillo es muy popular entre estos jóvenes. Vienen de a paladas.


EL HOMBRE PROPONE Y LA LLUVIA DISPONE
El segundo día amaneció espantoso. Seguramente era el castigo divino por haber tenido la osadía de disfrutar de un día a pleno sol. Y cuando hay mal tiempo a 1200 m.s.n.m. generalmente hace frío, mucho frío. Ya nos había dado trabajo hacer fuego la noche anterior y esta vez la leña no ardía ni rociándola con nafta. Así las cosas, nuestros parámetros para calificar al clima se habían corrido y ya considerábamos como “excelentes condiciones” al simple hecho de que no lloviera. Después del desayuno se insinuó un período de este particular y curioso “buen tiempo” y partimos livianos hacia la laguna Duff.
La nueva huella aparecía y desaparecía pero la consigna era avanzar con rumbo este. El agua caída había dejado a los mallines bien cargaditos y la mejor manera de esquivarlos era manteniéndonos dentro del bosque. Hacia el norte se adivinaba una segunda laguna que visitaríamos si nos alcanzaba el tiempo. Empezamos a trepar. Una zona mixta de piedra y lenga achaparrada aportó confusión pero resolvimos caer hacia la derecha para rodear la vegetación y subir sin obstáculos.
La oscura piedra se hizo dueña absoluta del lugar y aparecimos frente a la extraordinaria laguna. Sin embargo, nuestra sensación de euforia fue rápidamente ahogada por una nueva cuota de lluvia. Se veía venir. Era la número 12 de una deuda que el cielo nos estaba cobrando vaya a saber porqué.


El entorno era fabuloso. La Duff estaba en un anfiteatro de roca, nieve y hielo y la insólita crudeza del verano le hacía conservar algunos témpanos formados durante los meses más fríos. El lugar era un festival para las fotos pero la lluvia nos mantenía acurrucados debajo de una piedra que apenas lograba que estuviésemos menos empapados.
Una media hora de “buen tiempo” nos permitió tomar algunas imágenes y después de un rápido almuerzo las nubes retomaron con su costumbre, esta vez con más fuerza. Decidimos pegar la vuelta. El placer dejaba paso a una resistencia heroica que no tenía sentido. Las enormes piedras que con esfuerzo habíamos trepado a la ida, al bajar se transformaron en jabón. Hacia el oeste y entre el velo de la lluvia apenas se veía la segunda laguna. La descartamos; lo único que queríamos era llegar al campamento y ponernos ropa seca... ¡¡si es que no estaba ya todo inundado!! Mis puteadas tenían como destinatario al que me vendió las botas de trekking jurando que eran semi-impermeables. Me hubiese mojado menos caminando descalzo, maldita sea. Con los pies totalmente empapados, los mallines que habíamos evitado a la ida cual delicadas señoritas eran atravesados por el medio sin compasión. Llegamos al Neocelandés y nos encerramos en las carpas. Por un rato queríamos recuperar calor, reflexionar y encontrarle algún sentido a esta tragedia griega.


EL ENIGMA DEL TUBITO AZUL
El día no arrancó con la mejor cara, pero comparado con jornadas anteriores era un verdadero lujo. Hasta de a ratos asomaba un poco el sol. El agua de los mallines había amanecido congelada y la que corría por los arroyos nos dormía las manos. Después del desayuno desarmamos todo y nos trasladamos hasta el campamento ubicado estero abajo para quedar a tiro de la laguna Castillo.
En una hora llegamos. El lugar era más reducido que el Neocelandés y estaba junto al arroyo que nace debajo del hombro oeste del gran cerro. Por allí habíamos bajado hacía 4 años con nuestra amiga Gaby y subiríamos nuevamente esta vez. En el campamento nos encontramos con un guardaparque de la CONAF(2) y su ayudante. Nos contó que estaba abriendo una senda alternativa para acceder a la laguna Castillo en reemplazo del empinado y peligroso pedrero. “Sigan unos metros por la senda que va a la villa hasta que vean sobre la izquierda a un tubito azul que dejé de marca. Desde ahí le dan para arriba”, nos explicó al conocer nuestras intenciones de subir ese día a la laguna.


