jueves, 10 de agosto de 2006

Los preparativos de un viaje

Como dije en otro relato, las anécdotas de los preparativos de un viaje muchas veces resultan ser más graciosas que las del periplo mismo. Y las situaciones abundan; desde conseguir acompañantes que estén "a la altura" de las circunstancias, hasta chequear que todo el equipo esté en condiciones para partir. La "gran" travesía realizada en Febrero de 2003 fue una muestra de ello y aún hoy nos seguimos descostillando de risa en cada evocación.

Para fines de la primavera de 2002 ya había una idea concreta: realizar un trekking desde Bariloche hacia el refugio San Martín, bajar al lago Mascardi por el arroyo Casalata, trepar hasta la laguna Azul y bajar a Pampa Linda pasando por la laguna Ilón, y finalmente cruzar a Chile por el Camino de los Vuriloches hasta llegar al pueblo costero de Ralún. Quince días a pura montaña.

Hasta ese entonces, las hojas de ruta salían generalmente de la afiebrada mente de mi amigo Casi y de la mía. Ambos coincidimos en muchas cosas, pero chocamos en una: yo tengo tendencia a agrandar los grupos y él a reducirlos. En otras palabras, yo tal vez privilegio la variedad en las compañías y el divertimento, y él la seguridad, el orden, y la integridad del viaje. En esta cuestión es muy puntilloso y de ello depende su humor. Y atenti, quizás tenga razón, en la montaña no se puede improvisar saliendo con gente inexperta; pero también hay que entender que son vacaciones y hay que relajarse.

Trazado el plan, las primeras en subirse a este tren fueron Gaby, compañera nuestra en infinidad de travesías, y Pato, amiga común de los tres. En el camino había quedado otra Gabriela, a quien "elegantemente" se le sugirió que desistiera, ya que le veíamos menos montaña que Villa Gesell. De hecho en una reunión previa preguntó si podía llevar unos borceguíes de tacos altos, que más que para lidiar con piedras y mallines estaban para ir a una disco. Casimiro ya comenzaba a transpirar a cuenta.

Con el transcurso de los días se enganchó Nacha, una deportista todo terreno que no le ocasionaría trastornos al grupo sino por el contrario, sospechábamos que por su estado físico nos arrastraría cual barriletes.

Pero aún no se había cerrado la inscripción. Un buen día mis planes patagónicos llegaron a oídos de Toshi, una amiga descendiente de japoneses quien se autoconvocó de inmediato para la expedición. Inmune a mis advertencias de rigor ("mirá que vas a caminar entre 6 y 8 horas por día con 20 kilos en la espalda, no hay baños..."; o sea, le tiré todo lo malo para que después no me puteara), la simpática Toshi no se cansaba de recitarme con firmeza oriental: "para mí es un desafío, quiero ir con ustedes". ¡Ah! ¿sí? Pues que venga, entonces.

Y tal era el compromiso de Toshi con el viaje, que un día nos invitó a cenar a su casa para estrechar lazos con el grupo. Allí estábamos todos: Casimiro, Gaby, Pato, Nacha y yo. Y del lado de la dueña de casa, Hernán, alias "El Pipi", presentado como su pareja y como firme candidato también -¡me enteré en ese momento!- a nuestro trekking barilochense. Casimiro sudaba frío y su cara lo decía todo. Ya éramos siete.
Por su permanente gesto serio (para Toshi y Hernán era cara de experimentado montañista, para mí era cara de... bue... sigamos) Casimiro se convirtió en el blanco de todas las preguntas de la pareja. "Casimiro: ¿cuántas horas por día hay que caminar?". "Casimiro: ¿dónde se duerme?". "Casimiro: ¿qué se come?". "Casimiro: ¿dónde se caga?". Y mi amigo con impostada paciencia les iba respondiendo una a una sus inquietudes. En una de esas El Pipi fue hasta la habitación y regresó con una mochilita para ir al colegio en la mano. "¿Con esto puedo ir, Casimiro?", le tiró muy serio. Y a Casi no le quedó más remedio que esbozar una sonrisa. Nerviosa, pero sonrisa al fin. La otra opción era mandar a todos a la mierda e irse de vacaciones solo.

