miércoles, 31 de diciembre de 2014

Camino a la fama

Mi lejana visita a la ciudad santacruceña de Puerto Deseado no obedecía a ningún deseo de aventuras sino más bien a una cuestión de índole familiar. Quería conocer el lugar que 50 años atrás les había dado trabajo a mi abuelo materno y a sus tres hijos varones. También me interesaba hacer un poco de turismo por sus alrededores y tomar contacto con aquellos viejos amigos que aun quedaban. Emotivo epílogo para un viaje que habíamos comenzado un par de semanas atrás con mi amigo Andrés en las montañas de El Chaltén.
Para llevar a cabo todas estas actividades contaríamos con la asistencia y la colaboración de uno de aquellos compinches de antaño: el inefable Pedro Urbano, más conocido como “Pedrito”. Sin que yo se lo pidiera, él sería el encargado, además, de convertirme rápidamente en una celebridad.
 
Twin Otter de la empresa LADE, que nos
llevó desde El Calafate hasta Puerto Deseado.
Para ubicarnos en el relato, bien vale hacer una breve reseña de la historia de los Donín. A mi abuelo León no lo llegué a conocer. Murió en 1953, siete años antes de mi nacimiento y pocas son las fotos que pude ver de él. Junto a su concuñado Natalio Kybryk, llegaron a Puerto Deseado en el año 1931 y tiempo más tarde se animaron a la empresa sus hijos Hildo, Cecilio y Armando, este último también fallecido antes de mi llegada al mundo.
Su negocio, la tienda “El Progreso”, abastecía de ropa y artículos de primera necesidad a los habitantes de la ciudad y a los de lugares tan distantes como Las Heras, Gregores, Río Gallegos o alguna estancia perdida en el mapa. Si habrán devorado kilómetros sobre la dura estepa patagónica a bordo de vehículos que nada sabían de la doble tracción y el aire acondicionado. Sólo hay que pensar en lo que cuesta llegar hoy a esos parajes para imaginar lo que debió haber sido hace cinco o seis décadas atrás.
 
Fachada de la que fue la tienda El Progreso.
“Lléveme a conocer el negocio”, fue lo primero que le pedí a Pedrito apenas subimos a su auto para salir de ronda. Me dio el gusto.
El local conservaba el estilo de las viejas casas de Deseado, en su mayoría construidas por picapedreros yugoslavos a principios del siglo XX. De todas formas no me conformaba con observarlo desde la vereda; le pregunté a Pedrito si podíamos entrar. Asintió. Supuse que a los nuevos dueños quizás les pareciese curioso conocerme.
Un matrimonio joven nos recibió de manera amable y escuchó mi historia con paciencia y simpatía. “Está todo muy cambiado”, me aclaró Pedrito al verme buscando fantasmas en las paredes. Y me lo imaginaba, el negocio había cambiado de rubro: vendía artículos para niños. El único sobreviviente de aquella época era un antiguo maniquí de sastre que yacía tirado en una de las habitaciones del fondo. Él encarnaba a ese envidiable espíritu de sacrificio y a la extraña locura de permanecer meses enteros sin ver a los seres más queridos.
 
“Este es tu abuelo”, me dijo en su negocio Alex Martinovic, mostrándome una vieja foto sacada en el Teatro Español de Deseado. Su tienda -“La Patagonia”- se dedicaba a los ramos generales y se hallaba a cuadra y media de la que fue El Progreso. En la imagen blanco y negro, mi abuelo aparecía sentado en la platea con unas gafas oscuras algo modernosas para la época. Se suponía que la placa era inédita, ya que ni en Buenos Aires la tenían. Martinovic me prometió sacarle una fotocopia y regalármela antes de que me fuera.
Estimulados por mi presencia, Pedrito y Alex se largaron a recordar anécdotas en las cuales el denominador común era la hombría de bien de don León. Tampoco faltaron las historias protagonizadas por mis tres tíos, en aquel entonces muy jóvenes y con inquietudes -y travesuras- propias de esa edad. “O tango o negocio”, se cuenta que lo emplazaba don Kybryk a Hildo cada vez que éste descuidaba su actividad laboral para dedicarse al canto.
Cada cliente que entraba a la tienda era tomado del brazo por el verborrágico Urbano y sacudido con un “¿sabés quien es él?”. Hasta que no se le develaba el enigma, el sujeto de turno me observaba con cara de “espero-que-sea-alguien-importante-porque-no-estoy-para-perder-el-tiempo”. Por supuesto, cuando me sabían como “el nieto más famoso de Deseado” se relajaban y hasta se atrevían a preguntarme alguna que otra intimidad familiar.
Como cumpliendo ya un protocolo de gira presidencial, acto seguido nos fuimos a ver a Ramón Fernández, alias “Ramonín”, dueño del mejor hotel de la ciudad, de una concesionaria de autos y de una estancia en las afueras. Precisamente Pedrito buscaba su autorización para que visitáramos su establecimiento. “La estancia es de ustedes, pueden ir cuando quieran”, nos dijo el hombre al momento de despedirnos.
 
