sábado, 7 de marzo de 2009

Cómo llegar a Melinka y no morir en el intento

Llegábamos a Puerto Montt bastante bajoneados, el volcán Lanín nos había expulsado a 400 metros de su cumbre, y de regreso a la base recibimos una noticia demoledora: la travesía sobre la cara este del volcán -o sea, paso Tromen/lago Huechulafquen- aún no estaba habilitada para turistas. Brillante comienzo de vacaciones para Guille, Andy, Leandro, Sandra y yo. Sobre todo para Leandro, que había viajado exclusivamente para cumplir con estos dos objetivos.
Pero a Sandra y a mí nos quedaban dos semanas más de vacaciones para tratar de "enderezar la nave", como diría graciosamente el Bambino Veira. Por lo pronto dejaríamos un poco de lado las montañas e intentaríamos llegar hasta Melinka, un colorido pueblo de pescadores ubicado en el archipiélago de las Guaitecas, al sur de Chiloé.
 
Sin embargo, la mala suerte parecía seguir manipulando nuestro destino. En Angelmó nos sacudieron con otra noticia desmoralizante: el “Don Baldo”, el barco que al día siguiente (martes) saldría de Quellón hacia Puerto Chacabuco con escala en Melinka, zarpaba completo. “Pero si hace un par de días consultamos en Internet y todavía no se había llenado ni la mitad”, le protestamos airadamente a las dos empleadas de la naviera. A pesar de sus pocas ganas de aclararnos dudas, alcanzamos a arrancarles dos datos: que estaban con problemas en el sistema (excusa universal, je) y que el miércoles tendríamos chances en una segunda barcaza. Algo es algo, mascullamos.
“Yo mañana iría igual para Quellón...”, me confesó Sandra, mientras calmábamos penas cenando locos y jaivas en Angelmó. “...esas dos minas no sabían ni donde estaban paradas”, concluyó lapidaria. Aprobé la idea; si realmente no había lugar esperaríamos hasta el miércoles...
La cosa es que, después de atravesar íntegra la ondulada geografía chilota, arribamos con optimismo a Quellón. Aunque a decir verdad, ese martes, para mí, ya había arrancado mal. Y sí. A eso de las 3 ó 4 de la mañana se me desfondó la cama del hospedaje y aterricé estruendosamente en el piso. Suerte que el episodio no ocurrió en una cama marinera porque podía haber terminado en homicidio. Gracioso y humillante.
Pero volvamos a Quellón. “La oficina abre a las 15 horas”, nos dijo alguien en la puerta de la naviera, ubicada en plena costanera. Eran las dos menos veinte y en “teoría” el barco zarpaba a las 16. “DON BALDO COMPLETO”, rezaba un cartel pegado sobre el vidrio, y que confirmaba la versión recogida en Puerto Montt. Por supuesto, no éramos los únicos que pretendíamos viajar ese día a la cada vez más lejana Melinka. Con el correr de los minutos fue creciendo una cola donde se mezclaban locales y gringos, donde se mezclaban los afortunados que tenían reservas y los que venían “a la pesca”. Diría que estos últimos éramos mayoría.
Abrieron las oficinas. “¡¡Entren sólo los que tienen pasaje reservado!!”, ordenó un sujeto con pinta de encargado. Las agujas del reloj seguían corriendo y afuera nos hacíamos de grandes amigos. Julio, Cristóbal y Moisés pegaron nuestra onda y se armó una divertida charla. Los dos primeros eran chicos de Santiago y Concepción, y el último era un veterano poblador de Puerto Cisnes.
“¡Dicen que para mañana tampoco hay lugar!”, nos alarmó un mochilero que acababa de asomarse del congestionado local. Golpe de knock out. Significaba que no teníamos barcaza hasta la semana siguiente. O sea, había que volverse a Puerto Montt. "Tachame Melinka", hubiese dicho algún fanático a la generala. “¡¡Alguien nos está lechuceando el viaje!!”, disparé yo con más rabia que sentido común. ¿Plan B?
Pero el secreto consistía en no desesperar, porque todo iba cambiando de manera dinámica y un tanto misteriosa. “¡No entiendo nada, ahora están vendiendo para mañana!”, anunció alguien rato después, desmintiendo así el rumor anterior. En la jerga del fútbol significaba algo así como un empate agónico sobre la hora. Seguíamos con vida.
Triunfantes y con los pasajes en mano, con nuestros tres amigos chilenos salimos a buscar hospedaje, y de allí nos metimos en un restaurante para almorzar. El Don Baldo, a todo esto, postergaba su horario de salida para las 19.