Antes de fin de año Nacha se bajó sorpresivamente del viaje pero al toque se incorporó otro amigo mío, Leandro, periodista de autos y turismo y con unos cuantos viajes a la Patagonia en su haber. Leandro estaba casado pero vendría solo, razón por la cual compartiría con nosotros nada más que la primera semana.

Ese mes previo al viaje fue estresante. Las dudas de Casimiro se contaban por docenas y me las tiraba por la cabeza a mí. Todas referidas al futuro desempeño del grupo en la montaña. Algo lo tranquilizaba a medias: el circuito había quedado diseñado con "puntos de abandono" y el que fundiera biela podría tomarse el buque ni bien nos acercáramos a alguna ruta. Mientras tanto, un rumor llegado desde Bariloche nos hacía temblar de terror: el mal tiempo había bloqueado con nieve el trayecto entre la Azul y la Ilón. Dudas sobre las dudas.



Y la tarde que fuimos a comprar el morfi para la expedición fue desopilante. Menos Pato y Gaby estábamos todos. Antes de entrar al súper, El Pipi le comentó entusiasmado a Casimiro que había conseguido una mochila y quería su visto bueno. "Después de hacer las compras la vemos", le respondió Casi.
Cargamos todo y nos vinimos a mi casa para realizar la repartija de alimentos y demás chirimbolos. No recuerdo cuántas bolsas eran, pero sí que desparramadas en el suelo no dejaban un solo espacio libre para caminar en el living de mi departamento.
Como quien saca una carta ganadora, Casi peló una balancita de pescador y se puso a distribuir en siete bolsas iguales esa porción de supermercado que yacía en el piso. Aproximadamente 6 kilos para los hombres y 5 para las chicas. La menuda Toshi levantó el paquete que le tocaba en suerte y se puso pálida al sentir todo lo que tendría que cargar además de ropa y boludeces. Ensayó una protesta que pronto fue ahogada al explicarle que todos llevaríamos lo mismo y más. Creo que recién allí entendió todo lo que yo venía advirtiéndole respecto al sacrificio, al esfuerzo y demás etcéteras. Tarde para arrepentirse.
Y quedó para el final la mochila de El Pipi. "¿Qué te parece, Casimiro?", lanzó inocente mientras todos la observábamos con detenimiento e incredulidad. Cagarlo a trompadas al fabricante de ese engendro hubiese sido poco. El sistema de correas era indescifrable; era algo así como la cinta de Moebius hecha en tela cordura.
Con la mochila calzada sobre los hombros de El Pipi, todos tratábamos de meter mano y encontrarle la solución a ese enigma de la física y de la industria textil. Si vacía ya le colgaba a mitad de la espalda, no queríamos imaginarnos con peso. Entre los lamentos de Toshi y la mochila de El Pipi, el viaje se presentaba como una obra de suspenso con final abierto.

Pese a las recomendaciones en cuanto a no cargar cosas de más, ya arriba del micro rumbo a Bariloche El Pipi peló orgulloso una linterna con radio y sirena incorporadas que funcionaba con ¡¡¡8 PILAS GRANDES!!! Llorabamos de la risa.
Horas antes de salir a la montaña, Hernán se mostró preocupado por el peso de la mochila de Toshi sugiriendo alivianársela. El obvio destino de ese sobrepeso y qué pasó durante el viaje es otra historia y buena parte de ella está graciosamente relatada por mi amigo Leandro en su blog MundoMcFly.


"No hay caso; me sobra talento para pasarla mal", repetía El Pipi días más tarde en medio de la montaña cuando ya no podía más con su mochila ni con su alma.

2 comentarios:

Leandro Gutiérrez dijo...

Sin dudas, ese viaje quedará en el recuerdo de todos los que participamos. Estoy seguro que marcó un antes y un después (para el Pipi, jajajjajaja). Es importante y necesario armar otro grupo similar para otra aventura.
Ah, y gracias por la mención de mi blog Jack.

Armando De Giácomo dijo...

Bueno... ese grupo ya se armó y el resultado está en www.mundomcfly.blogspot.com bajo el título "La casa del Gran Hermanito". ¡Esos si que fueron preparativos! Luji que metía presión porque no quería estar ni un día sin ver gente, Sandora que metía presión porque NO quería ver gente, Lancelot que metía presión porque quería saber que carajo haríamos la segunda semana... Es hora de que empecemos a cobrar nuestros servicios, Leandro!!!