Reserva Nacional de Cabo Blanco,
sobre el Océano Atlántico.
Para el segundo día, Urbano nos tenía preparada una visita al intendente. Los motivos no eran solamente mis consabidos lazos familiares con Deseado sino también laborales. Es que, gracias a la lengua traviesa de Pedrito, yo había desembarcado, además, con el exagerado título de “periodista especializado en turismo”. De hecho, esa misma mañana una camioneta de la Intendencia nos había llevado a conocer la reserva de Cabo Blanco. Lo cierto es que nuestro anfitrión nos recogió por el hotel y nos cargó hasta la municipalidad.
Al llegar a la dependencia, Pedrito se encargó de difundir mi identidad hasta al que servía el café. Esperamos unos minutos en la antesala de su despacho y su secretaria nos hizo pasar a los tres.
El intendente Diez era un hombre joven, a pesar de ello intentó poner cierta distancia. Junto a él estaba el Director de Turismo de Deseado, tal vez el principal interesado en la difusión que yo pudiera darle a la zona. El asunto se me pintaba serio y me comprometía a hacer algo al respecto. Urbano puso sobre el escritorio del intendente unas publicaciones mías que yo había traído ex profeso desde Buenos Aires y eso me tranquilizaba. Allí estaban mis firmas. Si algo me aterraba era pasar por chanta ó por un aventurero(1).
La solemne charla sirvió para agradecerle el viaje a Cabo Blanco y narrarle los aspectos más destacados de nuestra reciente aventura en la zona de El Chaltén. Naturalmente, a partir de aquí pocos temas -por no decir ninguno- nos ligaban al mandamás de la comuna, lo que comenzó a generar una situación algo endeble y confusa. Sin embargo, abandonar ese recinto no significaba volver a pisar sobre tierra firme: Pedrito ya nos había armado una entrevista en la radio.
 
Gruta de Lourdes, ubicada en las afueras
de Puerto Deseado.
“Hoy en nuestros estudios contamos con la presencia de Armando De Giácomo y Andrés B., quienes desde hace unos días andan de paseo por nuestra ciudad”, arrancó Mario Dos Santos desde su programa matinal emitido en vivo por frecuencia modulada. “Cuéntennos un poco el motivo de esta visita a Puerto Deseado”, inquirió con entusiasmo contagioso. El escenario era el clásico habitáculo vidriado lleno de micrófonos, consolas y aparatos electrónicos. La emisora funcionaba en una vieja casona a pocas cuadras del centro.
Tomé la palabra y me largué a relatar con pelos y señales la saga completa de los Donín. El locutor me seguía con atención y colaboraba con preguntas que hacían ampliar mi historia y hasta desempolvar recuerdos archivados. Parado detrás del vidrio, Pedrito disfrutaba como si fuera el manager de una estrella de rock o de cine. El pobre Andrés permanecía a mi lado y contemplaba la escena con asombro. Apenas se animó a hablar cuando Dos Santos quiso saber, y hacerle saber a su audiencia, de qué manera se había desarrollado nuestro periplo de aventuras en la provincia de Santa Cruz. Relatamos lo más sobresaliente del viaje y hasta deslizamos alguna opinión sobre el diferendo limítrofe con Chile por Lago del Desierto(2).
Dos Santos me despidió formalmente y dio paso a un flash informativo. Durante el corte casi diría que el reportaje siguió. La conversación giró hacia mi actividad como dibujante humorístico, lo que provocó dos cosas: que el operador de sonido me mangueara una caricatura y que el locutor me diera entrada para un segundo bloque explicando lo mismo pero al aire. Me lo tuvieron que sacar entre cuatro el micrófono(3).
 
Barcos amarrados en la ría.
Al salir de la radio le pedí a Pedrito un favor especial. Un poblador de Lago del Desierto me había dado una carta de agradecimiento para el fiscal Marcos Oliva Day y quería entregársela personalmente(4). Deseaba conocer, además, al hombre que, junto a su esposa, había llegado en kayak hasta la Isla de los Estados cruzando el tempestuoso estrecho de Le Maire.
“Les presento al Luisito Piedrabuena de Deseado”, se ufanó Urbano al entrar al despacho de Oliva Day, refiriéndose a aquel intrépido navegante que surcara nuestros mares australes a mediados del siglo XIX. Por el gesto del fiscal interpreté que consideraba cómica y exagerada la comparación. El hombre, en apariencia introvertido, nos estrechó su mano y se entregó unos minutos al diálogo. Nos preguntó cómo andaban las cosas en Lago del Desierto y en ningún momento se dio pie para hacer alarde de sus heroicas aventuras. Que las tenía y en cantidad.
Tratamos de robarle alguna historia, alguna anécdota de viaje. Nos confesó tener entre manos una expedición en kayak a través del lago San Martín con el propósito de internarse en uno de sus solitarios brazos. También se interesó por mi comentario sobre un artículo que hablaba de la etnia alacalufe de Puerto Edén. Eximios navegantes como él. Prometí enviárselo(5).
“¿Ah, vos sos el nieto de León Donín?”, irrumpió un conocido del fiscal, quien desde hacía un instante se había acoplado a la charla. “Te acabo de escuchar por la radio”, agregó entusiasmado.
La espontánea acotación del visitante hizo que nuestra breve estadía en la oficina de Oliva Day culminara con una sonrisa y también con una certeza: la de saber que en Puerto Deseado la fama no era puro cuento.
 

 
(1) A fines de ese mismo año publiqué un artículo sobre Puerto Deseado en la revista Aire y Sol.
(2) Pocos meses atrás, un tribunal internacional había fallado a favor de Argentina.
(3) A los pocos meses de este viaje, colaboré con dos ilustraciones para el diario local El Orden.
(4) Estando en Lago del Desierto, Oliva Day le había regalado uno de sus kayaks.
(5) El destino quiso que me encontrara un par de veces más con este hombre, no en el Sur sino en el almuerzo anual de los residentes deseadenses en Buenos Aires. Allí tuve el inmenso honor de que Oliva Day me presentara ante sus conocidos como “un gran aventurero de la Patagonia”.
 

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