lunes, 24 de octubre de 2005

Enemigos íntimos

¿Quién, estando de vacaciones de verano en el Sur, no ha sufrido alguna vez el acoso de los tábanos? ¿Quién no ha tenido deseos de exterminarlos sin la más mísera piedad? Bienvenidos al club, entonces.

 

Intrigados por mis aventuras patagónicas, amigos y conocidos me interrogan infinidad de veces sobre la peligrosidad de la fauna autóctona, a los que les respondo que tales peligros no existen. No hay serpientes, no hay arañas venenosas, no hay insectos transmisores de enfermedades, y la escasa fauna huye -y con justa razón- ante el paso del hombre. Los únicos que rompen los huevos y con ganas son los insoportables tábanos.
¡¡Están en toda la Patagonia, los muy malditos!! Los hay chilenos y argentinos, vale aclarar. La variedad nacional es como una abeja pero con rayas grises y negras. Los de fabricación trasandina asustan; son el doble de tamaño de los nuestros y lucen un color negro lustroso con manchitas amarillas. Parecen aceitunas negras con alas y aguijón. De todas maneras no hay que confiarse, estos turros se ríen de los controles fronterizos y cada tanto se cruzan a uno u otro lado de la cordillera sin siquiera actualizar el pasaporte.
Nadie sabe mucho acerca de los tábanos pero hay algo seguro y lo he comprobado yo mismo: entre mediados de Diciembre y fines de Enero te violan. Así como lo digo. En lo que a mi respecta no me agarran más. Salvo causa de fuerza mayor, la Patagonia jamás me verá el pelo durante esta época del calendario.
Es bueno saber que para esta especie del demonio las variables climáticas influyen bastante en su comportamiento. El viento, el frío y la lluvia los ahuyentan; pero si hay sol y hace calor... ¡¡¡prepárense para la guerra!!!
Matarlos es tarea sencilla pero requiere rapidez y decisión. Si bien son más pesados que moscas y mosquitos cuando de escaparle al manotazo se trata, tampoco son tan giles como para quedarse a esperarlo. Para mi gusto, el método más limpio consiste en aplicarles una palmada corta y seca, dejar que caigan al suelo, y una vez allí saltarles encima. Y es importante pisarlos porque los tábanos, contrariamente a lo que parece, casi siempre caen vivos y tras recuperarse del aturdimiento levantan vuelo y vuelven otra vez a romper las pelotas. La palmada demasiado violenta, en cambio, constituye un método sucio; los tábanos, sin duda, fallecerán en el acto, pero nos quedarán como un huevo frito sobre la piel ó la ropa y su juguito pegado en toda la mano.
Hay otros métodos de exterminio pero no me animo a divulgarlos. Horrorizaría por igual a ecologistas y genocidas.

2 comentarios:

Leandro Gutiérrez dijo...

Muy bueno Jack. EStoy en un cyber llorando de la risa y la gente me mira como si estuviera loco. Decime... te hicieron dunga dunga los tábanos.
Hasta la vista. Ah, y entrá al mio que va a haber algo lindo para recordar. Ya lo tengo escrito, pero no me subían las fotos.

Armando De Giácomo dijo...

No, no llegaron al extremo del "dunga-dunga", pero te quiero ver con veinte tábanos corriéndote de atrás para arrimarte el aguijón? ¡Flor de trauma te queda!