domingo, 24 de abril de 2011

La ruta de los pasos perdidos (2da. parte)



Primera parte aquí.

SIEMPRE QUE LLOVIO… SIGUIO LLOVIENDO

Creo que una de las mejores inversiones que realice en estos últimos años fue la de mi actual bolsa de dormir. Considerando que dormimos casi a la intemperie, no sentí nada de frío. De todas formas, el agua que se filtraba a través de esos troncos entrecruzados no nos dejó dormir demasiado. Cada tanto, una gota se estrellaba con admirable precisión entre mi pómulo izquierdo y la nariz cual eficaz tortura china. Es gracioso el giro que experimenta la vida de un aventurero en solo 24 horas: de dormir bajo techo, calentito y bien comido a este tipo de tribulaciones propias de un ciruja. Es lo que elegimos, je.

Mientras reaccionábamos, distinguimos fuera del refugio la silueta de Alberto. “¿Cómo durmieron?”, preguntó sonriendo y agachándose un poco para observar hacia el interior de nuestra covacha. Preferí guardarme la ironía para una mejor ocasión y le respondí con otra sonrisa. “Pasen a desayunar a la casa”, nos invitó el muchacho señalando una vivienda que habíamos alcanzado a ver el día anterior y creíamos cerrada.

Caminamos esos metros con el cuerpo entumecido. Además de Alberto, en el interior encontramos también a su hermano Oscar. En el jardín nos llamó la atención un enorme panel solar que, según nos contaron, lo acababa de instalar el Estado hacía un mes atrás. Aprovechamos el calor de la cocina a leña para secar lo que teníamos mojado, es decir, todo. Los chicos de a poco se fueron soltando y, mientras desayunábamos, se armó una divertida charla. Hablamos de fútbol, de política, de cómo transcurre su vida en estos parajes aislados, y finalmente hubo lugar para una ronda de chistes.

Bien pasado el mediodía fue tiempo del almuerzo y, al terminar, los jóvenes propusieron mudarnos a La Carmela. Llovía menos y consideraron que era un buen momento para cruzar el río. Armamos nuevamente las mochilas y salimos a atravesar el kilómetro y medio que medía de largo la península.

El terreno se presentó llano pero donde apoyábamos el pie había un charco. En poco menos de media hora llegamos a la orilla. El color gris lechoso de esas aguas delataba su origen en el cercano glaciar Chico. La angostura que comunicaba a ambos lagos tenía unos 70 u 80 metros de ancho y Alberto nos cruzó en un bote a remo. Al desembarcar recibimos la bienvenida de Luis Mansilla, padre de Alberto y propietario de esa porción de paraíso que teníamos frente a nuestros ojos. Luis ofreció guardar nuestro equipaje en un depósito y a continuación nos invitó a pasar a su modesta casa.

Permanecimos el resto de la tarde charlando con ellos y compartiendo infinitas ruedas de mate. Don Luis se mostró como un hombre hospitalario aunque de muy pocas palabras. Nos explicó que el nombre de la estancia se debía a su abuela paterna, casada con otro Luis. Un panel solar idéntico al de la propiedad vecina servía para hacer funcionar la radio y proporcionar luz cuando la claridad se ausentaba del firmamento. Puertas afuera llovía a cántaros y para matar el tiempo me puse a amasar una pizza. No contaba con los mejores ingredientes pero quién me podía discutir el valor de una “grande de muzzarella” en semejante confín patagónico. Los dueños de casa seguían mis movimientos con atención e incredulidad. “Si sale mal dormimos afuera”, los desafié poniendo en juego la invitación a pasar la noche dentro de la casa.

No todos los días hago pizza en una cocina a leña y se notó. De un lado quedó a punto, aunque del lado del fuego… Lo cierto es que "tostadita" y todo se la comieron sin chistar. Mansilla nos convidó luego con un poco de asado y más tarde nos fuimos a dormir con la esperanza de que mejoraran las condiciones climáticas. No solo para poder seguir avanzando sino también porque en algún momento tendríamos que salir de allí.

LUCHEMOS EN EL BOSQUE

Tal como anunciaran los pronósticos, las 48 horas de diluvio quedaron atrás y la mañana nos recibió con resabios de nubes y un tímido sol. Desayunamos temprano y nos preparamos para partir hacia el glaciar O’Higgins. El plan se redujo a una excursión de un día, descartando la realización del circuito completo de 3 jornadas. En parte por el cansancio acumulado(1) y en parte por una noticia no muy motivadora: según Mansilla, de la mitad del recorrido hacia adelante la senda no estaba para nada clara. Y viniendo de boca de un baqueano nos imaginábamos algo parecido a Vietnam. Lejos de querer salir en la televisión y en los diarios como tres mochileros extraviados, partimos solamente con la viandita para el mediodía y algo de abrigo.

