Recuerdos de un valle solitario y amable

Hace unos días terminé de ver en YouTube el documental "El Turbio", que aborda la eterna puja entre las comunidades que habitan desde siempre en áreas protegidas y parques nacionales, y los que reclaman esas tierras invocando la protección del medio ambiente.

El Turbio está enclavado en los confines de la provincia de Chubut. Se trata de un valle atravesado precisamente por el río homónimo, el cual nace sobre el límite con Chile y desagua en el extremo sur del lago Puelo. No es sencillo llegar. Primero hay que acercarse hasta el extremo norte del lago, cruzarlo en lancha, y finalmente caminar algunas horas por senderos y terrenos agrestes.

El documental me trajo agradables recuerdos, ya que recorrí esa pequeña comarca en enero de 1993. Allí pude conocer a varios integrantes de aquella comunidad, entre ellos a Conono Fernández, uno de los personajes de esta historia.

En 1996 comencé a escribir un libro sobre los viajes que realicé entre 1990 y 1995, y naturalmente allí volqué también mi experiencia en el valle del Turbio. Por desgracia la obra nunca vio la luz(1), pero gracias a esos textos hoy puedo traer al presente historias y detalles que, con el paso de los años, se habrían esfumado de mi memoria.

A continuación comparto ese fragmento.

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POPEYE, EL MARINO

Desde el Parque Nacional Los Alerces viajamos sin escalas hasta El Bolsón. Mis compañeros de aventura eran Gaby, Claudia y Adrián. El plan era recorrer los 20 kilómetros que nos separaban del lago Puelo y cambiar el vehículo por una lancha que nos cruzaría hasta su cabecera sur. A partir de allí recorreríamos el solitario y desconocido valle del río Turbio. Desconocido para el turismo masivo, claro, ya que, gracias a relatos de montañistas, sabía que en él vivía un reducido grupo de gente y había paisajes maravillosos para conocer.

La ruta finalizó en la costa norte del lago Puelo. En el camino pasamos junto a extensas plantaciones de lúpulo y atravesamos un pueblo llamado como el lago. También cruzamos el límite entre las provincias de Río Negro y Chubut. El paso del tiempo y la distorsión de la memoria me hicieron notar ciertos cambios respecto a mi visita a este mismo lugar años atrás. Del viejo y desvencijado muelle de madera quedaba solo el recuerdo. Su lugar lo ocupaba otro más nuevo, construido en cemento, más resistente. Por suerte el cerro Cubridor y el Tres Picos seguían ahí, inmóviles, dándole al lugar esa identidad inconfundible.

Cerro Cubridor, y detrás el Tres Picos.

El lago Puelo era cruzado por dos embarcaciones, un lanchón de excursión de presupuesto accesible -la "Juana de Arco"-, y una pequeña lanchita de uso exclusivo y tarifa acorde a esa condición. No había mucho que pensar si no fuera porque las leyes de Murphy son implacables en cualquier lugar del planeta. La colectiva ese día no se movería, y tuvimos que aceptar mansamente que el berretín de llegar hasta el otro extremo del lago nos iba a costar más caro. Cerramos el coche y con las mochilas al hombro caminamos por el muelle hasta dar con nuestro capitán de turno.

El barquito se llamaba "Popeye", pero no era un nombre de fantasía, juro que ese aparato se había escapado del mismísimo dibujo animado. El timonel era un hombre morocho, de bigotes, y aparentaba ser de esas personas, que aunque silenciosas, conocían vida y misterios de todo lo que lo rodeaba. Junto a nosotros subió una pareja de aspecto extraño. La chica vestía demasiado llamativa para el lugar. Ignoro a donde irían.

Acomodamos las mochilas y zarpamos. Las aguas del lago parecían hervir. Al pesado viento que arremetía desde Chile por el brazo oeste le faltaba poco para recibirse de tifón. El "Popeye" se sacudía como una débil hoja en la tormenta. "A veces es imposible zarpar por los fuertes vientos", confesó el capitán muy serio. ¿Acaso soplaba más fuerte? El barquillo domaba las olas con absoluta paciencia. Las mochilas se zamarreaban un poco y nosotros también.

A medida que avanzábamos, los cerros del poniente comenzaron a protegernos de las corrientes de aire y las aguas se aquietaron. Al este, entre las huellas del recordado incendio del ’87, se abría otro brazo que traía las aguas del lago Epuyén, ubicado en un valle cercano.

