lunes, 24 de octubre de 2005

De timonel a marinero raso



Enero de 1995. Unos primos lejanos que viven en Bariloche aprovecharon que andaba medio al pedo por allí para invitarme a correr una regata en el Nahuel Huapi. Sabían que yo era timonel y que me apasionaba la náutica. Por supuesto, acepté; pensé que sería una buena propuesta como alternativa a los duros trekkings por la montaña. Iluso de mí.

La cita fue un viernes al mediodía en el Club Náutico Bariloche. Cafecito de por medio, mis primos Gabriel y Martín me pusieron al tanto de los vericuetos de la competencia, que se desarrollaría a lo largo de viernes, sábado y domingo en el gran lago. La cosa era así: en una primera etapa uniríamos Bariloche con Piedras Blancas, en la isla Victoria, y en una segunda Piedras Blancas con el Country Club Cumelén, al toque de Villa La Angostura. Una vez arribados se correrían un par de triángulos olímpicos cerca de la costa.

Tras algunas gestiones decidieron que correría junto a Martín en el "Jaque Mate", un velero de 27 pies que figuraba entre los candidatos. Gabriel lo haría en el "Lucero del Alba".
Abordé tímidamente mi barco y recibí la bienvenida del resto de la tripulación: Pablo, Ian, Gonzalo, y Carlos, este último dueño del "Jaque". Exceptuando el capitán, que arañaba los 60 pirulos, el resto promediaba los 22.
En el cielo no había una nube pero en el lago el oleaje era más que respetable. Yo, que había llegado de pantaloncitos cortos, empecé a mirar con preocupación a mis compañeros que, con rostros de velorio, iban colocándose los trajes de agua y los chalecos salvavidas. "¿Así vas a navegar vos?", me preguntó irónicamente uno de ellos. "En el medio del lago no te van a alcanzar las manos para darle al ron", agregó lapidario. Temblé. Sacaron de por ahí un traje que sobraba y me lo prestaron. Con dificultad me coloqué también un viejo salvavidas.
La largada estaba prevista para las tres. Lentamente salimos al lago a testear la fuerza del viento y a elegir las velas.

Sonó la sirena y se largó la competencia. Una decena de barcos puso proa a la isla Victoria y se acababa la joda, había que laburar.
Unas olas enormes golpeaban el casco y la escora (inclinación del barco) era importante. De a poco fui descubriendo la personalidad y la función de cada uno en el barco. Martín casi monopolizaba el timón, Carlos lo secundaba y un poco ayudaban Ian y Gonzalo. Los que no timoneábamos -por incapacidad, por supuesto- permanecíamos inmóviles, sentados sobre la banda de babor en la difícil misión de reducir la inclinación del barco.
Amargamente comprendí el por qué de los trajes de agua. Cada panzazo del casco originaba una pesada lluvia helada que nos bañaba con fuerza y nos colocaba al borde de la hipotermia. Pese a la protección del traje sospechaba tener todo el cuerpo mojado. Lógicamente no había forma de disipar tal duda en razón de que estaba prohibido por la "capitanía" moverse del lugar. ¡¡Y yo que soñaba con cruzar alguna vez el Cabo de Hornos!!
Con el tiempo -y a los golpes- la realidad me demostraba que una regata no se parece en nada a una simple navegación por placer. Cada minuto que se pierde cuenta. Cada segundo, diría mejor. La tripulación se pone histérica, sobre todo los que deben tomar las decisiones. "¡¡¡Sentate derecho, carajoooo!!!", me gritó alguien, apenas recosté mi espalda exhausta sobre el lomo de la cabina. "¡¡¡Armandoooo!!! ¡¡¡El cuerpo hacia afueraaaa!!!", me ordenó Martín ya sacadísimo, al advertir que mi espalda se apoyaba en la vela de proa y le hacía "perder" velocidad al barco. ¿Quién me mando a venir a este loquero?, me cuestionaba seriamente mientras además me descostillaba de frío. A mi lado estaba siempre Pablo, quien no la pasaba mucho mejor. Nos sentíamos como remeros fenicios esperando los azotes. ¡Y lo peor era no contar con argumentos sólidos para pararles el carro! Todo se hacía en pos de la victoria.
La llegada se veía al alcance de la mano pero, cual implacable Ley de Murphy, el viento provenía de ese lugar. A tirar bordes, entonces. Esto significaba navegar en zig-zag y trabajar el doble, debido al reiterado paso de las velas de una banda a la otra. Todo debía ocurrir en una fracción de segundo, incluso la frenética corrida de los "contrapesos" humanos de babor a estribor y viceversa.
Muchas viradas hicieron falta para ser saludados al fin por una bandera que flameaba desde una inmensa roca blanca. En el agua entramos cuartos, pero como se computan los handicaps, las esloras, y la mar en coche, había que aguardar los resultados finales.
Nos amarramos todos a un viejo muelle y corrimos a abrazar tierra firme cual sobrevivientes de un tifón en el Caribe.



