lunes, 12 de enero de 2015

Allá lejos y hace tiempo (1ra. parte)

Quienes siguen habitualmente este blog, han leído ya decenas de relatos de aventuras y otra tanta cantidad de anécdotas. Es decir, el resultado de 25 años de transitar incansablemente por el Sur argentino y chileno. Pero como bien dije recién, se trata del resultado, de la consecuencia de algo que se gestó hace mucho. Por eso, tal vez sea el momento de retroceder en el tiempo y contar cómo y dónde empezó este berretín por las montañas de la Patagonia.
 
Hotel Llao Llao, postal típica de Bariloche.
COMIENZO DE LA OBSESIÓN
Mi primer viaje a la Patagonia, más precisamente Bariloche, fue en otoño de 1984 y no por iniciativa propia sino por decisión familiar. Recuerdo que realicé los paseos típicos de todo aquel que aterriza en esta bella región por primera vez: el cerro Campanario, la Isla Victoria, el Bosque de Arrayanes... También alcancé a visitar otros lugares un tanto más originales en los que sentí la montaña y la naturaleza en la piel. De esa manera me emocioné profundamente al recorrer el Valle de los Vuriloches y me divertí como un chico practicando rafting en las cristalinas aguas del río Limay. Nada mal para empezar.
Regresé del Sur entusiasmado. Algo se había puesto en marcha en mi inconsciente más profundo; fue como si hubiese estado toda mi vida esperando conocer un lugar así. El virus de la Patagonia se había instalado silenciosamente en mi organismo, y con el tiempo se encargaría de transformarlo en “enfermedad”.
 
Refugio en el cerro López.
Aun así, cuatro años pasaron para que pudiera reencontrarme cara a cara con la región del Nahuel Huapi. Y fue durante esta segunda estadía cuando comencé a tener noticias de un Bariloche distinto; el Bariloche de los refugios, los senderos y las cabalgatas por valles remotos. Me llamaba la atención el frente de cerros que, de este a oeste, se levantaba como un mudo y misterioso decorado. El cerro Ventana, el Catedral, el Goye, el López, el Capilla... todos fascinantes, pero ¿qué había detrás de ellos? era la pregunta que me obsesionaba. No me alcanzaba con haber visitado Pampa Linda y más tarde Puerto Blest; yo quería saber qué había en el medio, allí donde los mapas no mostraban camino alguno sino valles perdidos y lagunas ignotas. Extraños panfletos pegados en la ciudad promocionaban algo llamado “trekking”, una nueva actividad que parecía ser la llave para entrar a ese mundo oculto. Lo cierto es que apenas nos alcanzó el tiempo para trepar hasta el refugio del cerro López y bajar en el día. Debíamos partir rumbo a Esquel, y mis dudas, junto al resto del equipaje, volverían intactas a Buenos Aires.
 
Refugio Emilio Frey, bajo las agujas
del cerro Catedral.
Transcurridos algunos meses de aquel segundo viaje, y mientras yo seguía devorando mapas hasta aprendérmelos de memoria, ocurrió un hecho insólito. Un buen día, en el suplemento de un diario capitalino, leí un aviso que sacudió a mi brioso pero a la vez frustrado espíritu aventurero: “CICLO DE AUDIOVISUALES ORGANIZADO POR LA MUNICIPALIDAD - 1º SÁBADO DE MAYO: ‘TRAVESÍAS EN EL PARQUE NACIONAL NAHUEL HUAPI’ A CARGO DE…” y a continuación venía el nombre del tipo y la hora del encuentro. ¿Quién puede ser capaz de exponer semejante tema aquí, en la fría y otoñal Buenos Aires? me pregunté descolocado. Sin sospecharlo, estaba frente a una pequeña señal del destino.
Fui. La cita de honor era en la Casa del Lago, frente al viejo KDT, en los bosques de Palermo. La charla estaba comandada por un tal Jorge González, hombre dedicado a las actividades de montaña y, como luego quedo demostrado, veterano trajinador de la Patagonia.
Las diapositivas comenzaron a desfilar en un clima de respetuoso silencio, mientras su autor, con gran elocuencia, nos paseaba por un reino mágico, oculto y lejano. Se escuchaban nombres apenas conocidos y nombres nuevos: refugio Frey; valle del Rucaco; laguna Jakob; valle del Casalata; refugio Otto Meiling; Paso de las Nubes; etc. etc. etc…
Finalizada la función, no abandoné el auditorio sin antes acribillar a medio mundo con preguntas: ¿Cómo llegar? ¿Cuántas horas de marcha? ¿Qué dificultad tienen? ¿Existen libros ó guías? Los cansé.
Esa noche, de vuelta en casa, agarré los mapas, las pocas fotos que tenía y repasé una y mil veces todo lo visto y oído. Me sentía preso de mi propia ansiedad. Quería volver al Sur ya.
 
Valle del arroyo Casalata, entre la laguna Jakob
y el lago Mascardi.
Durante ese mes las charlas continuaron, y yo concurría religiosamente a una por una. Los temas eran variados pero todos relacionados con el Sur y la aventura o la exploración. La fascinación seguía latente.
Entrado el invierno, el ciclo vio su fin y no tuve otra alternativa que seguir averiguando por las mías hasta que llegara el ansiado verano. No fue poco lo que pude investigar, sin embargo, todo pasaba por el aspecto logístico; entraba en contacto con una actividad, al menos para mí, completamente nueva, y se requería de gente y equipo especial. Sobre todo gente.
 
El calorcito se hizo presente pero me encontró con las manos vacías, producto de la previsible falta de acompañantes, de la ausencia en ese momento de grupos organizados que coincidieran con mi objetivo y de mi incapacidad para encontrarle la vuelta al problema. El esperado verano pasó así con más pena que gloria, pero fue sólo un período “sabático”; para el año siguiente el destino me prepararía grandes cosas.

Continuará...

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