Por un lógico fenómeno de perspectiva el cerro Tres Picos se ocultaba sigilosamente detrás del Cubridor, y frente a la proa nos aguardaba una costa baja y poblada de álamos. La ausencia absoluta de viento convertía a la cabecera sur del lago en una gran mancha de aceite, extraña contracara de lo que sucedía en su extremo opuesto.

Muelle del extremo sur del lago Puelo.

Nos arrimamos a un muellecito de madera. Observé mi reloj. Nuestra aventura en el lago nos había demandado no más de dos horas. Saltamos a tierra firme sin olvidarnos de un fino detalle: "en dos días pase a buscarnos", le pedimos al capitán por si no estaba en sus planes.

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EL PRIMER ENCUENTRO

Nos internamos por una huella que torcía hacia la derecha y se acomodaba paralela a la costa. Para ser sincero, el entorno se veía demasiado agreste y espinoso. Los escasos lugares para acampar estaban sorpresívamente ocupados por gente. Dejamos las mochilas en el piso y salí con Adrián a buscar suerte.

Armamos las carpas en el último claro que quedaba libre. Cien metros nos separaban del lago pero los caminábamos con gusto con tal de no permanecer en ese laberinto de pinches y abrojos. Escondidas por ahí se veían dos cabañas hechas en madera que se usaban para alquiler.

Panorama del extremo sur del lago.

Nos sentamos a almorzar en la playa y al rato se escuchó un rumor de caballos y carretas que se avecinaban. La procesión estaba formada por un grupo de lugareños que al pasar frente a nosotros se detuvo. Uno de ellos bajó del caballo y se acercó a nuestro lugar de picnic. El hombre nos extendió su mano a cada uno y se presentó como Conono Fernández.

Él y sus compañeros eran habitantes del valle del Turbio que se acercaron al muelle a recoger provisiones. Recordé unos artículos aparecidos en revistas de montaña que hablaban de ellos, en especial de un tal Fernández. Le pregunté si era él el famoso personaje en cuestión. "¡Ese es mi hermano Marcial!", me contestó eufórico al enterarse de que el mundo sabía de su existencia.

Los tábanos estaban volviendo locos a los caballos y a los bueyes que tiraban del catango. Tenían que partir. Nos ofreció pan, cerezas y dejó flotando una invitación para que pasáramos a conocer su casa, según él no muy lejos de allí. Nos confió que la senda seguía más allá de su chacra, y a través de ella era posible llegar hasta la base del cerro Tres Picos y divisar al conjunto de glaciares que daban origen al Turbio. Prometí visitarlo.

El grupo se alejó tan lentamente como había llegado y nos dejó la reconfortante sensación que produce encontrar seres humanos no contaminados.

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Pasamos horas sin hacer nada. La mateada de la tarde volvió a tener como escenario la playa, y fue animada por los intentos de Adrián por sacar una trucha con alguna de las cucharitas que le quedaban. El lago se mantenía asombrosamente planchado. La atmósfera también. El crepúsculo nos sorprendió meciéndonos en los viejos botes que descansaban amarrados al muelle, y viendo como los últimos rayos del sol enrojecían la lejana cresta del Piltriquitrón.

Reina la calma en el lago.

LA VECINDAD DE DON FERNÁNDEZ

La idea de acercarnos hasta la base del Tres Picos era aprobada a medias por mis compañeros, quienes veían mas factible otro día de holgazanería en la playa. De todas formas echamos mano a un par de mochilas y después del desayuno emprendimos la marcha.

Tomamos el amplio sendero para carretas y en pocos minutos aparecimos en un inmenso playón de piedras blancas por donde corría el caudaloso río Turbio repartido en varios brazos. No era necesario cruzarlo, aunque para seguir tuvimos que sortear a un afluente haciendo equilibrio sobre un ciprés caído.

Playón del río Turbio. Al fondo asoma el cerro Plataforma.

La senda se mantenía ancha y plana, pero a pesar de esta ventaja mis amigos no demostraban gran interés en continuar. Menos interés les despertó el primer cambio de pendiente. Por sus miradas cargadas de picardía y sus muecas de desgano imaginé que a partir de aquí debía arreglármelas solo. Lo lamenté mucho, pero no estaba en mi ánimo cuestionar sus decisiones.

Salí a un descampado. Una manifestación de bandurrias me sobrevoló un buen rato emitiendo sus inconfundibles graznidos, y me acompañó hasta el inicio de un laberinto de tranqueras. Un grupo de vacas me observaba con curiosidad.