Al mediodía siguiente se largó la segunda etapa. Una tenue brisa de popa desempolvó a los spinnakers y le aportó color a la regata. Aunque fue una ilusión pasajera; con el correr de los minutos la calma chicha se apoderó de la flota y nos sumergió en una siesta.
Navegar entre montañas permitía apreciar fenómenos curiosos, como ver que un velero situado a solo 500 metros avanzaba y el nuestro no. A veces se daba a la inversa y éramos nosotros quienes le hacíamos pito catalán al resto. Paranoia era la palabra exacta para definir nuestro estado. Prendíamos cigarrillos y espirales para detectarle una mínima dirección al viento. Subíamos spinnaker, bajábamos vela de proa. Subíamos vela de proa, bajábamos spinnaker. La mayor se paseaba de una banda a la otra.
Para combatir el aburrimiento y la sed, a los chicos se les dió por tomar cerveza. Gran idea. El voluntario que bajaba a buscarlas al camarote era cagado infalíblemente a pedos por el resto, ya que para no desestabilizar al barco debía extraerlas del refrigerador como si estuviese desactivando una bomba o jugando al jenga.
A la altura del corredor que separa a la isla Victoria de la península de Quetrihué recibimos una brisita salvadora del norte que nos llevó haciendo bordes hasta el paradisíaco Cumelén. El barco entró quinto, nosotros para el manicomio.



Después de disputarse de los dos triángulos olímpicos, el domingo al mediodía se entregaron los premios. El ganador fue un barco de Cumelén. El "Jaque Mate" salió segundo. Me puse contento, aunque estaba bien seguro de que no había sido precísamente por mi penosa actuación.
De a poco nos fuimos desconcentrando. Los del country retornaron a sus modestos "ranchitos" y a sus estresantes partidos de golf. El "Jaque" se quedaba un día más en La Angostura y para regresar a Bariloche me embarqué en el "Aprendíz", el barco de Carlitos, el papá de mis primos.
La vuelta fue divertida. Nos abarlovamos (atamos con cabos) al "Lucero del Alba" y a motor comenzamos a desandar juntos el extenso derrotero de las dos jornadas anteriores. El extraño catamarán se transformó en una especie de comedor y bar flotantes donde reinaba la buena onda y la distensión. Palabra, esta última, echada de menos durante ese largo y desopilante fin de semana náutico.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

estimado amigo

he disfrutado como el que mas el viaje al glacier Montt cerca de Tortel, yo tambien fui en su momento, con las mismas consecuencias, peor mi "yate" no tenia toldo, luego todos ibamos apretados como sardinas al lado del piloto, en la ida el weste era tan violento, que dormimos (barato y comodo) en la casa de un colono a la entrada del fiordo ( a la derecha, o sea al este)
escribes muy bien, disfruto los relatos, si quiere info del Valle exploradores solo escribe
fdosalamanca@123.cl

wernerul dijo...

Relato maravilloso. Tras leerlo tengo que ir obligatoriamente. saludos desde las Islas Canarias. werner

Armando De Giácomo dijo...

Gracias x pasar, Werner!!!
Y no dejes de visitar nuestra Patagonia.
No te va a defraudar.
Saludos.