“¡¡¡¡Conseguí pasaje para hoooooy!!!!”, nos recibió en la calle un eufórico Moisés, mientras el resto regresábamos de hacer unas compras en el pueblo. Y este simpático poblador de Puerto Cisnes no parecía un hombre de gastar bromas. ¿Qué corno estaba pasando, entonces? Volviendo a la comparación futbolera, nos daban un penal en el cuarto minuto de descuento para pasar a ganar el partido. Salimos corriendo hacia la agencia para ver si nos acompañaba la misma suerte. Ese tiro desde los 12 pasos había que meterlo.
Y fue gol, había lugar. Una a favor nuestro. En contra: en el hospedaje no nos quisieron devolver la guita. Diez lucas a la basura pero ¿quién nos quitaba la alegría de saber que en un par de horas estaríamos camino a Melinka. ¿Dije un par de horas? Mmmm...
El embarque era en el muelle principal, justo frente a la naviera, de manera que sólo hubo que cruzar la calle y acomodarse en la larga cola. El barco estaba allí, ocupando el centro de la bahía. Pero no tardamos en conocer la existencia de un nuevo e insospechado enemigo: la marea.
Lo explico más o menos rápido: el Don Baldo, además de seres humanos, también debía cargar y descargar autos y camiones. Con el mar en bajante le resultaba imposible acercarse a las rampas de desembarco. Por el calado. “¿Y a qué hora se va a producir la crecida?”, se nos ocurrió preguntar. “No antes de las 12 de la noche”, respondió una voz extraoficial. Bien. Me quedé pensando en qué ocuparíamos las 5 horas que nos esperaban a bordo. ¿Tendrían free-shop? De lejos se alcanzaba a ver una especie de contrabando hormiga de personas que abandonaban el barco en una chalupa, y de otras que subían. Personas sin auto, por supuesto.
“¿Cuánto tarda hasta Melinka?”, pregunté con una sola intención. “Unas 4 horas”, me contestaron. Hice cálculos. Supongamos que zarpara a las 12; ¡¡íbamos a llegar a las 4 de la mañana!! Recordé que alguien había dicho que los pobladores salían a recibir a los recién llegados para ofrecerles hospedaje. Sí, en horarios normales; ¿quién te va a venir a buscar de madrugada? ¡Ni los perros!(1).
“Señores, vamos a tener que embarcar en el muelle Conte”, avisó el encargado de la empresa a eso de las 8. “¿Y dónde queda?”, le preguntamos nerviosos. “A unos 4 kilómetros de aquí”, respondió. “Tranquilos, la empresa los va a llevar en un bus”, aclaró inmediatamente para evitar un linchamiento seguro.
Todos al muelle Conte. Ya eran cerca de las 9 y cada tanto se agregaba un nuevo protagonista: la lluvia.
En el muelle se armó la mateada postergada. Ya a esta altura nadie estaba seguro ni de cómo se llamaba. Quisimos refugiarnos en un enorme galpón pero nos echó el tufo a pescado. En medio de la negrura del mar se adivinaba la silueta del Don Baldo, desplazándose desde su antiguo fondeo hacia donde lo aguardábamos. Comenzaban a llegar también autos y camiones. Con los chilenos ya éramos una gran familia. Cristóbal contó que se bajaría una “parada” después que nosotros, en Raúl Marín Balmaceda, Moisés lo haría en su pueblo, y Julio seguiría hasta Puerto Chacabuco para llegar por tierra hasta Villa O’Higgins.
Embarcamos a eso de las 10. El Don Baldo apenas sobresalía del muelle, parecía estar apoyado en el fondo del mar. Adentro el salón estaba repleto, pero a no confundirse: muchos estaban esperando a la dichosa marea para agarrar sus autos y escapar. Se mezclaban los pasajeros nuevos con los viejos.
Para entretener a la turba impaciente, en unos televisores pasaban un recital de Shakira. Ingenuos si pensaban que ese show de gritos y contorsiones nos iba a calmar. Dimos vueltas y vueltas por el barco hasta que aterricé en mi butaca y me venció el sueño. Sería la 1. El Don Baldo soltó amarras a las 3.
Me despabilé a eso de las 7. La nave estaba detenida y había mucho movimiento; intuí que habíamos llegado a Melinka. Debíamos bajar a la bodega para desembarcar en chalupas. Otra vez la marea.
Salí medio dormido a la cubierta y, con los ojos hinchados, observé a un conjunto de casas bajas que, de a poco, dejaban atrás la penumbra. Fue una emotiva postal. Las primeras luces del nuevo día comenzaban a darle forma a ese pueblo al que tanto deseábamos conocer.
 