Algunas viviendas de los pobladores.

Crucé una cerca y una troupe de perros me recibió en pie de guerra. "A este fulano no lo vimos nunca por acá", habran pensado confundidos. El escándalo de ladridos era atronador, aunque el chistido de un corpulento paisano lo fue más, e hizo que la ruidosa jauría desapareciera silbando bajo. El hombre se paró frente a mí con los brazos en jarra. No se lo veía mucho más amistoso que los perros.

-Busco la casa de Fernández -le dije sin mostrar duda.

-¿Conono? Venga por acá -me dijo al instante con voz campechana pero demostrando autoridad.

Lo seguí a lo largo de 50 metros hasta que me dejó frente a una vivienda. Entre tanto revuelo, Conono ya había salido a pispear qué pasaba. El otro paisano, discreto, cumplida su misión pegó la vuelta. Fernández me invitó a pasar a su modesta casa.

En la cocina estaban sus hijos y su esposa, quien preparaba queso casero en una enorme palangana. Al percibir mi curiosidad, en un instante se animó a resumirme el secreto de su elaboración. En teoría parecía sencillo, aunque estaba bien seguro que, de intentarlo, jamás me saldría igual.

Conono y yo pasamos a la sala grande y nos sentamos a tomar unos amargos. También me convidó pan casero con dulce de leche. Siempre sostengo que la gente de campo posee un sexto sentido para detectar la vibra de las personas. Por eso, tamaña invitación me hizo sentir honrado.

Hablamos bastante. En ningún momento dejaba de tratarme de usted. Yo me sentía incómodo, pero entendí que era su manera de demostrar respeto hacia mi persona.

-¿Qué edad tiene, Conono? - le pregunté intrigado.

-36 años -me contestó sin titubear.

Cuatro más que yo nada más, pensé. Empecé a tutearlo, me pareció muy joven para continuar con el formalismo.

Una chica de veintipocos años cruzó la puerta sin anunciarse. Entró y salió de la cocina, y después de saludarme se enganchó con confianza por unos minutos en la rueda de mates. Sus rasgos y actitud delataban a las claras que no pertenecía al lugar, a ese ambiente. No me equivoqué. La chica venía de Bella Vista, provincia de Buenos Aires, para hacerse cargo de la escuela de la zona. Mientras aguardaba el inicio de las clases se ponía a tono con las tareas rurales. Estaba aprendiendo a sembrar y cosechar verduras y a fabricar dulces. Indudablemente debía tener un espíritu especial para comulgar con esa vida. Una cosa es cambiar Buenos Aires por Bariloche o San Martín de los Andes, pero radicarse en una comunidad situada a 20 kilómetros del pueblo más cercano y con un lago de por medio, era digno de admiración.

Conono me contó que eran casi autosuficientes en cuanto de alimentos se trataba. Sólo algunas mercancías como la harina eran traídas cada tanto desde el pueblo.

-¿Hay algún médico aquí… algún veterinario? -pregunté por curiosidad elemental.

-No -contestó tajante, sin siquiera mover su bigote negro-. Aquí no existen las enfermedades -pretendió explicarme orgulloso, casi con una sonrisa en la boca.

Fingí creerle. No quería o no me animaba a desafiar su lógica del aislamiento.

Corté la interminable ronda de mates por temor a morir ahogado. La charla se tornó interesante pero tenía que irme; si pretendía llegar hasta la base del Tres Picos no debía demorar en reiniciar la marcha. Le compré un pan para almorzar en el camino y nos despedimos con un hasta siempre.

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VALLE ADENTRO

Dejé la zona de fincas y tranqueras, y con rumbo sur comencé a trepar por la falda occidental del Cubridor. Por allí andaba la escuela donde trabajaría la maestra de Bella Vista. El bosque me encerraba de a poco. En los claros podía ver a mis espaldas al lago Puelo y desde una posición cada vez más alta. El Turbio también se mostraba de a ratos sobre mi derecha y bien abajo.

El río Turbio corriendo bien abajo.

En una hora de marcha alcancé una pequeña planicie elevada desde la que se dominaba todo el valle. Dos hombres junto a una cabaña me miraron como a un fantasma. Uno de ellos con el torso desnudo se peinaba frente a un pedazo de espejo roto. Les expliqué hacia donde iba y les pedí consejo. El del peine miró hacia el fondo del valle y se largó a hablar con la actitud de quien le va a dar el gusto a un loco. Me advirtió que más adelante la picada se bifurcaba y el brazo de la derecha bajaba directamente al río. En consecuencia me recomendó conservar la izquierda para no perder altura y así tener mejores vistas. El otro paisano, más pesimista, vaticinó que si no me apuraba me devorarían las sombras.

