lunes, 7 de noviembre de 2005

Manso y no tan tranquilo

Febrero de 2001. La travesía por el valle del río Manso era la gran deuda pendiente del año anterior. Mis ex compañeros del Puelo andaban desparramados, pero rápidamente encontré reemplazantes. Recuperé a Gabriela y a Casi y nos largamos. Durante esos cinco días de marcha, además, íbamos a tener una inesperada compañía.

"Tranquilos chicos, en Febrero no hay tábanos", sentencié confiado ante Gaby y Casi, mientras aterrizábamos en El Manso, paraje situado sobre la orilla sur del río homónimo y a más de 100 kilómetros de Bariloche. No terminé de pronunciar la frase que se escuchó el primer zumbido violando la paz de nuestro espacio aéreo. "Los atraen los caballos", me atajé antes de que me putearan, señalándoles un grupo de equinos que pastaban cerca nuestro. De todas maneras el tiempo me daría la razón, ya que de aquí en más no joderían, los muy guachos.

Pasamos la primera noche en un camping de El Manso. El lugar tenía una playita de arena que invitaba al chapuzón. Un puente colgante nos franqueaba el paso hacia la margen opuesta del río, desde donde arrancaba la senda hacia Chile. Unos 12 kilómetros tendríamos que caminar hasta la brecha de entrada al país vecino, ubicada a sólo 400 metros sobre el nivel del mar. A media mañana partimos.

La picada se internó en un bosque oscuro, sucedido cada tanto por algún asentamiento rural semihabitado. El cielo lucía gris pero no llovía.
Al abandonar el puesto de Gendarmería un perro decidió seguirnos. Se nos unió, sería la expresión correcta
. El animal se veía robusto, no parecía vagabundo. Intentamos ahuyentarlo para que no se alejara de su amo y perdiera el camino de regreso pero no hubo forma de hacerlo entender razones. Nos dimos por vencidos y el pichicho pasó a engrosar nuestras filas.
Los kilómetros se acumulaban y el límite se hacía desear. Unos pobladores que venían en dirección contraria nos iban a orientar. "Ya están en Chile, po", nos avisaron con sonrisas piadosas, sospechando que acababan de matar nuestra ilusión de poder tomar la foto de rigor en la frontera. "¿Y a pata?", preguntaron agrandando los ojos cuando les explicamos orgullosos nuestro plan de atravesar todo el valle. Uno de los lugareños reconoció al perro. "¡Es 'el Moreno'!", exclamó entusiasmado refiriéndose a un animal que había desaparecido tiempo atrás.




La lluviosa noche nos vió acampando en el paraje fronterizo de El León, en los fondos de la casa del poblador Delgado. La gente, en general, se mostraba hospitalaria y casi todos vendían productos caseros. El perro, que seguía sin despegarse de nosotros, durmió junto a la carpa y cada vez que entrábamos a algún lugar cerrado permanecía obediente en la puerta.
Corrimos la hora de salida para después del almuerzo ya que queríamos curiosear un poco por los alrededores. Nuestra tentación tenía nombre y apellido: Etelvina Bahamonde, o mejor dicho su propiedad, a la que un hito fronterizo instalado en pleno jardín dejaba mitad en Argentina y mitad en Chile.
La singular atracción se hallaba al otro lado del encajonado río pero, ¡oh, caramba!, no había puente(1). Para cruzarlo debíamos subirnos a una especie de canastita-cablecarril para dos, suspendida a unos 15 metros de la superficie del agua e impulsada por una palanca de hierro. ¡¡Y nosotros éramos tres!! El curioso aparato no funcionaba sin un cristiano arriba, de modo que debíamos cruzar dos y volver uno a buscar al tercero. ¡¡Y que no se cayera al agua la palanca porque había que llamar a Gendarmería o a Carabineros!!
Mientras nos entreteníamos con la acrobática operación, se produjo el hecho más conmovedor del viaje. El perro, al observar que nos mudábamos a la orilla opuesta sin él, se lanzó barranca abajo entre las cañas y con gran decisión se largó a cruzar el río a pesar de la corriente. Jamás entendimos el porqué de semejante acto de fidelidad.




Comimos algo y continuamos peregrinando cordillera abajo. No hace falta aclarar que al regresar de los Bahamonde nuestra mascota volvió a cruzar a nado el río. El valle, entretanto, se hacía muy estrecho y el Manso se encajonaba entre oscuros paredones de roca y selva impenetrable.
La senda comenzó a probar nuestra fortaleza física y mental. Los arroyos que interrumpían la huella se deslizaban sobre los profundos tajos de la ladera, lo que significaba bajar y subir todo el día, maldita sea. Las bajadas eran igualmente penosas, haciéndonos celebrar el haber llevado los bastones. Por suerte, cada tanto atravesábamos alguna que otra pradera de altura, que se convertían en el remanso ideal para recuperar el aliento.
Los ríos tributarios del Manso eran los puntos de referencia más notables para determinar nuestra posición. La experiencia nos aconsejaba no tomar al pie de la letra el cálculo de los lugareños sobre las horas de marcha en relación a las distancias. Ellos se desplazaban en su mayoría a caballo y la velocidad de estos animales es sensiblemente superior a la de un ser humano penando con 15 o 20 kilos en la espalda. "¿Al río Steffen? Y... serán dos o tres horas", estimó uno al pasar cuando en realidad faltaba un día entero. Nos acordamos mucho de la madre del paisano, y de la hermana, si es que tenía.
El perro seguía a nuestro lado y en matería gastronómica no le hacía asco a nada. Si no fuese este un relato de trekking hablaría de su curioso comportamiento y de lo que era capaz de hacer por nosotros. ¡¡Si hasta corrió a mordiscones en el culo a unas vacas que nos bloqueaban la huella!!




Bien pasado el río Steffen la ruta se presentó en franco descenso, y era hora de que así fuera. La picada nos dejó a nivel del río y cerca de su orilla. El valle se volvió amplio y plano. Un almacén, que junto a un puñado de casas se levantaba al inicio de un camino de autos, nos dió la bienvenida a la sociedad de consumo.
La nueva ruta nos guió hasta la confluencia del Manso con el Puelo, y para mí ya era terreno conocido. Un ejército de obreros trabajaban en la construcción de un importante puente sobre el primero. Comprendí que la ruta a Llanada Grande era todo un hecho. Seguimos caminando en busca de la cabecera sur del lago Tagua Tagua. En el extremo norte trataríamos de conseguir algún vehículo que nos llevara hasta Puelo Bajo, y mas tarde intentaríamos subir hasta Puerto Montt.
"¡¡Es 'el Moreno'!!", reaccionó sorprendido uno de los militares destinados en la zona del lago al vernos aparecer junto al perro. Su versión de la historia decía que el popular animal había partido hacía algunos años detrás de un mochilero, abandonando a su antiguo dueño. Le pedimos que al marcharnos se encargara de él.






Embarcamos. El transbordador se apartaba lentamente de la costa y nuestros ojos se humedecían de tristeza al ver como nuestro fiel compañero luchaba por escapar del lazo que lo sujetaba para que no se arrojara al agua. Inesperado desenlace para una travesía en la montaña. Curioso final para una historia que bien podía haberse titulado "La leyenda de El Moreno".


(1) En la actualidad ya existe uno.

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