(1) Finalmente no fue tan así. Apenas pisamos Melinka nos abarajaron dos inofensivos borrachos que nos recomendaron un hospedaje. No sé si era el mejor, pero nos atendieron de maravillas. $14.000.- incluyendo desayuno, almuerzo, once y cena.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Que hermoso viaje. felicitaciones!
Fabiana del blog Destinos de Argentina

fernando dijo...

estimado amigo

he disfrutado su blog, es un excelente cronista, lamento sus peripecias para tomar el ferry a Melinka, para nosotros es pan de todos los dias, algun dia se pondra orden en la conectividad maritima, por ahora aun estamos cercanos a la edad de piedra (version maritima)

Fernando

Armando De Giácomo dijo...

Gracias por sus comentarios, Fernando.
En cuanto a las peripecias... Son la sal de las vacaciones. ¿De qué hablamos si no cuando regresamos de ellas?

Un cordial saludo.

Anónimo dijo...

Que buen relato!!!
tengo que viajar a Melinka y busco alojamiento, ¿cuál es el nombre del hospedaje?
saludos

Armando De Giácomo dijo...

Gracias x visitar mi blog!!
No me acuerdo el nombre del hospedaje; estaba sobre la costanera, casi al final. Era una casa pintada en un tono rojizo.
Hagamos una cosa: pasame tu mail a armandodegiacomo@hotmail.com y yo te reenvío un par de fotos para que lo puedas reconocer. ¿Te parece?
Saludos

Anónimo dijo...

muuy bueno el blog!
me encantaria ir a melinka, pero soy estudiante y no tengo muchas lucas...te acuerdas de cuanto cosataba el " Don Baldo"

Armando De Giácomo dijo...

Gracias x tu comentario!!
Encontré esta página que quizás te pueda servir. Están todas las tarifas y los horarios:
http://www.ayacara.cl/Barcos%20Puerto%20Chacabuco-Quellon.htm
Saludos.

Anónimo dijo...

Qque bien me encanto tu relato,yo viv alrededor de 10 años en melinka y me llego mucho el relato que hiciste a las peripecias que tuviste que pasar,me alegro que allas podido llegar.LO que es yo la ultima vez que intete llegar fue en vano estube embarcada y llega el piloto puede ser y nos dice ¡se nos averío unos de los motores!!¡plop!!hasta ahi llego mi viaje devuelta a mi casa.

pablo dijo...

cuanto se demoro de quellon a melinka en tranbordador

Armando De Giácomo dijo...

Hola Pablo, el transbordador demoró 4 horas. En el relato lo puse. Slds.