Al ganar altura se empezaba a ver el lago Puelo.

El bosque a partir de aquí se tornaba alucinante. Pequeños arroyitos cruzaban la huella y hermosos sitios para acampar se sucedían cada tanto, haciéndome lamentar de no estar allí con mis amigos y las carpas. También pasé varios puestos abandonados, vestigios de una mayor actividad rural en el pasado.

Antiguos puestos de pobladores.

Mientras atravesaba una pradera fuí sacudido por potentes bramidos que se amplificaban dramáticamente con la acústica de los paredones de roca. ¿Sasquash en el valle del Turbio? Las responsables eran un grupo de vacas, que escondidas entre los arbustos me observaban completamente ajenas a mi fantasía.

La pradera de las vacas dio paso a un alto bosque quemado. Desde allí pude ver al Turbio torciendo hacia el oeste y, al fondo, a las imponentes masas heladas que cerraban un paisaje que sólo el viento se animaba a recorrer. La atracción que ejercían esos glaciares era irresistible. A la izquierda, y mucho más cercano, se recortaba el curioso cerro Plataforma. Dicen que sobre su extensa y aplanada cumbre es posible hallar fósiles marinos.

Playón del Turbio y al fondo los cerros limítrofes.

Sabía que por ese río se habían internado las expediciones que buscaban su nacimiento en un lugar llamado La Horqueta, paraíso de la escalada en roca. Sabía que lo habían hecho a caballo debido a los constantes cruces del Turbio y al peso de los equipos. El cielo permanecía gris y parejo. Si me quedaba quieto comenzaba a sentir una atmósfera fría y húmeda. Las nubes altas dejaban al descubierto todas las cumbres circundantes y alejaban la posibilidad de una lluvia.

Me senté a comer frente a ese paisaje al que tanto deseaba ver. Detrás mío y más allá del bosque quemado se levantaba el Tres Picos, pero ignoraba por dónde continuaba el sendero y ya no había tiempo para poder seguir.

Fuchsia magellanica o chilco, flor típica de los bosques húmedos de la Patagonia.

Pegué la vuelta. Sólo me demoré tomando algunas fotos y apurando un jarro de sopa dentro del bosque. Mi único temor era errarle al camino pero mi memoria visual respondía sin inconvenientes.

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SORPRESAS EN LA NOCHE

La noche en el campamento se presentó inmejorable. Una calma absoluta nos permitió hacer la sobremesa en la playa junto a un fogón. Todos íbamos siendo invadidos por un agradable sueño hasta que el cielo decidió acaparar nuestra atención con una inquietante sorpresa. Hacia el sudoeste, apenas por encima de la cordillera, descubrimos un gran halo de luz que se desplazaba lentamente hacia el norte manteniendo su altura. Era como esa aureola que envuelve a la luna antes de una lluvia pero sin la luna. Con mezcla de asombro y excitación acompañamos su extraño derrotero hasta que se esfumó a la altura del cerro Aguja Sur, o sea, hacia el noroeste. Hubo tantas teorías como testigos presentes: tal vez una nave extraterrestre, tal vez resplandores provenientes de algún cementerio indígena, tal vez  la Ciudad de los Césares... Lo único cierto es que tanto en la Patagonia argentina como chilena suceden cosas extrañas y se podría hablar largo rato sobre el tema.

Cerro Aguja Sur.

Alguien avisó que era hora de ir a dormir y con pena fuimos apagando las brasas. Nos retiramos a las carpas dejando a nuestras espaldas la negrura, la inmensidad y el silencio del Puelo. Y un gran interrogante que, hasta el día de hoy, permanece sin responder.

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Zarpamos de regreso al día siguiente y cerca del mediodía. El valle del Turbio fue cobrando extrañamente dimensión a medida que nos alejábamos. Y más aún por saber que al pie de esos cerros un grupo de almas latía en silencio. Dura la vida de esa gente. Sufrida. Como si se tratara de un paliativo para mi conciencia, me quedé con una de las frases de Conono: "Aquí no existen las enfermedades". Si él lo decía…

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(1) En 2016, el Consejo Profesional de Ciencias Económicas me editó un libro de fotos en el cual pude introducir muchos de esos textos.

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