Arrancamos con entusiasmo sabiendo que no tendríamos que lidiar con el pedrero. Pero lo cierto es que la senda comenzó a perder altura y la señal no aparecía por ningún lado. Caminamos 100, 200... 500 metros y nada. Nos invadió una mezcla de desconcierto y bronca hacia nosotros mismos por no poder distinguir un puto tubo color azul en medio del bosque(3). Lo único que nos llamó la atención en el trayecto fue el caballo del guardaparque que descansaba atado a un árbol. “¿No se llamará ‘Tubito Azul’?”, preguntó Leandro. Casimiro levantó la vista hacia la montaña y descubrió entre el bosque una especie de calle ascendente tapizada de arbustos bajos que terminaba bien pero bien arriba en un roquerío. “Subamos por acá”, sugirió terminante. Le hicimos caso.
La cosa no era sencilla; la ausencia de huellas obligaba a improvisar sobre la marcha. Para sortear los arbustos teníamos que levantar cada pie hasta la altura de las rodillas y eso equivalía a un desgaste extra. La buena noticia era que al menos no parábamos de subir. En fin, creo que deberíamos exigirle a la CONAF los derechos de autor por haber creado una picada nueva, je.
Salimos a las rocas y nos recibió un viento endemoniado que, excepto en el Parque Nacional Perito Moreno, no recuerdo haber sufrido en ningún otro rincón de la Patagonia. Con un valor agregado: aquí trepábamos demasiado expuestos y el piso era inestable. Las violentas y heladas ráfagas nos movían las piernas de lugar y nos hacían apoyar el pie donde no queríamos. El tibio sol apenas evitaba que se nos congelasen las manos y la cara. El ruido de nuestra ropa agitándose era ensordecedor. Por momentos debíamos tirarnos al piso por miedo a que una ráfaga nos mandara montaña abajo. A pesar de todo, cada tanto dedicábamos unos minutos a contemplar la villa, el valle del río Ibáñez y bien al fondo el lago General Carrera.
Alcanzamos finalmente el hombro oeste y nos asomamos a la laguna. Volvimos a disfrutar de aquella escenografía dominada por las agujas del cerro Castillo y sus pequeños glaciares. Uno no se cansa de verlo. La laguna estaba cientos de metros más abajo pero no era nuestra intención llegar hasta ella. Preferíamos pegar la vuelta; se nos acababa el tiempo y el clima no lucía muy amigable.
Decidimos bajar por el arroyo porque no íbamos a poder embocar nuestra improvisada ruta de ascenso ni de casualidad. Aquel pedrero era un viejo conocido nuestro y esta vez no habría extravíos. Le apuntamos derechito al campamento y en un par de horas aterrizamos. Literalmente.


HASTA SIEMPRE, CERRO CASTILLO
Tal como lo habíamos planificado, durante la mañana del cuarto día bajamos a la villa. Rápido y sin problemas. El sol inundaba el valle con su calor y nos hacía olvidar de sus días de escasa presencia.
Mientras esperábamos al bus que nos llevaría a Coyhaique, se nos antojó contemplar por enésima vez a ese cerro que desde la ruta o desde sus mismas entrañas nos cautivara en tantas oportunidades. ¿Habrá una tercera vez?, me preguntaba en silencio sabiendo que se acercaba la hora de la despedida. Por ahora solo queríamos una ducha, una suculenta cena y una buena cama. Ya íbamos a encontrar excusas durante los largos meses de invierno como para suponer que sí.


(1) Hay buses regulares que realizan este recorrido pero para ese día no había pasajes y no dejan viajar gente parada. Es un tema si uno llega sobre la fecha.
(2) Corporación Nacional Forestal. Vendría a ser como nuestra Administración de Parques Nacionales.
(3) El “tubito azul” estaba apenas saliendo del campamento y tenía el ancho de un dedo. ¿Cómo íbamos a verlo?


Para dormir barato
Hospedaje Doña Enriqueta-Freire 147-Coyhaique
Hospedaje Lautaro-Lautaro 269-Coyhaique
La Querencia-O’Higgins S/N-Villa Cerro Castillo
Hospedaje Ana Luz-Los Ñadis 569-Cochrane

Para comer barato
El Comedor-12 de Octubre 337-Coyhaique
La Querencia-O’Higgins S/N-Villa Cerro Castillo

La forma más rápida de llegar desde Bs. As. a Coyhaique es por avión vía Santiago de Chile, o mediante avión a Comodoro Rivadavia y luego micro a esta ciudad.

5 comentarios:

Leandro Gutiérrez dijo...

Como siempre Jak: excelente post!
Yo agregaría la foto nuestra dentro de la carpa al volver de la laguna Duff para que se entienda la situación climática (jajaja).
Hasta la próxima.

Felipe dijo...

Haré este trekking en Septiembre, se que el clima no sera de lo mejor pero ya he realizado algunos similares en la misma fecha... Alguna recomendación? Slds viajeros

Armando De Giácomo dijo...

Hola Felipe, este trekking en particular es sencillo, por lo tanto no hay demasiadas recomendaciones para hacer. Solo llevar capa para lluvia, sandalias de goma para el cruce de algún arroyo, buen calzado para agarrarse bien en los pedreros y todos los elementos que suelen llevarse para un recorrido de varios días.
Si vas a hacer el recorrido largo (está descripto acá: http://www.obsesionpatagonica.blogspot.com.ar/2006/03/lo-que-mata-es-la-humedad.html) tené en cuenta que en el Paso Peñón puede haber nieve y los pedreros también son complicados. Cuando nosotros estuvimos, todo el trayecto entre la ruta y el Campamento Río Turbio estaba plagado de cuncunas (en Argentina les decimos "gatas peludas").
En Villa Cerro Castillo hay una oficina donde te pueden informar sobre todo lo relacionado con este trek. Igualmente consultame sobre cualquier otro dato en particular.

Saludos y suerte!!

MARCELA dijo...

ME ENCANTO, CREO QUE HARE EL MISMO RCORRIDO PRONTO, ME ENCANTO EL RELATO Y DATOS PRACTICOS....

Armando De Giácomo dijo...

Gracias por comentar, Marcela.
No dudes en escribirme por cualquier otro dato que necesites.
Saludos.