jueves, 18 de enero de 2018

La locura tiene dos ruedas (4ta. parte)

Tercera parte aquí.

PEDALEAR ES UN PLACER
Después de un rápido desayuno, a eso de las 10 ya estaba nuevamente en la ruta. Hasta el poblado de Peulla me esperaban poco más de 20 kilómetros que, por lo que fui observando, se presentarían llanos. El plan del día consistía en cruzar el lago Todos los Santos y finalizar la etapa en el paraje de Ensenada.
Camino entre Casa Pangue y Peulla.
Disfruté como loco del paisaje. La densa selva me escoltaba desde ambos lados del camino y los cerros me cautivaban con sus misteriosos perfiles. El cielo se despojó de los nubarrones, y con el calor del sol, los tábanos salieron a reanudar su faena. La batalla contra estas alimañas voladoras comenzó a plantearse más grave que de costumbre. Si difícil ya es espantarlos teniendo las manos libres, se convertía en tarea imposible -y riesgosa- hacerlo con las extremidades aferradas al manubrio. Una buena estrategia consistía en tomar velocidad para que los insectos no pudieran seguirme el tranco. De todas formas era un alivio momentáneo, en cuanto el terreno me frenaba volvían a hacerme compañía. A esta altura de las circunstancias ya empezaba a madurar una decisión que tomaría rotundamente al finalizar el viaje.
Sobre un puente de hormigón atravesé el río Peulla y sus aguas pasaron a mi mano derecha. El camino, por momentos, circulaba aprisionado entre el inmenso playón del río y unos escarpados paredones de roca abiertos a fuerza de dinamita. El excesivo peso de la bici no me impedía desarrollar una marcha relajada y tranquila.
Dejé atrás una extensa pampa y llegué casi sin esfuerzo a Peulla. Antes de acercarme al pueblo debí detenerme en Aduana y Carabineros para oficializar mi ingreso a Chile.
Hotel Peulla, en la villa homónima.
Sin entender los motivos, el encargado de revisarme el equipaje decidió tratarme con modales autoritarios y conductas policíacas de otros tiempos. Tal vez pensó que yo era un contrabandista o un narco. Evité toda reacción que pudiese acrecentar su pésimo carácter; un ser humano con una pizca de poder puede hacerle pasar un mal rato a cualquiera.
Continué pedaleando hasta acercarme al grupo de casas. Peulla es una villa netamente turística, y se nota al ver su enorme y elegante hotel. Está rodeada de empinados e impenetrables bosques, y su única comunicación con el resto de Chile es vía lago Todos los Santos.
Me arrimé al embarcadero pero el catamarán aún no daba señales de partir. "Zarpará a las 16", escuché por ahí. Miré mi reloj, faltaba una hora. A un costado del muelle descansaban tres mochileros -dos chicos y una chica- que, un tanto aburridos, aguardaban lo mismo que yo. Eran mendocinos y venían de atravesar el Paso de las Nubes(1). Habían llegado hasta allí gracias a la amabilidad de un camionero que los levantó en Puerto Frías. Como en todo encuentro fortuito de viajeros, cada cual hizo un breve racconto del camino recorrido y del que quedaba por recorrer. Los mendocinos recalarían unos días en Puerto Varas, y desde allí subirían en busca de las playas de Viña del Mar.

Volcán Osorno desde el lago Todos los Santos.
Tal como anunciaban, el catamarán soltó amarras a las 16. La bici había sido oportunamente asegurada sobre una de las cubiertas, y a bordo nos preparamos para disfrutar de un paisaje que prometía ser estupendo.
Luego de un par de virajes aparecimos en la zona media del lago. La proa quedó definitivamente apuntando al volcán Osorno, que lucía extraordinariamente despejado. Hacia el norte era posible contemplar también la particular silueta del cerro Puntiagudo. Sobre su ladera oriental se encuentran las termas de Callao, a las que se accede por lancha más unas 4 horas de trekking(2). Por estribor dejamos la isla Margarita, propiedad de los Roth, familia de pioneros que maneja este corredor lacustre desde 1913.
En poco más de dos horas arribamos a Puerto Petrohué. El desembarco significó la despedida de mis amigos mendocinos, quienes pasaban a formar parte de esa interminable galería de personajes que comparten un instante fugaz de nuestra ruta. Los mochileros se metieron en un micro y yo retomé mi sana costumbre de pedalear. Aun había buena luz y se me ocurrió ir a hacer algunas fotos a los saltos del río Petrohué, a sólo 6 kilómetros de allí.

Al salir de los saltos me encontré nuevamente con el viejo, querido y anhelado asfalto. Sin embargo, a los pocos metros advertí que no me iba a resultar tan fácil llegar a Ensenada. El terreno volvió a ondularse y a conspirar silenciosamente contra mis planes. Al menos, los últimos rayos de sol acariciando las nieves eternas del Osorno entregaban un cuadro que hacía más llevadero el trabajo.
Ensenada es un conglomerado de casas desparramadas a ambos lados de la ruta que bordea la costa sur del lago Llanquihue. La principal actividad en la zona es la pesca deportiva de truchas y salmones, razón por la cual abundan los bungalows y los campings privados. También se ve un antiguo hotel de estilo colonial alemán. "Vaya a lo de Don Nene", me recomendó un carabinero sin titubear, tras consultarle sobre algún hospedaje barato para pasar la noche. Hacia allí fui.
La vivienda, un tanto venida abajo, se hallaba sobre la margen sur de la ruta. Toqué la puerta y se asomó un hombre que de “nene” tenía sólo el apodo. Le sobraban ya como seis o siete décadas. Afortunadamente, su edad resultó ser directamente proporcional a su buena onda. Por un precio más que razonable me ofreció una habitación para mí solo, me guardó la bici en un galpón, y me dejó utilizar su cocina. Un buen corolario para un gran día, sin duda.

Continuará...

(1) Travesía entre Pampa Linda y Puerto Frías.
(2) Caminata realizada unos años más tarde y descripta aquí.

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