Con rumbo sudoeste, el sendero se adentró en un hermoso bosque y de a poco comenzamos a ascender. Por voluntad propia, 3 de los perros de la casa decidieron marchar junto a nosotros y, como si conociesen todo eso de memoria, en algunos sectores oficiaban de guías. Bastante más arriba viramos hacia el oeste y fuimos entrando a otro amplio paso de altura, similar al del segmento recorrido un par de días atrás. Al ratito nos pasó Mansilla montado a caballo y los perros se fueron con él. Y lamentablemente nuestra orientación también.

Desde el punto más alto del paso comenzamos a descubrir el manto blanco del Hielo Continental. Era imponente. El paisaje actuaba como una inyección anímica, sin embargo la travesía se volvía confusa. De a ratos los senderos se multiplicaban, de a ratos desaparecían y de a ratos debíamos retroceder para no sumergir los pies en los pastizales saturados de agua. Considerando la situación, tratábamos de memorizar algunos detalles del entorno para poder embocar el camino de regreso. El terreno comenzó a perder altura y apareció ante nosotros parte del frente del glaciar O’Higgins y todo el brazo sudoccidental del lago con sus témpanos errantes. A nuestra derecha y sobre la orilla de enfrente se adivinaba el enorme monte O’Higgins, aun cubierto por nubes tormentosas. El glaciar se adueñó totalmente de la escena y decidimos marchar hacia él. Si se podía utilizar la huella, mejor, je.

Almorzamos junto a un arroyito y nos animamos a seguir un poco más; teníamos la ilusión de asomarnos también al glaciar GAEA. Por un sendero ancho y bien marcado nos internamos en otro hermoso bosque, pero minutos más tarde, al final de un descampado, volvimos a perderlo. Saltamos una empalizada de troncos, vadeamos un arroyo y salimos a campo traviesa hasta entreverarnos en un laberinto formado por arbustos y árboles pequeños. Con tantas dudas y pérdidas de tiempo se hacía difícil continuar. El reloj marcaba más de las 3 de la tarde y decidimos pegar la vuelta. Intuíamos que la ruta de regreso aun podía tener reservada más de una sorpresa.

Desandamos el camino sin problemas y luego del paso iniciamos el descenso hacia La Carmela. Todo parecía controlado hasta que desembocamos en un mirador desde el cual se dominaba el cuerpo central del lago. “Todo muy lindo pero por acá no vinimos a la ida”, advirtió alguno de nosotros mientras tirábamos fotos a diestra y siniestra. Y tenía razón, nos fuimos a cualquier parte. “O la senda no está clara o nosotros somos muy boludos”, disparé yo con frustración y bronca. Lo cierto es que más allá del mirador desaparecía el camino y retroceder hasta donde lo habíamos perdido era como salir a buscar un japonés con rulos. Era tarde. Cientos de metros más abajo se adivinaba la península, pero entre ella y nosotros se extendía un océano de árboles con decenas de quebradas y desniveles.

No había muchas opciones. Le apuntamos a la península y empezamos a bajar por donde se podía. Primero nos sacamos de encima el intrincado roquerío, luego la vegetación achaparrada, y a los ponchazos fuimos internándonos en el bosque. El terreno era súper empinado, en partes casi vertical. El objetivo inmediato ya no era encontrar la huella sino acortar distancias, bajar. La ausencia de sotobosque hacía que al menos pudiéramos avanzar, aunque a veces de manera no muy ortodoxa por no decir a los tumbos. Nuevamente nos corría la noche pero la cosa no pintaba tan grave: en caso de emergencia teníamos suficiente ropa de abrigo y en los alrededores había leña para calentar a un ejército. No hizo falta: la aparición del esquivo sendero puso punto final a nuestro off-road por el bosque y en pocos minutos nos guió hasta la estancia.

Aterrizamos en lo de Mansilla casi a oscuras y bastante perturbados. La luna brillaba sobre el lago y presagiaba buenas jornadas. Cenamos algo rápido y nos fuimos a las bolsas intentando poner la mente en blanco. Tratamos de no imaginar las dificultades que nos podían esperar durante nuestra próxima etapa: el regreso a la Argentina por el Paso del Tambo.

Continuará...

(1) Veníamos de hacer la travesía Lago del Desierto-Candelario Mansilla, la del valle del río Mosco y la que se relata en el capítulo anterior. Además significaba llevar carpa y las provisiones correspondientes para esa cantidad de días.

Primera parte
Tercera parte
Última parte

Para ver algunas fotos de este viaje hagan click aquí, aquí o aquí.

1 comentario:

Sandora dijo...

Esta rebueno el relato,me hace rememorar esos momentos y con solo leerlo ya me canso, jajaj, pero que bueno haber podido realizarlo, porque los paisajes ni aùn imaginandolos se pueden compara a lo visto y a lo vivido.
Segui la contando.
Cariños. Sandora